jueves, 23 de diciembre de 2010

Autores

Que se haya tumbado en España la llamada "Ley Sinde" invita a reflexionar sobre por qué persistimos en el S XXI, sumidos en discusiones falaces. Los términos en que se plantea el tema de los derechos de autor en todo el mundo, es falso. No tiene por qué ser más auténtico en España. Las críticas que los autores sindicados tras la bandera de la SGAE (y también otras) vierten sobre la actitud de los políticos son desde hace tiempo poco atendibles. No reflejan más que a un sector querible y brillante de los creadores quienes, en su mejor caso, no son más que rehenes de conciencia de la industria discográfica o cinematográfica. Poco importa el grado de implicación ya que casi ni hace falta señalar cuántos de estos creadores son, en efecto, productores o inversores en las industrias señaladas, lo que los convierte no en defensores principistas de un derecho vulnerado, sino en interesados recolectores de las prebendas que esas industrias generan.
Por supuesto que a todos les asiste un derecho y es el de expresión. Pueden quejarse y reclamar, pero no pueden intentar colar como una iniciativa de bien común una ley de este tipo que está dirigida específicamente a custodiar sus intereses y reparar sus pérdidas.
Las voces de autores que se elevan en este debate actúan en un triple ámbito: como empresarios, como corporación y, con la incorporación de Ángeles González Sinde al cargo de Ministra de Cultura, a la política en el más alto estamento posible. Estas voces se han presentado públicamente como representantes legítimos de un derecho universal, cuando en realidad son un lobby. Un grupo de interés que vela por su propia agenda y que trata de reclutarnos a otros como presuntos vulnerados por la actual situación de los derechos de autor, ya sea como creadores o como ciudadanos. Se interviene por nuestro propio bien.
Esta acción en pinza está movida por intenciones muy lejanas al bien común. El comportamiento de la SGAE, en algunos casos rozando actitudes talibanes, es sólo comparable al del sindicalismo corporativo que fue la forma de agrupación preferente de origen social durante regímenes fascistas y de corte totalitario. Por caso, la SGAE que se arroga este papel pseudosindical, ni siquiera es un sindicato, con lo cual su representatividad está ya, desde el principio, cuestionada. Pero supongamos que esto fuera un defecto de forma y que su programa de acción sea lo más importante. Discutamos entonces esto, que es un material sensible con el cual se busca unir a la sociedad tras un fin, y veamos el alcance de su legitimidad.
El derecho de autor se encuentra comprendido dentro de un arco más grande y fundamental que es el derecho a la libre expresión y a la libre circulación de las ideas. El derecho de autor implica que una persona física posee una propiedad sobre una expresión particular y puede explotarla en términos concretos como mejor le parezca. Es un derecho que protege la propiedad sobre un material original, para que no pueda ser reproducido (ya sea como omisión, clonación o plagio) o arrebatado por otros, para que no se produzca una apropiación indebida.
El autor suele trabajar como asalariado de una industria o como creador libre, freelance, que vende o presta su habilidad a cambio de dinero. Los pagadores no son infinitos. Hay un mercado de trabajo que combina fuerzas privadas, independientes, subvencionadas por el estado y hasta el estado directamente en ellas. El mercado puede ser más extenso o menos, más flexible o más rígido, más o menos democrático, pero es limitado. Sobre la base de su limitación en espacio, la industria de la creación ha trabajado todo tipo de relaciones y acceder a él siempre se ha considerado un privilegio. Estar dentro o estar fuera, pertenecer o no pertenecer no es para nada lo mismo. Al punto que es posible plantear que este mercado en cualquier parte del mundo es más una estructura cerrada que abierta, y que sus criterios de demanda son tanto o más arbitrarios que los de cualquier otra industria. Sus propias relaciones internas, a lo largo de la historia, han determinado quién puede trabajar o no, quién progresa y quién cae. En ese sentido y por su grado de exposición pública, la industria de la creación, de la expresión, está tan sintonizada con el mundo de la política y el estado. En todo momento es una industria de la coptación. De integrar a otros que perpetúen esa forma de funcionar y que no cuestionen sus cimientos. Como excusa se ha esgrimido siempre que la popularidad y el talento son los que determinan el acceso a este mundo. Excusa que desde hace más de una década está cuestionada de raíz por la construcción global de famosos a partir de toscos advenedizos. Nadie en la construcción del universo de reality shows ha conseguido mostrar más que un diamante en bruto entre tanto freak, y sin embargo una parte enorme del negocio audiovisual está dominada por esta feria de fenómenos.
Cuando la producción televisiva está dominada desde hace mucho tiempo por los formatos de bajo coste, donde precisamente el autor es el que desaparece por propias necesidades de la industria y se extingue en favor de criaturas que opinan de cualquier cosa como si estuvieran en el patio de su casa, hablando de insustancialidades, hace pensar mucho dónde se está haciendo hincapié cuando se quiere mejorar las condiciones autorales y por qué.
Así hasta el día de hoy se ha logrado que muchos involucrados laboralmente en la industria se solidaricen con muchos de los postulados que el lobby autoral viene blandiendo, atentos a un discurso de urgencia apocalíptica por el cual si la industria se derrumba, no se generarán puestos de trabajo sino que se perderán muchos de los existentes. Es el mismo discurso que los empresarios de todas las ramas industriales proponen a sus gobiernos cada vez que la ruta económica no sigue los caminos que ellos quieren dictar. Algo que es mucho más profundo que la mera idea de pensar distinto o poder verse afectado por ciertas medidas.
La forma parece bienintencionada, pero lo que subyace es un concepto de extorsión. Un dueño de una fuente de trabajo puede hablar en los mismos términos con sus trabajadores. O se arremangan o se cierra. En una industria del pensamiento y la creación, la propuesta es o apoyan, o todo se va al traste.
Estas formas de operar, de neto corte corporativista, de grupo de presión, tienen poco aliento democrático aunque se disfracen de causa justa, de protección de un derecho fundamental, de causa heredada de la revolución francesa o como se las quiera llamar. No protegen al autor sino al que gana dinero con el trabajo de uno o varios autores. Hagan cuentas. Cuánto gana un autor y cuánto se llevan las empresas que distribuyen. La intermediación es la que impone aquí su tono extorsivo, aunque se cubra de máscaras de cualquier tipo.
