lunes, 22 de noviembre de 2010

Fanatismos

¿Hay un neofanatismo en curso? Planteo la pregunta porque todas las respuestas que me vienen no son contundentes. Si la respuesta es positiva, entonces esto empieza a definirnos a todos en un lugar complejo porque todos formaríamos parte de una situación general, una corriente que está en movimiento hacia algún lugar. El problema sería saber adónde.
Todo fenómeno que tiene lugar en la realidad nunca es unidireccional, sino que por lo menos maneja dos vías. Una de ida y otra de vuelta. Siempre lo pensé con el llamado Síndrome de Estocolmo. Lo usual es que se plantee la identificación de un secuestrado con su victimario y que la modificación de conciencia que existe ocurre para uno, pero no para los dos. Yo creo que el victimario también tiene que modificarse por la interacción. ¿Se identifica él con la víctima? Es una posibilidad, ¿por qué no?
Entonces si hay una corriente en el pensamiento que lleva hacia el fanatismo, todos estaríamos más o menos afectados por el fenómeno. No habría a quien le pase todo y a quien (por oposición) no le pase nada.
Si entendemos fanatismo como algo opuesto a la razón, pensaríamos que estamos participando de un mundo en el cual los argumentos pesan siempre menos que las simpatías y en la que los argumentos también se recrean en función de las simpatías. Esto convertiría una postura en algo difícil de modificar a través de un diálogo porque lo más importante sería que prevalezca nuestra postura sobre la del otro.
No quiero estigmatizar ni descalificar nada con el concepto de fanatismo sino ponerlo en un sitio concreto argumentalmente. Por ejemplo, que esto es un síntoma que determina que entre una posición y otra difícilmente existan matices. En cualquier discusión todo puede reducirse a dos posturas, pero cuando esas posturas no admiten la visión crítica, no digo ya una tercera posición, sino una visión crítica que exponga las falencias argumentales de cada una de estas posturas, entonces yo entiendo que nos encontramos frente al fanatismo. Y por supuesto que hay niveles y niveles, desde los que reproducen ideas articuladas por otros sin sopesarlas ni saber de dónde ni por qué salen, hasta los ideólogos que son los que las construyen en toda su complejidad.
Recuerdo las declaraciones en un hospital del único sobreviviente de los terroristas que llevaron a cabo los atentados de Mumbai en 2008 (foto). El chico no era un ideólogo. Estaba programado para cargar un arma y llevar a cabo un plan. Era coordinado por móvil y sus acciones, amén de estar animadas por un islamismo radical, carecían de matiz alguno. Nada debía desviar su proceder. No lo animaba ni la crueldad ni la compasión. Se movía con una medida neutralidad en la cual matar y provocar una situación de caos era lo primordial. Frente a una instrumentación de este tipo es bastante sencillo demonizarle, pero se puede interpretar algo más allá. En las mismas declaraciones que son parte de al menos dos documentales sobre este atentado, el chico cuenta que él es hijo de un vendedor de frutos secos de Pakistán, que su padre lo vendió (lo cual puede ser cierto o no) al grupo terrorista para el que actuó, y que ellos lo prepararon para dar su vida por la causa. Una causa en la que él creía.
Cuando hablamos del hijo de un vendedor de frutos secos en las calles populosas de Pakistán, hablamos de una persona como tantas otras en este mundo que vive en los márgenes sociales, cuyas opciones son limitadas (si no son nulas), al cual es sencillo también aplicarle una mirada moral, pensando o creyendo que las chances que uno tiene de actuar de determinada manera son similares a las que tienen los demás, a las de cualquier otro, y no es así. Los marginados y los expulsados del sistema se han multiplicado con la desaparición del estado en muchas naciones y la retirada de su influencia en otras. Este cambio ha hecho estragos, y hace que los desesperados busquen a quienes lideren una lucha contra todo lo que representa un mundo que a ellos los destruye y los coloca en un estado del cual es muy difícil si no imposible volver. Por eso desesperados.
Lo que hoy vemos como la piratería del Índico, somalíes que asaltan buques pesqueros que calan en sus aguas, es un fenómeno que criminaliza a los desplazados. Y no es que esta situación justifique una manera de actuar, sino que coloca la acción fuera del simple marco de la opción. Cuando la desesperación individual se vuelve colectiva, encontramos una expresión política y por lo general la expresión en sí se manifiesta como chocante.
