Frente a todos los escenarios apocalípticos que se han imaginado en la ficción, el real, el de Japón, es el más inquietante. No tiene la espectacularidad que Hollywood le supo dar, pero sí los signos de desolación que le corresponden. El paisaje impacta y el realismo de la televisión acompaña a esa sensación de grandes olas, o mareas de basura que todo lo sepultan y todo lo arrastran. Pero con el paso de los días esa tragedia que se parece al tsunami de 2004 en las costas del Océano Indico, o al terremoto de Haití de 2010, se multiplica con la presencia de la tecnología. Antes los castigados eran pobres. Ahora son ricos y tienen, además, centrales nucleares que están en serio peligro.En las películas, todo pasa por sorpresa. Aquellos que tienen que controlar, de repente se ven desbordados por un incidente que deriva en catástrofe. Y aquí hay dos tipos de historias: las que terminan con la tierra arrasada y aquellas en las que un grupo de hombres y mujeres, heroicos, logran detener la destrucción. Tanto en un caso como en el otro los esfuerzos por evitar la desgracia ponen a los humanos en un lugar deseable. En el que las personas se implican, en algunos casos entregando su propia vida, para que no sucumbamos.
Lo inquietante aquí, es que las noticias nos cuentan de cincuenta personas que se juegan el todo por el todo por evitar que los reactores nucleares se desborden y mientras tanto las noticias nos hablan de la preocupación internacional, de las declaraciones de la ONU, de EEUU, de Europa, de los extranjeros que quieren salir e irse a sus casas, las que dejaron tiempo atrás por buscarse un futuro en Japón. Lo inquietante es el paso del tiempo.
En Chernobyl supimos todo cuando ya sólo podíamos ser testigos de las consecuencias. "Ayudar", "contemplar", "reflexionar". No prevenir. No impedir.
Ahora la tragedia de Japón está en curso y todo lo terrible que puede ocurrir está ocurriendo, y todo esfuerzo parece estar cifrado en que lo peor no suceda. El mundo desarrollado parece estar pasmado frente a los acontecimientos y cuenta los minutos, las horas y los días, y sigue siendo testigo.
Cuando Brecht propuso su teoría del distanciamiento frente a la obra dramática, proponía una actitud crítica frente a la historia narrada. No sólo una crítica de contenido, sino primariamente entender que lo que ocurre no es real, sino una representación. No estoy seguro de que el público no incorpore, pasivamente, todos los días, una cuota de lavado de cerebro frente a estos temas, y que influido por algunas ficciones no piense que los escenarios más complejos que nos ofrece la realidad no van a ser resueltos por los mismos "héroes" que en la pantalla. Y lo pienso porque de la misma manera que gracias a muchas ficciones aceptamos ciertos conceptos de cómo funcionan las cosas en el mundo, quién es bueno y quién malo, quién es el enemigo y quién me puede ayudar, esperamos que esa misma gente nos salve. Y no es porque nosotros podamos hacer algo de manera diferente, pero otorgamos ese querer creer.
La respuesta a ese querer creer, es la contemplación de un mundo "heroico" paralizado, impávido frente a la desgracia ajena. Lo vimos con los pobres en Haití y lo vemos en Japón. Lo vemos en muchos conflictos y guerras. Vemos que holocaustos y genocidios pueden ocurrir frente a nuestros ojos y entonces ser testigos de la caída por televisión. Estamos sedados y me incluyo. Termino creyendo que si lo peor puede ocurrir nunca va a ser tan tremendo como para que no se pueda recomponer la situación, la vida de los demás. Pero claro que lo que está realmente en juego no es mi vida, sino la vida de los demás. Y entre uno, ser común y corriente, y las instancias de ayuda real, hay un universo de distancia. Se te oferta aportar dinero a las OONGG y mirar. Confiar. Yo confieso que no lo creo y no lo entiendo. Algo y mucho de este panorama me supera. Me hace pensar que la confianza que uno quiere tener en el destino del hombre y en que el futuro será mejor que el presente, no se ve avalada por la realidad. Estamos esperando que tres reactores nucleares se desborden y entonces hablaremos de algo mucho más grave. De consecuencias más terribles que las de Chernobil. De cómo la historia castiga dos veces primero con las bombas atómicas que vinieron de fuera y luego con la energía nuclear que viene de las propias entrañas de una sociedad moderna e hipertecnologizada. No me creo capaz de hacer nada. De verdad. Pero siento que hay gente o debería haberla con la preparación suficiente para evitar un desenlace trágico. Más que los 50 tipos que están resistiendo en Fukujima. No quiero creer en héroes, sino en seres humanos capaces de gobernar las fuerzas desatadas de la ciencia y de la naturaleza.
Cuando hace unos años se abrió ese impresionante centro de investigaciones en Suiza, donde está instalado el Colisionador de Hadrones, una tremenda autopista en la que se experimenta con la creación de la "partícula originaria" que generó el Big Bang, pensé que era interesante cómo avanzaba todo y hasta qué punto podíamos llegar. Nunca compartí los temores religiosos ni fui catastrofista al respecto.
Digamos que lo que se puede crear en ese Centro en Suiza es una partícula de la materia que compone lo que conocemos como Agujeros Negros y que se traga toda la materia que hay a su alrededor. Se nos dice que no existe peligro porque ninguna de estas partículas permanece estable durante mucho tiempo, con lo cual no estaríamos generando un agujero negro dentro de nuestra propia casa. Sin embargo y viendo la realidad. Y viendo los protocolos que se siguen ante situaciones catastróficas, anunciadas o no, empiezo a no creer.
No creo que si lo peor se llegara a avecinar habría alguien que lo detenga. No quiero pensar que tengo que dejar mi suerte en manos de cincuenta personas o cien o mil que estén preparadas para contener una crisis así. Necesito creer que no estamos jugando con fuego y que no estamos en manos de aprendices de brujo. No me alcanza con la determinación científica de que para todo problema hay una solución y de que aprendemos de los errores y podemos corregirlos para avanzar. No sé cuántos científicos involucrados en los más grandes descubrimientos tienen la conciencia social de las consecuencias que tienen sus invenciones. Lo político jamás estuvo ajeno a estos escenarios. Sólo sé que los más desarrollados y poderosos se hicieron con la tecnología y las armas, y con ellas deciden la suerte del mundo. Y sé que antes de renunciar a este privilegio serían capaces de sacrificar vidas, regiones, países, atmósferas, lo que fuera, con tal de no perder ese control. Algo que mezcla la obcecación, la soberbia y el impulso deliberado de no ceder nada a cambio de un bien mayor. Colectivo. Lo vimos y lo vemos en Túnez, Egipto y Libia, por ser conflictos nuevos. Lo vemos todo el tiempo. Nuestra historia reciente es un grupo de personas que no están dispuestos a perder su poder en beneficio de una mayoría de gente.
Las voces de alerta están. La preocupación está. La situación se agrava día a día. Y lo peor es que no nos toma ya por sorpresa, sino que desfila por nuestra cara. Frente a estos panoramas, nuestras preocupaciones cotidianas quizás no nos dejen ver la perspectiva de forma plena. Pero la tragedia está allí y el mundo es nuestro, aunque persistamos en territorializarlo. Nuestra suerte es compartida, y lo que les pasa a otros puede representar nuestro futuro. Creo que es hora de hacerlo carne.
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