Lo que se cuestiona no es el derecho de un autor a percibir el justo pago por su trabajo, sino a que las empresas que dominaron y por supuesto dominan el mercado de la creación, no sigan convirtiendo al autor en un rehén. Porque si el sistema en que hoy funciona la distribución y la protección de contenidos está caduco, no es criminalizando ni persiguiendo, ni conservándolo contra viento y marea como se va a solucionar el problema. Los propietarios de la industria no están dispuestos a ceder ganancias y privilegios. En eso no se parecen para nada a los revolucionarios franceses, sino a la más rancia aristocracia aferrada a sus prebendas, completamente fuera de sincronía con su tiempo y con la realidad.
Nadie cuestiona al autor, sino al estado de cosas. A los que se refugian tras un derecho sensible de otros, para perpetuar sus ganancias. Y el grado de desesperación en el que incurre esta industria es tan enorme, que son capaces de apoyarse en situaciones aberrantes. La gran mayoría de este lobby está integrado en de una forma o de otra en el mundo de la información. Periodistas que son autores y viceversa. Para el mundo de la información, fáctico, igual que al de la creación, les interesa y les importa la existencia de una amplia libertad de expresión. Les importa lo que haga Hugo Chávez en Venezuela con la prensa y ahora con Internet. Les preocupa que China censure a Google. Les preocupa que el presidente bielorruso reelecto, Lukashenko, de corte comunista a su manera, también plantee el control de Internet. Pero no se les mueve un pelo a la hora de plantear el cierre de webs P2P porque vulneran los derechos de autor. Cuando gobiernos a los que se cuestiona por su signo político se ponen a regular, controlar o censurar la información, hay que criticarlos porque atacan la libertad de expresión, pero el cierre de webs se tiene que leer como un derecho creado en defensa de una víctima: el autor. Qué cara más dura hay que tener para vender las cosas de esa manera. Por lo menos un gobierno puede refugiarse en la razón de estado, que es siempre política, muy criticable y muy atendible. Pero, ¿desde dónde cortar el flujo del intercambio entre usuarios de la red se convierte en "loable"? Les tendría que dar vergüenza.
En el mundo de Internet las reglas no van más allá de los poderes existentes. Ninguno se ve amenazado por ellos. En tiempos del feudalismo, cuando los nobles vieron que la revolución burguesa se venía encima, trocaron sus formas de propiedad para ajustarse a un nuevo sistema y así no perder sus posesiones y su posición de influencia en la sociedad. Internet plantea un reposicionamiento global a los mismos que hoy detentan el poder y los que se aferran a las formas arcaicas, o se transforman o se derrumban. Puede ser cierto que muchos de los que hoy son ricos y poderosos dejen de serlo. Otros lo serán en su lugar.
En tiempo de las filtraciones de Wikileaks hay que estar atentos a las nuevas formas de propiedad, de autoría y de circulación de la información que propone la red. No se pueden cerrar las opciones. No se puede persistir en la contradicción flagrante de considerar que la libre circulación es algo bueno para los demás pero no para uno, cuando son los privilegios propios los que están cuestionados. Este razonamiento afectado de conveniencia carece de valor para el presente. Hay que aceptar los cambios sociales con todas sus consecuencias. Y si se cuestiona el modelo de distribución y reproducción a través de la red porque afecta al autor, habrá que mirarlo en forma progresiva y no regresiva. Las propuestas de cierres, cortes o limitaciones son de neto interés industrial y empresarial. En nada reflejan al ciudadano o a la población en general. Y hay que entender que si durante décadas el acceso de obras estuvo en manos de un grupo de privilegiados y eso ya no es así, hay que aceptar que el futuro es democrático y que la gente puede bajar contenidos como nunca antes. Cómo los use es otro tema, pero conseguirlos es también un derecho. Aceptemos el cambio y busquemos alternativas en las que al usuario común, que ya paga por un servicio, no se lo cargue con la propia ineficacia de la industria para regenerarse y se le cobre por contenidos que hoy la tecnología le permite tener de forma gratuita. Así será que la mejor solución para un autor, será la que lleve la relación entre todos hacia adelante.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Abrir los límites de la esperanza

Desde un lado y desde otro, se pensó a los medios de comunicación como armas de manipulación. El enfoque era igual aunque los objetivos divergentes.
En ese mundo de discusiones, el funcionalismo como escuela del problema comunicación señaló que se pueden reforzar creencias y se puede persuadir sobre quienes dudan pero no sobre quienes se oponen a eso que se quiere decir o hacer creer.
Lo importante es generar una permeabilidad a los mensajes para nuestro lado. La posibilidad de cambio de creencias y el aprendizaje precisa del terreno blando de las preguntas y de la indecisión. Hay quien se ha dado cuenta de esto antes y se sirve de los "ni ni", de los "no sé" y de los "de eso no opino". Esa es la carne de cañón.

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sábado, 4 de diciembre de 2010

Transparencia y discrecionalidad

Relativicemos: todavía sabemos muy poco sobre los cambios que se operaron en la realidad durante los últimos veinticinco años, así que para ver en perspectiva la última gran desclasificación de documentos realizados a través de Wikileaks hay que arrancar de lejos. De los años de la Guerra Fría y sobre todo de los previos a la caída del Muro de Berlín.
Desalentemos por ahora las explicaciones paranoicas, las probables y hasta las verdaderas (si es que las hay). Olvidémonos cuánto y cómo pudo almacenar en su MP3 el soldado Bradley Manning, que fue quien contrabandeó la información. Ese camino serviría (si sirve) para buscar elementos conspirativos donde ya lo primariamente conspirativo reside en la propia naturaleza de los documentos en sí. El lenguaje, el estilo, el contenido, el mensaje (moralmente hablando) y el fin, van linkados de forma indisoluble con una entidad mucho mayor que es la política exterior de los EEUU. Una trama que podemos conocer con mayor o menor profundidad, y que no nos es ni ajena ni novedosa.
Cuando en marzo de 1985 llega Gorbachov al poder, se da el puntapié a un fenómeno como si fuera una pelota y todavía la vemos rodando. El entró con dos banderas: perestroika y glasnost. Reconstrucción y transparencia. Esta iniciativa se leyó como pionera y exclusiva para el Este europeo, el mundo detrás de la frontera comunista. Parecía que así se hacía cargo de un reclamo externo, de Occidente con EEUU a la cabeza, y otro interno de la población que pedían más democracia, cambios económicos de corte liberal y una perspectiva de cambio profundo de las estructuras políticas y sociales. Con dos nombres se sintetizaba un único proceso, de flancos separados, pero interdependientes.