Si el tono de la situación general no tendiera al fanatismo, se podrían ver estos hechos en un marco flexible. Sin embargo se construyen argumentos de reacción. Se puede decir que todas esas formas de reacción surgen como consecuencia de los ataques del 11 S en Nueva York, y del 11 M en Madrid, y del 7 J en Londres. Pero el espiral arranca de mucho antes. Que, por ejemplo, EEUU e Irán tuvieran relaciones tensas y conflictos desde la revolución de los ayatolahs no es un hecho aislado. Como tampoco lo fue la primera versión de la guerra contra Irak en 1991. El mundo entero vivía una transformación.
En Estados Unidos una corriente fundamentalista de corte religioso se multiplicó y expandió en esos años. Esta corriente era marcadamente cristiana y todo lo que fuera islámico o comunista se convertía en objeto de rechazo rabioso. Ante el desplome del bloque soviético desde 1989, la furia anticomunista se fue diluyendo y cedió su puesto de privilegio a lo antimusulmán y antiárabe. Al ser convertidos entonces en los enemigos de la civilización occidental, los islamistas recibieron todo tipo de golpes. Esa situación persistente por más de veinte años halló su pico en el atentado a las Torres Gemelas. Desde entonces algo cambió. Los cruces entre el cristianismo y el islam tenía el formato del choque de dos clubes; pero a partir del 11 S y posteriores acciones, Occidente se veía "forzado" a embanderarse con los suyos. Ya no era un conflicto exclusivo de las partes interesadas, era mucho más.
Y aquí, ¿qué es lo aparente y qué es lo real? Lo real, por ejemplo, es que el nivel de conflicto entre las "partes" subió la temperatura hasta la fiebre. En el costado islámico, corrientes cada vez más radicales fueron ganando sitio en favor de otras que ya lo eran, pero extremaban sus acciones, sus políticas y sus discursos. Este aspecto fue más sencillo de ver. Es el lado del "enemigo". Si uno contempla las corrientes políticas que se han conocido desde los ayatollahs hasta hoy, veremos que sin ser moderados en su origen, podrían parecerlo frente a las alternativas que hoy existen.
¿Y por aquí, en Occidente, qué pasa? Algo se "naturalizó". Desde el 11 S lo que antes era un fuerte fundamentalismo cristiano que transcurría paralelo al poder, se integró en el poder. El gobierno de George W. Bush asumió para sí ese discurso. Lo convirtió en oficial y llevó a las naciones europeas a secundarle. Variaciones en el tono pero con acuerdos en el fondo. Una política de seguridad en tiempos de terrorismo involucra actitudes que se convierten en programas políticos. Un mundo más paranoico. Un mundo en el que no se puede permanecer impasible. Un mundo en el que se tiene que entender o sobreentender que no hay forma de ser neutral ante una cultura islámica agresiva que amenaza a nuestra civilización occidental. Un mundo no indiferente.
Antes se podía decir que se estaba fuera del conflicto, política y/o moralmente. Hoy se piden adhesiones. Y no ha ido tan mal, ya que en casi diez años se ha naturalizado el discurso y se puede aceptar que hay un enemigo real y que hay que defenderse de ese enemigo. Antes fue el comunismo, ahora es el islamismo. No es esto la simple traslación de un enemigo nominal o ideológico, sino un sistema de pensamiento que permite enfrentar el día a día por exclusión y por inclusión. Se excluye todo aquello que representa el universo islámico, que nos es o debería ser ajeno ya que no contiene nada de lo que nos es familiar. Se incluye, por lo tanto, lo que nos involucra cotidianamente, que tiene formas conocidas, que es parte nuestra por participación o por contigüidad. Si hubiera una fórmula que representara el fenómeno, sería la de un proceso inversamente proporcional. Esto es: cuanto más ajeno, irracional y peligroso nos resulte el mundo del enemigo, más cercano, lógico y seguro nos resultará el nuestro. No porque sintamos nuestro mundo como seguro, sino porque lo único que podría hacer posible y tolerable nuestra existencia estará referido a nuestro sistema de valores. Como esta es una formulación abstracta, se puede llenar de sentido observando la realidad desde cualquiera de las partes en conflicto. Es una ubicación física, cultural y axiológica. Para el terrorista superviviente de Mumbai, hijo de un vendedor de frutos secos, listo para morir en acción, todo cobra un sentido aferrándose a su sistema, su cultura, sus antecedentes, su canon, su pasado, su ambición de futuro imaginado. Para el que se enrola en un ejército como el americano, o es mercenario para Blackwater, las referencias son otras, pero esto es todo lo que tienen y todo lo que tendrán por el momento. Son los emergentes de dos sistemas, dramáticos, parte de redes más complejas de las que de una forma u otra somos parte.