Previo a Gorbachov muchos fuimos testigos de los tiempos de Guerra Fría donde nosotros, habitantes occidentales, éramos auditorio de las teorías liberales que clasificaban básicamente las sociedades en abiertas y cerradas. Las abiertas eran las democracias de Occidente y las cerradas, todas las que correspondían a los países comunistas o de fuerte constitución tradicional, tribal y/o religiosa. Esto era un discurso político de fuerte impacto mediático y educativo. Un fuego cruzado al que la elite soviética respondió. Y los términos que eligió para responder no fueron tan ambiguos. Por el contrario, resultaron ser bastante precisos.
Contestaban así también a ciertos movimientos de disidencia que tuvieron en el proceso polaco, con Solidaridad a la cabeza y conjuraban el temor posible a que ese mismo escenario se reprodujera patio adentro de la URSS. Y por si fuera poco, los soviéticos estaban terminando exhaustos por la guerra que llevaban en Afganistán y una carrera armamentista que los ponía al borde de la crisis económica. Algunos síntomas, hipervisibles, aunque no cubrieran la complejidad del panorama.
El proceso que se abrió fue veloz. Los regímenes de los distintos países de la órbita comunista no cayeron como un castillo de naipes, pero casi. Y cualquier intento de resistencia al cambio, desde los gobiernos, terminaba fuertemente golpeada. En el caso rumano, sobre todo.
La fracción más ultraliberal de Occidente celebró esta transformación en ciernes, entendiendo -vanamente-, que se trataba de un fenómeno regionalizado y que no les reportaría consecuencias. Error. Por más que las castas soviéticas estuvieran siendo duramente castigadas, por variadas y muchas justificadas razones, lo que ocurría era la forma que adquiría el episodio. Pero nada más. En un mundo tan cambiante tendemos a impresionarnos con la fuerza de las fotografías y nos perdemos del contexto. No sólo del sincrónico, sino también y sobre todo del diacrónico, el que transita a lo largo del tiempo.
Los ecos occidentales de este desplazamiento llegaron a todos los estados nacionales. Al complejo de poder estatal que se había forjado en las últimas décadas en todos los países del mundo, más o menos proteccionistas, y hubo que ponerse a tono porque la corriente pedía desmontar, desarmar, reformar, con el subtítulo de remarca: liberalizar.
Los procesos sociales y políticos son siempre complejos y contradictorios. Nos puede gustar leerlos en un solo sentido hasta que un día descubrimos que tienen más lecturas y más direccionalidades. Ese "imperio de la libertad" empieza a trocarse y trastocarse con la explosión de Internet. Ese territorio irrestricto comienza a ser escenario y a formar parte de operaciones que salen del control de las naciones, las autoridades, los partidos.
Digamos que podría ser fácil explicarle a los habitantes de ciertos países del mundo, que la libertad no es un absoluto y que hay que imponerse un poco de control. Al menos de un autocontrol que no tenga que obligar a un estado, aún proliberal, a tomar medidas que dañen su tradicional modus operandi de dejar hacer. Hay que entender, por supuesto, que esto sería un planteo para que tenga lugar más en términos de discurso que de hechos. Es relativamente sencillo saber con qué, cómo, cuándo y dónde una nación occidental golpea a su población si lo tiene que hacer. Pero para Europa y EEUU, que lideran el mundo, estos cambios de principios y hasta de humor, son más difíciles de explicar y de justificar. Toda la vida le han inculcado a la gente que pueden hacer lo que quieran, por comparación con otros países, y ahora hay que trocar el discurso. ¿Pero desde dónde? ¿Y cómo? ¿Como si nunca se hubiera alentado la idea de la libertad de acción y de opinión?
Paradojas, que el episodio Wikileaks dispara (en la foto su director, Julian Assange). Como si de un Contramanifiesto Comunista se tratara, un nuevo fantasma recorre el mundo: el fantasma digital. Encaramado en el corazón de la red, de las redes sociales, del acceso libre a la información y de la vulnerabilidad de lo privado: ese territorio supergris, en el cual a una persona se le puede invadir, sustituir o reinventar una identidad, que empieza a escalar. No es ya que existan los resortes y herramientas que permitan hacer cualquiera de estos experimentos, sino que con pericia se puede conseguir entrar en el ámbito tabú del universo público. El secreto y la discrecionalidad con la que se manejaban los organismos de poder descubren una grieta fenomenal. El hecho en sí supera sus posibles consecuencias. Y lo que aquí vemos es el mismo hilo político que arranca desde Gorbachov, sobre todo con su glasnost, sólo que de alguna manera empieza a virar su polaridad. El reclamo de transparencia se universaliza, o se globaliza. El mundo entero es invitado a participar de una discusión que es esencialmente democrática. ¿Qué límite le corresponde aplicar a los poderes en el uso de la discrecionalidad? ¿Hasta dónde puede arrogarse una administración, y sobre todo si hablamos de la primera potencia del mundo, la posibilidad de manejar los hilos rojos de la política internacional como si fuera un territorio impune?
La dimensión del punto democrático en debate es enorme. Era el punto que durante décadas se ocupó de usar Occidente para golpear al bloque comunista. Y ahora resulta que los EEUU, el modelo de democracia progresiva, abierta, universal, ejemplar de la historia contemporánea, está abocada a una práctica discrecional extrema, yendo excesivamente más allá del para qué se los ha votado. La denuncia que históricamente se realizó por la política imperialista e intervencionista de los americanos, parecía siempre un dibujo parcial de la izquierda. Las operaciones fraguadas para invadir países, las excusas, los planes secretos para hegemonizar regiones de los que sobre todo en el sector geoestratégico latinoamericano se sabe (y se supo siempre) muchísimo, de repente, se ponen en negro sobre blanco: ante un auditorio acostumbrado por un lado a conocer el accionar de EEUU, y al mismo tiempo ante auditorios inéditos. Un gran público que vivió estas denuncias del otro lado de un muro, no físico como el de Berlín, sino mental y cultural, político pero camuflado, de repente se encuentran ante un escenario de decepción. Una decepción que parecía ser parte de y ocurrir en otras latitudes, en otros rincones, de un día para el otro, se activa también en casa. Creer o reventar para el que acostumbraba a no creer. Este es uno de los elementos. La recreación de un auditorio para el que las fábulas empiezan a convertirse en polvo y para los cuales la única profilaxis posible es la invención de explicaciones y justificaciones paranoicas. Alcanza con leer las citas, los textos centrales y desnudos de Hilary Clinton para entender qué es lo que duele de lo que pasó.
Todo va muy rápido y lidiar con la decepción parece no ser una espina que se clava sólo en el zapato americano. Los europeos, socios estratégicos y aliados de EEUU, empiezan a imaginar nuevos escenarios donde otras políticas discrecionales, las de sus propias naciones, podrían ser trágicamente desclasificadas. Es la paranoia de un teléfono móvil al que no se le ha podido cortar la llamada y de repente un tercero innumerable, otros, pueden escuchar la continuación inesperada de una conversación. Las críticas, lo privado, lo que se creía custodiado, de repente queda al descubierto. Ahora empieza a llegar la sensación de que lo que dije y escribí ayer, ese mail privado, no ya personal, sino en primera persona cuando digo las cosas en bambalinas, lo incorrecto, puede salir a la luz. No es improbable. Si estos documentos de seguridad grado cuatro, pueden ser vulnerados, por qué no los de un cuadro político a su jefe. Todas las entrañas de la política y el mundo laboral y social, de repente, podrían quedar expuestos. Ese es el terror de muchos. Que las operativas negras que circulan en todas las organizaciones, sean de poder, empresarias, bancarias, económicas, etc, etc, se conviertan en públicas.
Un periodista en El País, José María Ridao, se plantea esta posibilidad en su artículo El panóptico de Assange. Teme que la desacralización institucional alcance a otros que aún no están quemados. Porque de una manera u otra, EEUU siempre estuvo expuesto a una corriente crítica a lo largo de los años; pero ahora se puede encontrar que sus buenos socios, socios de buenos oficios, pueden ser cómplices. Y pueden ser también actores en otras operaciones reprobables, hechas tanto por iniciativa como por mérito propio.
Es un escenario curioso el que se abre ahora, en muchos aspectos: La desclasificación de documentos, regularmente inaccesibles, filtrada a través de Wikileaks implica para un estamento del poder una violación de su privilegio de secretismo. Un espacio de poder roto. Ante esa intromisión se queja el Departamento de Estado con Hilary Clinton (foto) como voz cantante. Y todo lo que se puede leer en esos miles y miles de papeles son formas diversas de intromisión en la política interior de todos los países del mundo. Activa o pasivamente interviene en la soberanía de otros, nada novedoso en esto, y lo documenta. Instala un discurso determinado sobre la política interior y exterior de las naciones en las que tiene emplazado un embajador. Sugiere, dicta o impone un punto de vista. La variación depende del grado de acuerdos o desacuerdos. Traza una hoja de ruta. Un mapa de su política exterior. La presente y la tradicional. Guía de piedra Rosetta en la que se pueden leer otros subtextos. Se puede ver la diferencia entre los discursos oficiales y los auténticos, los que desnudan la retórica que sostiene las verdaderas intenciones. Lo que se piensa, lo que se quiere y que en público no se admite.
Hay que conectar los puntos sueltos porque detrás de ellos se manifiesta la forma. Una forma determinada. No un caos, sino una lógica.
Independientemente de que algunos actos puedan ser autogenerados o provocados por otros, la historia de EEUU está sembrada de hitos en los cuales se abren otras instancias, nuevas etapas políticas que desatarán cambios. Y no hay que prejuzgar los signos posibles de los cambios porque serán un sistema de múltiples filos; nunca un relato con una sola moraleja.
En 1898 hubo un Maine que le permitió echar a España de Cuba, pero hubo más. Pearl Harbor hizo entrar a EEUU en la Segunda Guerra Mundial, pero lo que se disputó fue lejanamente mucho más dimensionado que la derrota del Eje como respuesta a ese ataque. Lo que pudo implicar el asesinato de JFK, y en resonancia los atentados siguientes de un Malcolm X, un Martin Luther King o un Bobby Kennedy. O el derribo de las Torres Gemelas (foto), cuyas consecuencias en el rediseño del mundo todavía estamos observando.
Hay un patrón de conducta, de reformulación a la americana, que suele acusar los golpes para devolverlos multiplicados. Que busca cabezas de turco para descargar sus iras o para abrir nuevas instancias, siempre necesarias a su estrategia de control mundial.
¿Es acaso esto un 11-S informativo, que empieza a clamar por una glasnost a la medida de occidente, que posa su mirada sobre los mecanismos políticos y democráticos globales -arrancando desde EEUU- pero que terminará revolviendo también las tripas de sus socios?
El escándalo Watergate (foto) fue quizás un mojón, más similar a lo de Wikileaks, en el que se cuestionó la forma de hacer política interior. Movió muchas estructuras, hizo renunciar a un presidente (Nixon) y fue el preludio a la retirada de Vietnam. ¿Qué augura entonces el presente? ¿Es esto sólo un simple episodio o es algo que se manifestará con mucho más cuerpo en el futuro? ¿Algo previsible o una escena inesperada, como la de esa mañana en la que nos encontramos con que el Muro de Berlín ya no estaba en pie? No me atrevo a formular tan lejos, pero podría ser una pregunta válida porque ante tanto revuelo algo tendrá que ocurrir en consecuencia. Y como es una pregunta válida, entonces yo la comparto.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Fanatismos

¿Hay un neofanatismo en curso? Planteo la pregunta porque todas las respuestas que me vienen no son contundentes. Si la respuesta es positiva, entonces esto empieza a definirnos a todos en un lugar complejo porque todos formaríamos parte de una situación general, una corriente que está en movimiento hacia algún lugar. El problema sería saber adónde.
Todo fenómeno que tiene lugar en la realidad nunca es unidireccional, sino que por lo menos maneja dos vías. Una de ida y otra de vuelta. Siempre lo pensé con el llamado Síndrome de Estocolmo. Lo usual es que se plantee la identificación de un secuestrado con su victimario y que la modificación de conciencia que existe ocurre para uno, pero no para los dos. Yo creo que el victimario también tiene que modificarse por la interacción. ¿Se identifica él con la víctima? Es una posibilidad, ¿por qué no?
Entonces si hay una corriente en el pensamiento que lleva hacia el fanatismo, todos estaríamos más o menos afectados por el fenómeno. No habría a quien le pase todo y a quien (por oposición) no le pase nada.
Si entendemos fanatismo como algo opuesto a la razón, pensaríamos que estamos participando de un mundo en el cual los argumentos pesan siempre menos que las simpatías y en la que los argumentos también se recrean en función de las simpatías. Esto convertiría una postura en algo difícil de modificar a través de un diálogo porque lo más importante sería que prevalezca nuestra postura sobre la del otro.