Esta red particular es la que llena de sentido el punto de vista de un pescador subido a un barco de bandera española, pescando en el Índico, como parte concreta, pero a través de él a toda su familia y a los amigos de su familia, y a los medios de comunicación que construyen su adhesión por cercanía, que es uno de los valores periodísticos a tener en cuenta cuando se quiere jerarquizar y emplazar un hecho. En el mundo del pirata que aborda un buque, que quince años atrás vivía de la pesca en sus costas, que no competía con la tecnología ni con la variación del orden mundial, a su familia y vecinos, a su comunidad, a los que como él se les altera la realidad, constituyen otra red. Los medios no están de su lado, está claro, porque violenta los límites y busca descompensarlos. No existe posibilidad de ponerse honestamente en el lado del otro. Hay que adoptar frentes. Y en eso consiste el fanatismo de hoy. En esa imposibilidad de salir de esta lógica de choque de sistemas. Lo que antes podía parecer lejano para muchos de nosotros, actores de esta realidad, se nos impone como cercano. El fenómeno de imposición no es un truco, es un desplazamiento que nos obliga a construir nuestros puntos de vista con escasas o nulas opciones. Vale para cualquiera, venga de donde venga. A mí como parte de esta cultura occidental, de este complejo que por proximidad me toca, necesito dar objetividad y respuesta a algunos de los muchos por qués. No sé si esto alcanza a los demás, pero tendría que empezar por alcanzarme. Saber que esta tensión me lleva en un sentido macro a tener que buscar un sitio práctico desde el cual mirar este conflicto. Saber que esta forma de chocarme con los límites que impone el pensamiento, no se cierra en el sistema macro sino que se complejiza en unidades más pequeñas, abarcadoras, interconectadas. Siempre sería más fácil, en cualquier caso, ir con la corriente de los que están más cerca de uno por pensamiento y afecto. Sobre todo por afecto. Porque eso define. Pero también hay otras alternativas y tienen que poder ser enunciadas, dichas. Hay que tener tiempo para leer y reflexionar, aún y sobre todo con muchos que piensan diferente de uno, pero que se esfuerzan en encontrar un punto de comprensión en su mirada sobre las cosas.
Cuando leí el libro de David Rieff (foto), Una cama por una noche, sobre el rol y el desempeño de las organizaciones humanitarias en los últimos veinte años, con una perspectiva de los últimos cuarenta y hasta sesenta años, entendí que él representaba otro pensamiento, que se refería a otro sistema de causalidad en el cual yo no me identificaba pero me permitió participar de esa comprensión imaginativa que proponía Edward Hallet Carr en su libro ¿Qué es la historia? Si no somos capaces de pensar e imaginar otros mundos, otros escenarios, nos vamos a convertir en borregos a los que siempre se podrá arrastrar, aún cuando pensemos que estamos forjando ideas propias. Al día de hoy este ejercicio, no se produce con frecuencia. Pensamos por paquetes. Paquetes entrelazados de ideas que nos llegan a las manos todos los días. Podemos convertirlos en esas cadenas infinitas en los que una idea se replica hasta el infinito. O podemos encontrar algo original que entre nosotros circula y hacerlo propio, a la vez que honesto y verdadero.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Fábulas

Las llamadas causas justas, que al menos así fueron bautizadas por la prensa internacional, son hijas de los tiempos posteriores a la caída del Muro de Berlín. No son por supuesto ni Cuba, ni Vietnam, ni Nicaragua, ni El Salvador, ni mucho menos Irán. Donde existieron revoluciones o procesos revolucionarios díscolos con el sistema, el título causa justa no cabía. Aún más, se podía simpatizar con esas causas pero no activar por o con ellas sin que esto supusiera una descalificación, como consecuencia del grado de participación que hubiera. No fue sino hasta que EEUU tomó parte interesada y activa en ciertos conflictos, que se los pudo recalificar. Serían causas justas, guerras como las de Bosnia o Kosovo, en la antigua Yugoslavia, siempre relacionadas con la sospecha de una limpieza étnica en curso (que era lo que justificaba la intervención internacional); o en Afganistán, porque se persigue a Bin Laden, pero también es justa porque los talibanes oprimen a las mujeres; o en Irak, no por el petróleo, sino porque había armas de destrucción masiva, pero si no las había, Saddam Hussein era al final de cuentas un dictador y ya la causa se justificaba per se.
No solo la participación estadounidense definió este nuevo marco, sino también la entrada masiva de OONGG y sus cooperantes, como forma de volver más justas y más humanas las intervenciones. Cuando los cooperantes son, contratados o no, voluntarios de causas humanitarias, animados por fines de moralidad insospechable, jóvenes idealistas que en algunos casos ofertan sus cuerpos como intercambio para un bien colectivo y mejor, hay algo de los medios utilizados que se lava y purifica.
Estas formas de presentar realidades complejas, se convierten en la fábula de las buenas intenciones, algo que es difícil de medir y por lo tanto de probar. En estas circunstancias, muchas de las actividades comprendidas en estos arcos, se transmutan en actos de fe. Hay que creer en que los buenos oficios, hacen más potables ciertas acciones que suelen derivar en algunas indeseadas consecuencias.
Hace un tiempo atrás tres senderistas americanos fueron detenidos en Irán por cruzar ilegalmente la frontera, acusados de espionaje, y pasibles por lo tanto de ser merecedores de la pena de muerte.
Yo no creo que estos chicos fueran espías, sería un poco ingenuo como acto. Pero, ¿qué hacían en 2009 tres senderistas paseando un pie si, un pie no entre las fronteras de Irak e Irán? Desde hace tiempo, y después del 11 S, todo lector de periódicos sabe que hay países en los que existen riesgos adicionales. Eso, si se viene de cualquier país. Pero si se viene de EEUU, ¿no se piensa que ese riesgo se aumenta de manera exponencial? Y si además la frontera en la que se proponen escalar y hacer senderismo, es la existente entre un país que invadieron y el otro al que hostigan por su programa nuclear; la misma frontera en la que los dos países tuvieron una guerra, ¿no suena cuanto menos sospechoso? Digo: se puede ser idiota y se puede ser infinitamente idiota, pero en ciertas sintonías tan altas de estupidez ya hay algo que desafina sobremanera. Las hipótesis que se pueden combinar son variadas, pero tres jóvenes inocentes metidos ahí, exactamente ahí, puede no sonar a espionaje pero es difícil que no suene a plan. A plan de alguien, de quien ellos pudieran ser los idiotas útiles.
No estoy en contra del aventurerismo. Es una opción más, como tantas. Creo que hay una ideología, sobre todo en los países ricos que pueden costearse viajes exóticos, de que hay un derecho universal al turismo como si estuviera consagrado en alguna constitución, o en la carta de derechos de las Naciones Unidas. Y si bien esto no está -obviamente- legislado, depende del grado de protección que un país ofrezca a sus ciudadanos en el exterior.
Yo digo que siempre que exista una situación que a primera vista puede parecer rara, pero aceptable, uno tiene que plantearse la inversión de ese mismo caso y ver cómo funcionaría. Si en las montañas de Irak se encontraban tres escaladores iraníes, por ejemplo, ¿qué hubiera pasado? ¿Se los habría tratado con la misma comprensión y cuidado? Y eso en Irak, que es un país invadido. Ni qué decir si estos tres iraníes hubieran hecho una excursión en bote o lancha entre la isla de Cuba y la costa de Florida. Sólo habría que imaginarlo.