No quiero estigmatizar ni descalificar nada con el concepto de fanatismo sino ponerlo en un sitio concreto argumentalmente. Por ejemplo, que esto es un síntoma que determina que entre una posición y otra difícilmente existan matices. En cualquier discusión todo puede reducirse a dos posturas, pero cuando esas posturas no admiten la visión crítica, no digo ya una tercera posición, sino una visión crítica que exponga las falencias argumentales de cada una de estas posturas, entonces yo entiendo que nos encontramos frente al fanatismo. Y por supuesto que hay niveles y niveles, desde los que reproducen ideas articuladas por otros sin sopesarlas ni saber de dónde ni por qué salen, hasta los ideólogos que son los que las construyen en toda su complejidad.
Recuerdo las declaraciones en un hospital del único sobreviviente de los terroristas que llevaron a cabo los atentados de Mumbai en 2008 (foto). El chico no era un ideólogo. Estaba programado para cargar un arma y llevar a cabo un plan. Era coordinado por móvil y sus acciones, amén de estar animadas por un islamismo radical, carecían de matiz alguno. Nada debía desviar su proceder. No lo animaba ni la crueldad ni la compasión. Se movía con una medida neutralidad en la cual matar y provocar una situación de caos era lo primordial. Frente a una instrumentación de este tipo es bastante sencillo demonizarle, pero se puede interpretar algo más allá. En las mismas declaraciones que son parte de al menos dos documentales sobre este atentado, el chico cuenta que él es hijo de un vendedor de frutos secos de Pakistán, que su padre lo vendió (lo cual puede ser cierto o no) al grupo terrorista para el que actuó, y que ellos lo prepararon para dar su vida por la causa. Una causa en la que él creía.
Cuando hablamos del hijo de un vendedor de frutos secos en las calles populosas de Pakistán, hablamos de una persona como tantas otras en este mundo que vive en los márgenes sociales, cuyas opciones son limitadas (si no son nulas), al cual es sencillo también aplicarle una mirada moral, pensando o creyendo que las chances que uno tiene de actuar de determinada manera son similares a las que tienen los demás, a las de cualquier otro, y no es así. Los marginados y los expulsados del sistema se han multiplicado con la desaparición del estado en muchas naciones y la retirada de su influencia en otras. Este cambio ha hecho estragos, y hace que los desesperados busquen a quienes lideren una lucha contra todo lo que representa un mundo que a ellos los destruye y los coloca en un estado del cual es muy difícil si no imposible volver. Por eso desesperados.
Lo que hoy vemos como la piratería del Índico, somalíes que asaltan buques pesqueros que calan en sus aguas, es un fenómeno que criminaliza a los desplazados. Y no es que esta situación justifique una manera de actuar, sino que coloca la acción fuera del simple marco de la opción. Cuando la desesperación individual se vuelve colectiva, encontramos una expresión política y por lo general la expresión en sí se manifiesta como chocante.
Si el tono de la situación general no tendiera al fanatismo, se podrían ver estos hechos en un marco flexible. Sin embargo se construyen argumentos de reacción. Se puede decir que todas esas formas de reacción surgen como consecuencia de los ataques del 11 S en Nueva York, y del 11 M en Madrid, y del 7 J en Londres. Pero el espiral arranca de mucho antes. Que, por ejemplo, EEUU e Irán tuvieran relaciones tensas y conflictos desde la revolución de los ayatolahs no es un hecho aislado. Como tampoco lo fue la primera versión de la guerra contra Irak en 1991. El mundo entero vivía una transformación.
En Estados Unidos una corriente fundamentalista de corte religioso se multiplicó y expandió en esos años. Esta corriente era marcadamente cristiana y todo lo que fuera islámico o comunista se convertía en objeto de rechazo rabioso. Ante el desplome del bloque soviético desde 1989, la furia anticomunista se fue diluyendo y cedió su puesto de privilegio a lo antimusulmán y antiárabe. Al ser convertidos entonces en los enemigos de la civilización occidental, los islamistas recibieron todo tipo de golpes. Esa situación persistente por más de veinte años halló su pico en el atentado a las Torres Gemelas. Desde entonces algo cambió. Los cruces entre el cristianismo y el islam tenía el formato del choque de dos clubes; pero a partir del 11 S y posteriores acciones, Occidente se veía "forzado" a embanderarse con los suyos. Ya no era un conflicto exclusivo de las partes interesadas, era mucho más.
Y aquí, ¿qué es lo aparente y qué es lo real? Lo real, por ejemplo, es que el nivel de conflicto entre las "partes" subió la temperatura hasta la fiebre. En el costado islámico, corrientes cada vez más radicales fueron ganando sitio en favor de otras que ya lo eran, pero extremaban sus acciones, sus políticas y sus discursos. Este aspecto fue más sencillo de ver. Es el lado del "enemigo". Si uno contempla las corrientes políticas que se han conocido desde los ayatollahs hasta hoy, veremos que sin ser moderados en su origen, podrían parecerlo frente a las alternativas que hoy existen.
¿Y por aquí, en Occidente, qué pasa? Algo se "naturalizó". Desde el 11 S lo que antes era un fuerte fundamentalismo cristiano que transcurría paralelo al poder, se integró en el poder. El gobierno de George W. Bush asumió para sí ese discurso. Lo convirtió en oficial y llevó a las naciones europeas a secundarle. Variaciones en el tono pero con acuerdos en el fondo. Una política de seguridad en tiempos de terrorismo involucra actitudes que se convierten en programas políticos. Un mundo más paranoico. Un mundo en el que no se puede permanecer impasible. Un mundo en el que se tiene que entender o sobreentender que no hay forma de ser neutral ante una cultura islámica agresiva que amenaza a nuestra civilización occidental. Un mundo no indiferente.
Antes se podía decir que se estaba fuera del conflicto, política y/o moralmente. Hoy se piden adhesiones. Y no ha ido tan mal, ya que en casi diez años se ha naturalizado el discurso y se puede aceptar que hay un enemigo real y que hay que defenderse de ese enemigo. Antes fue el comunismo, ahora es el islamismo. No es esto la simple traslación de un enemigo nominal o ideológico, sino un sistema de pensamiento que permite enfrentar el día a día por exclusión y por inclusión. Se excluye todo aquello que representa el universo islámico, que nos es o debería ser ajeno ya que no contiene nada de lo que nos es familiar. Se incluye, por lo tanto, lo que nos involucra cotidianamente, que tiene formas conocidas, que es parte nuestra por participación o por contigüidad. Si hubiera una fórmula que representara el fenómeno, sería la de un proceso inversamente proporcional. Esto es: cuanto más ajeno, irracional y peligroso nos resulte el mundo del enemigo, más cercano, lógico y seguro nos resultará el nuestro. No porque sintamos nuestro mundo como seguro, sino porque lo único que podría hacer posible y tolerable nuestra existencia estará referido a nuestro sistema de valores. Como esta es una formulación abstracta, se puede llenar de sentido observando la realidad desde cualquiera de las partes en conflicto. Es una ubicación física, cultural y axiológica. Para el terrorista superviviente de Mumbai, hijo de un vendedor de frutos secos, listo para morir en acción, todo cobra un sentido aferrándose a su sistema, su cultura, sus antecedentes, su canon, su pasado, su ambición de futuro imaginado. Para el que se enrola en un ejército como el americano, o es mercenario para Blackwater, las referencias son otras, pero esto es todo lo que tienen y todo lo que tendrán por el momento. Son los emergentes de dos sistemas, dramáticos, parte de redes más complejas de las que de una forma u otra somos parte.
Esta red particular es la que llena de sentido el punto de vista de un pescador subido a un barco de bandera española, pescando en el Índico, como parte concreta, pero a través de él a toda su familia y a los amigos de su familia, y a los medios de comunicación que construyen su adhesión por cercanía, que es uno de los valores periodísticos a tener en cuenta cuando se quiere jerarquizar y emplazar un hecho. En el mundo del pirata que aborda un buque, que quince años atrás vivía de la pesca en sus costas, que no competía con la tecnología ni con la variación del orden mundial, a su familia y vecinos, a su comunidad, a los que como él se les altera la realidad, constituyen otra red. Los medios no están de su lado, está claro, porque violenta los límites y busca descompensarlos. No existe posibilidad de ponerse honestamente en el lado del otro. Hay que adoptar frentes. Y en eso consiste el fanatismo de hoy. En esa imposibilidad de salir de esta lógica de choque de sistemas. Lo que antes podía parecer lejano para muchos de nosotros, actores de esta realidad, se nos impone como cercano. El fenómeno de imposición no es un truco, es un desplazamiento que nos obliga a construir nuestros puntos de vista con escasas o nulas opciones. Vale para cualquiera, venga de donde venga. A mí como parte de esta cultura occidental, de este complejo que por proximidad me toca, necesito dar objetividad y respuesta a algunos de los muchos por qués. No sé si esto alcanza a los demás, pero tendría que empezar por alcanzarme. Saber que esta tensión me lleva en un sentido macro a tener que buscar un sitio práctico desde el cual mirar este conflicto. Saber que esta forma de chocarme con los límites que impone el pensamiento, no se cierra en el sistema macro sino que se complejiza en unidades más pequeñas, abarcadoras, interconectadas. Siempre sería más fácil, en cualquier caso, ir con la corriente de los que están más cerca de uno por pensamiento y afecto. Sobre todo por afecto. Porque eso define. Pero también hay otras alternativas y tienen que poder ser enunciadas, dichas. Hay que tener tiempo para leer y reflexionar, aún y sobre todo con muchos que piensan diferente de uno, pero que se esfuerzan en encontrar un punto de comprensión en su mirada sobre las cosas.
Cuando leí el libro de David Rieff (foto), Una cama por una noche, sobre el rol y el desempeño de las organizaciones humanitarias en los últimos veinte años, con una perspectiva de los últimos cuarenta y hasta sesenta años, entendí que él representaba otro pensamiento, que se refería a otro sistema de causalidad en el cual yo no me identificaba pero me permitió participar de esa comprensión imaginativa que proponía Edward Hallet Carr en su libro ¿Qué es la historia? Si no somos capaces de pensar e imaginar otros mundos, otros escenarios, nos vamos a convertir en borregos a los que siempre se podrá arrastrar, aún cuando pensemos que estamos forjando ideas propias. Al día de hoy este ejercicio, no se produce con frecuencia. Pensamos por paquetes. Paquetes entrelazados de ideas que nos llegan a las manos todos los días. Podemos convertirlos en esas cadenas infinitas en los que una idea se replica hasta el infinito. O podemos encontrar algo original que entre nosotros circula y hacerlo propio, a la vez que honesto y verdadero.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Fábulas

Las llamadas causas justas, que al menos así fueron bautizadas por la prensa internacional, son hijas de los tiempos posteriores a la caída del Muro de Berlín. No son por supuesto ni Cuba, ni Vietnam, ni Nicaragua, ni El Salvador, ni mucho menos Irán. Donde existieron revoluciones o procesos revolucionarios díscolos con el sistema, el título causa justa no cabía. Aún más, se podía simpatizar con esas causas pero no activar por o con ellas sin que esto supusiera una descalificación, como consecuencia del grado de participación que hubiera. No fue sino hasta que EEUU tomó parte interesada y activa en ciertos conflictos, que se los pudo recalificar. Serían causas justas, guerras como las de Bosnia o Kosovo, en la antigua Yugoslavia, siempre relacionadas con la sospecha de una limpieza étnica en curso (que era lo que justificaba la intervención internacional); o en Afganistán, porque se persigue a Bin Laden, pero también es justa porque los talibanes oprimen a las mujeres; o en Irak, no por el petróleo, sino porque había armas de destrucción masiva, pero si no las había, Saddam Hussein era al final de cuentas un dictador y ya la causa se justificaba per se.
No solo la participación estadounidense definió este nuevo marco, sino también la entrada masiva de OONGG y sus cooperantes, como forma de volver más justas y más humanas las intervenciones. Cuando los cooperantes son, contratados o no, voluntarios de causas humanitarias, animados por fines de moralidad insospechable, jóvenes idealistas que en algunos casos ofertan sus cuerpos como intercambio para un bien colectivo y mejor, hay algo de los medios utilizados que se lava y purifica.
Estas formas de presentar realidades complejas, se convierten en la fábula de las buenas intenciones, algo que es difícil de medir y por lo tanto de probar. En estas circunstancias, muchas de las actividades comprendidas en estos arcos, se transmutan en actos de fe. Hay que creer en que los buenos oficios, hacen más potables ciertas acciones que suelen derivar en algunas indeseadas consecuencias.
Hace un tiempo atrás tres senderistas americanos fueron detenidos en Irán por cruzar ilegalmente la frontera, acusados de espionaje, y pasibles por lo tanto de ser merecedores de la pena de muerte.