Se trata de que nos parezca normal una situación de ese tipo que sería totalmente inaceptable si cambiara el signo. Con lo cual entendemos que el derecho al turismo es tácitamente ilimitado para algunos y no para otros. No hay sorpresa en esto, pero hay que tenerlo en cuenta. Y sobre todo qué función cumplen ciertos turistas y/o activistas humanitarios desplegados en zonas de conflicto. Desde su propia perspectiva, muchísimas e importantes. Desde las administraciones de los países que les promueven, otras mucho más funcionales.
Ahora en el conflicto que se produce en el Sahara, entre el Frente Polisario y el gobierno de Marruecos, pasan cosas parecidas. El choque existe y lo sufren sobre todo los saharianos. Toda situación de represión entre un gobierno y una fuerza irregular es desproporcionada y puede alcanzar cotas más o menos dramáticas, pero es lo que existe de manera concreta. Lo otro es la percepción del conflicto, o su utilización en un marco mayor de tensión entre naciones. En este caso España y Marruecos.
El Sahara Occidental estaba ocupado por España hasta la caída del franquismo, cuando la llamada Marcha Verde impulsada por el gobierno marroquí incorporó ese territorio y situó a la población que allí existía en condición de opresión. Desde entonces hasta aquí, España en sucesivos gobiernos, de forma más oficial o no, hizo causa de esta situación y de los reclamos de independencia de los saharianos. ¿No es curioso? ¿No es curioso que las administraciones de un país que tuvo el territorio como colonia hasta hace 35 años troque su política de golpe defendiendo los derechos de autodeterminación de un pueblo en particular?
Las acciones de geopolítica española no son azarosas. Esto es, buenas aquí, regulares allí, malas allá, sino que tienen una coherencia. Sobre todo donde tienen intereses y fichas puestas.
Por omisión podemos decir que esta actitud democrática hacia los derechos de los habitantes del Sahara Occidental no ocurre, por ejemplo, en Venezuela, donde un gobierno elegido por el voto popular puede ser hostigado por su signo político.
Sin ir más lejos, el apoyo del gobierno español al golpe que se intentó dar a Chávez en el año 2002. Allí no estaba el gobierno de Zapatero, sino el de Aznar, pero a fecha de hoy en política internacional, más allá del signo político de quien gobierne, la agenda es compartida y las diferencias son de maquillaje. Si alguien tiene dudas o mala memoria, que recurra a la hemeroteca que quiera y que revise los periódicos (los físicos, no lo que se archiva de manera digital) de aquellos días. Que vean cómo El País celebraba a su manera y por anticipado la posible caída del régimen chavista. Que se vea la actitud que se tiene con los gobiernos de Bolivia, Ecuador o Argentina, a los que se critica y las razones por las cuales se lo hace.
El gobierno español y los periódicos más representativos de las fracciones políticas que sostienen cualquiera de sus posibles administraciones, tienen una escala precisa para medir dónde se interviene, de qué manera, qué opciones se priorizan y cuáles se opacan. El Sahara Occidental como moneda de presión e intercambio entre España y Marruecos está privilegiada por
geopolítica y geoestrategia. Participa de cierta área vital de acción política. Por eso promueven dentro de la sociedad una adhesión a la causa independentista del Polisario y en la zona misma bombean euros para las OONGG que simpatizan con la causa. El planteo es democrático, correcto y coherente, pero por lo visto es más urgente que otras situaciones porque al gobierno español le interesa que esa batalla en particular la pierda Marruecos. No es ni bueno ni malo para el orden del universo en general que Marruecos se quede sin el Sahara, pero para España es importante que ese territorio que ellos ocuparon hasta 1975 no quede en manos de otra nación. Digamos que es aceptable quedarse sin colonias y territorios de ultramar, siempre y cuando no se los quede un vecino con el que se tiene una larga lista de disputas.
Para muchos simplificar esta situación de doble moral se justificaría entendiendo que se puede tomar lo bueno de este accionar del gobierno ya que al promover la independencia del Sahara Occidental, algo bueno hay. Pero la problemática es la misma que plantean otras intervenciones humanitarias en otros países. Aguantarse algunas malas consecuencias a cambio de algunas buenas iniciativas.