Yo no creo que estos chicos fueran espías, sería un poco ingenuo como acto. Pero, ¿qué hacían en 2009 tres senderistas paseando un pie si, un pie no entre las fronteras de Irak e Irán? Desde hace tiempo, y después del 11 S, todo lector de periódicos sabe que hay países en los que existen riesgos adicionales. Eso, si se viene de cualquier país. Pero si se viene de EEUU, ¿no se piensa que ese riesgo se aumenta de manera exponencial? Y si además la frontera en la que se proponen escalar y hacer senderismo, es la existente entre un país que invadieron y el otro al que hostigan por su programa nuclear; la misma frontera en la que los dos países tuvieron una guerra, ¿no suena cuanto menos sospechoso? Digo: se puede ser idiota y se puede ser infinitamente idiota, pero en ciertas sintonías tan altas de estupidez ya hay algo que desafina sobremanera. Las hipótesis que se pueden combinar son variadas, pero tres jóvenes inocentes metidos ahí, exactamente ahí, puede no sonar a espionaje pero es difícil que no suene a plan. A plan de alguien, de quien ellos pudieran ser los idiotas útiles.
No estoy en contra del aventurerismo. Es una opción más, como tantas. Creo que hay una ideología, sobre todo en los países ricos que pueden costearse viajes exóticos, de que hay un derecho universal al turismo como si estuviera consagrado en alguna constitución, o en la carta de derechos de las Naciones Unidas. Y si bien esto no está -obviamente- legislado, depende del grado de protección que un país ofrezca a sus ciudadanos en el exterior.
Yo digo que siempre que exista una situación que a primera vista puede parecer rara, pero aceptable, uno tiene que plantearse la inversión de ese mismo caso y ver cómo funcionaría. Si en las montañas de Irak se encontraban tres escaladores iraníes, por ejemplo, ¿qué hubiera pasado? ¿Se los habría tratado con la misma comprensión y cuidado? Y eso en Irak, que es un país invadido. Ni qué decir si estos tres iraníes hubieran hecho una excursión en bote o lancha entre la isla de Cuba y la costa de Florida. Sólo habría que imaginarlo.
Se trata de que nos parezca normal una situación de ese tipo que sería totalmente inaceptable si cambiara el signo. Con lo cual entendemos que el derecho al turismo es tácitamente ilimitado para algunos y no para otros. No hay sorpresa en esto, pero hay que tenerlo en cuenta. Y sobre todo qué función cumplen ciertos turistas y/o activistas humanitarios desplegados en zonas de conflicto. Desde su propia perspectiva, muchísimas e importantes. Desde las administraciones de los países que les promueven, otras mucho más funcionales.
Ahora en el conflicto que se produce en el Sahara, entre el Frente Polisario y el gobierno de Marruecos, pasan cosas parecidas. El choque existe y lo sufren sobre todo los saharianos. Toda situación de represión entre un gobierno y una fuerza irregular es desproporcionada y puede alcanzar cotas más o menos dramáticas, pero es lo que existe de manera concreta. Lo otro es la percepción del conflicto, o su utilización en un marco mayor de tensión entre naciones. En este caso España y Marruecos.
El Sahara Occidental estaba ocupado por España hasta la caída del franquismo, cuando la llamada Marcha Verde impulsada por el gobierno marroquí incorporó ese territorio y situó a la población que allí existía en condición de opresión. Desde entonces hasta aquí, España en sucesivos gobiernos, de forma más oficial o no, hizo causa de esta situación y de los reclamos de independencia de los saharianos. ¿No es curioso? ¿No es curioso que las administraciones de un país que tuvo el territorio como colonia hasta hace 35 años troque su política de golpe defendiendo los derechos de autodeterminación de un pueblo en particular?
Las acciones de geopolítica española no son azarosas. Esto es, buenas aquí, regulares allí, malas allá, sino que tienen una coherencia. Sobre todo donde tienen intereses y fichas puestas.
Por omisión podemos decir que esta actitud democrática hacia los derechos de los habitantes del Sahara Occidental no ocurre, por ejemplo, en Venezuela, donde un gobierno elegido por el voto popular puede ser hostigado por su signo político.
Sin ir más lejos, el apoyo del gobierno español al golpe que se intentó dar a Chávez en el año 2002. Allí no estaba el gobierno de Zapatero, sino el de Aznar, pero a fecha de hoy en política internacional, más allá del signo político de quien gobierne, la agenda es compartida y las diferencias son de maquillaje. Si alguien tiene dudas o mala memoria, que recurra a la hemeroteca que quiera y que revise los periódicos (los físicos, no lo que se archiva de manera digital) de aquellos días. Que vean cómo El País celebraba a su manera y por anticipado la posible caída del régimen chavista. Que se vea la actitud que se tiene con los gobiernos de Bolivia, Ecuador o Argentina, a los que se critica y las razones por las cuales se lo hace.
El gobierno español y los periódicos más representativos de las fracciones políticas que sostienen cualquiera de sus posibles administraciones, tienen una escala precisa para medir dónde se interviene, de qué manera, qué opciones se priorizan y cuáles se opacan. El Sahara Occidental como moneda de presión e intercambio entre España y Marruecos está privilegiada por
geopolítica y geoestrategia. Participa de cierta área vital de acción política. Por eso promueven dentro de la sociedad una adhesión a la causa independentista del Polisario y en la zona misma bombean euros para las OONGG que simpatizan con la causa. El planteo es democrático, correcto y coherente, pero por lo visto es más urgente que otras situaciones porque al gobierno español le interesa que esa batalla en particular la pierda Marruecos. No es ni bueno ni malo para el orden del universo en general que Marruecos se quede sin el Sahara, pero para España es importante que ese territorio que ellos ocuparon hasta 1975 no quede en manos de otra nación. Digamos que es aceptable quedarse sin colonias y territorios de ultramar, siempre y cuando no se los quede un vecino con el que se tiene una larga lista de disputas.
Para muchos simplificar esta situación de doble moral se justificaría entendiendo que se puede tomar lo bueno de este accionar del gobierno ya que al promover la independencia del Sahara Occidental, algo bueno hay. Pero la problemática es la misma que plantean otras intervenciones humanitarias en otros países. Aguantarse algunas malas consecuencias a cambio de algunas buenas iniciativas.