Pero no es lo único problemático. El rol de los medios españoles en una batalla que trasciende lo episódico de una represión del gobierno a los saharianos, convierte a España, inequívocamente, en parte del conflicto. Volvamos a invertir los signos de las posibilidades: los medios españoles indican que ante la imposibilidad de poder asistir al lugar donde se producen los conflictos, se han visto compelidos a aceptar fotografías de "aficionados", gente del lugar, que pasaron imágenes de la represión israelí en Gaza como si hubieran ocurrido en El Aaiún. Puede haber una cuota de falta de profesionalismo y descuido en el caso, pero también hay intención. Intención de juego y trampa.
Si hay fotos auténticas de represiones indiscriminadas, que se publiquen. Si hay testimonios confrontados, que tengan eco. Pero que no se juegue con la baza sentimental o las simpatías y antipatías como carta de acción porque propalar mentiras, aún por el mejor fin, no ayuda.
La situación de la represión en el Sahara, por tanto, se amplifica por la mirada, por el hecho de vetar la presencia de los periodistas españoles y por la existencia de activistas de OONGG españolas en la zona. Esto es un punto de vista legítimamente interesado por una situación considerada normal. Lo normal es (o sería) que activistas españoles participen en zonas del Sahara Occidental, aplicando políticas de asistencia a un sector que efectivamente está en conflicto con el gobierno marroquí.
Pregunto yo: ¿qué pasaría si, de existir, hubiera OONGG marroquíes interviniendo en territorio español para dar apoyo a las familias de presos de ETA? ¿qué pasaría si hubieran periodistas marroquíes destacados en territorio español para investigar y hacer artículos sobre la situación de estos presos, grupo político en conflicto perenne con el gobierno español, con todas y cada una de sus administraciones? ¿Cómo se lo percibiría?
Entendiendo, claro, que las situaciones políticas no son paralelas en su intensidad (la analogía no sería posible), esto no evitaría pensar cuán ríspidas se podrían poner las cosas con los medios o el gobierno marroquí (si financiara unas OONGG así). Sin ir más lejos, como la persecución criminal de los miembros de ETA en el mundo es causa de estado en España, ¿no hay ejemplos de cómo se lee y descalifica al gobierno de Chávez por tener un asesor que tiene conexiones con ETA?
Yo comparto las ambiciones independentistas de un pueblo, nacionalidad o etnia que quieran expresar su deseo de vivir una existencia autónoma. Entiendo que algunos tienen más o menos suerte en sus reclamos y que históricamente las acciones por la independencia de cualquier territorio no han sido trámites de ventanilla. En todos los casos hay tensión, represión y muertes. Los gobiernos involucrados pueden acudir a políticas criminales para impedir que esas independencias se concreten. Les pasa a los palestinos, les puede pasar a los kurdos, a Cachemira, a los tibetanos y así. Pero concordemos que no hablamos de causas simples. Concordemos que la participación de algunos sectores son mucho más interesadas que las de otros. Concordemos que la desproporción en las atenciones afectan más a unos que a otros, ya que en lo concreto, parece que es más causa para el gobierno español la independencia del Sahara Occidental que el respeto y la defensa democrática de gobiernos latinoamericanos con los que no comparten agenda o signo. Si una política está construida alrededor de principios, estos principios deberían ser antepuestos a las conveniencias territoriales. Y hoy lo que propone España con respecto al Sahara Occidental está más alimentado por sus necesidades geopolíticas, de tensión y enfrentamientos con Marruecos, que por auténticas preocupaciones democráticas. Y si realmente esta es la preocupación del gobierno español, se puede proponer un muy interesante listado de lugares en los que la acción de un gobierno europeo sería más que apreciado. El altruismo es una palabra demasiado importante para blandirla con superficialidad. Se corre el riesgo de ser banal, vacuo y pretencioso. Declamar la democracia no es lo mismo que practicarla. Y practicarla es un camino de varias vías. No es algo que se le pide sólo a los enemigos, sino también a los amigos. Y aceptar que lo que le puede pasar a los demás también me puede ocurrir a mí, dentro de mi propio patio. Porque la información también recorre varias vías y no es solo la que yo requiero sino la que otros pueden sacar desde mi propio sitio.
Con estas nuevas teorías de seguridad mundial, mientras algunas naciones gocen de más prerrogativas que otras para moverse por la Tierra y tengan más derechos creados, no vamos a avanzar hacia ningún lado. Por el contrario, podemos quedarnos mucho más estancados de lo que creemos.