Pero no es lo único problemático. El rol de los medios españoles en una batalla que trasciende lo episódico de una represión del gobierno a los saharianos, convierte a España, inequívocamente, en parte del conflicto. Volvamos a invertir los signos de las posibilidades: los medios españoles indican que ante la imposibilidad de poder asistir al lugar donde se producen los conflictos, se han visto compelidos a aceptar fotografías de "aficionados", gente del lugar, que pasaron imágenes de la represión israelí en Gaza como si hubieran ocurrido en El Aaiún. Puede haber una cuota de falta de profesionalismo y descuido en el caso, pero también hay intención. Intención de juego y trampa.
Si hay fotos auténticas de represiones indiscriminadas, que se publiquen. Si hay testimonios confrontados, que tengan eco. Pero que no se juegue con la baza sentimental o las simpatías y antipatías como carta de acción porque propalar mentiras, aún por el mejor fin, no ayuda.
La situación de la represión en el Sahara, por tanto, se amplifica por la mirada, por el hecho de vetar la presencia de los periodistas españoles y por la existencia de activistas de OONGG españolas en la zona. Esto es un punto de vista legítimamente interesado por una situación considerada normal. Lo normal es (o sería) que activistas españoles participen en zonas del Sahara Occidental, aplicando políticas de asistencia a un sector que efectivamente está en conflicto con el gobierno marroquí.
Pregunto yo: ¿qué pasaría si, de existir, hubiera OONGG marroquíes interviniendo en territorio español para dar apoyo a las familias de presos de ETA? ¿qué pasaría si hubieran periodistas marroquíes destacados en territorio español para investigar y hacer artículos sobre la situación de estos presos, grupo político en conflicto perenne con el gobierno español, con todas y cada una de sus administraciones? ¿Cómo se lo percibiría?
Entendiendo, claro, que las situaciones políticas no son paralelas en su intensidad (la analogía no sería posible), esto no evitaría pensar cuán ríspidas se podrían poner las cosas con los medios o el gobierno marroquí (si financiara unas OONGG así). Sin ir más lejos, como la persecución criminal de los miembros de ETA en el mundo es causa de estado en España, ¿no hay ejemplos de cómo se lee y descalifica al gobierno de Chávez por tener un asesor que tiene conexiones con ETA?
Yo comparto las ambiciones independentistas de un pueblo, nacionalidad o etnia que quieran expresar su deseo de vivir una existencia autónoma. Entiendo que algunos tienen más o menos suerte en sus reclamos y que históricamente las acciones por la independencia de cualquier territorio no han sido trámites de ventanilla. En todos los casos hay tensión, represión y muertes. Los gobiernos involucrados pueden acudir a políticas criminales para impedir que esas independencias se concreten. Les pasa a los palestinos, les puede pasar a los kurdos, a Cachemira, a los tibetanos y así. Pero concordemos que no hablamos de causas simples. Concordemos que la participación de algunos sectores son mucho más interesadas que las de otros. Concordemos que la desproporción en las atenciones afectan más a unos que a otros, ya que en lo concreto, parece que es más causa para el gobierno español la independencia del Sahara Occidental que el respeto y la defensa democrática de gobiernos latinoamericanos con los que no comparten agenda o signo. Si una política está construida alrededor de principios, estos principios deberían ser antepuestos a las conveniencias territoriales. Y hoy lo que propone España con respecto al Sahara Occidental está más alimentado por sus necesidades geopolíticas, de tensión y enfrentamientos con Marruecos, que por auténticas preocupaciones democráticas. Y si realmente esta es la preocupación del gobierno español, se puede proponer un muy interesante listado de lugares en los que la acción de un gobierno europeo sería más que apreciado. El altruismo es una palabra demasiado importante para blandirla con superficialidad. Se corre el riesgo de ser banal, vacuo y pretencioso. Declamar la democracia no es lo mismo que practicarla. Y practicarla es un camino de varias vías. No es algo que se le pide sólo a los enemigos, sino también a los amigos. Y aceptar que lo que le puede pasar a los demás también me puede ocurrir a mí, dentro de mi propio patio. Porque la información también recorre varias vías y no es solo la que yo requiero sino la que otros pueden sacar desde mi propio sitio.
Con estas nuevas teorías de seguridad mundial, mientras algunas naciones gocen de más prerrogativas que otras para moverse por la Tierra y tengan más derechos creados, no vamos a avanzar hacia ningún lado. Por el contrario, podemos quedarnos mucho más estancados de lo que creemos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Espiral

No quiero darme por sorprendido. Esto ya ha ocurrido antes y tantas veces.
No me gusta tampoco el ánimo agorero de que ciertas señales preanuncian un porvenir más oscuro del que hoy tenemos.
El miércoles 20 de octubre un militante de 23 años del Partido Obrero, Mariano Ferreyra, murió víctima de un balazo en el pecho que disparó el miembro de una patota de militantes de la Unión Ferroviaria, en medio de una pelea que se produjo cuando quisieron impedir que trabajadores despedidos cortaran las vías.
No se sabe todavía quién fue el autor del disparo, pero sí que la bala no estaba perdida ni en su punto de partida ni en su lugar de llegada. Hace muchos años que sectores del sindicalismo son armados por sus propios jefes en defensa de unos privilegios amasados durante décadas. Y se sabe que cada tanto sacan a relucir las armas para reventar a todo el que se presente como obstáculo en sus negocios. Sectores regresivos cuya función cotidiana es impedir las luchas de los trabajadores que representan por medios políticos y sindicales, pero que de tanto en tanto los convierten también en conatos de guerras.
El artículo de opinión que escribió Mario Wainfeld en Página 12 es muy encendido y muy acertado en lo que plantea. Hay que investigar, pero este crimen no tiene un ejecutor aislado. Tiene ejecutores políticos y eso va mucho más lejos que el dedo que apretó el gatillo.
A pesar de todos los cambios, Argentina sigue siendo un país sometido a vaivenes y su condición siempre es frágil. Política y económicamente frágil. El advenimiento del kirchnerismo, como una resultante de la gran crisis política de 2001, ha abierto un cauce de tareas políticas que superan cualquier voluntad tácita o expresa de la administración de llevar a cabo unas medidas u otras.
Desde el punto de vista del estado es una revuelta política que el grupo K absorbe. Esto se vio reflejado en ciertas medidas de tipo democráticas que tocaron los derechos humanos, sobre todo, y algunos civiles.
Un episodio como el de ayer impone a todas las partes que tengan un pronunciamiento y que tomen acciones serias. El Gobierno repudió el episodio y dijo que iba a investigar. No debería ser menos. Toca entonces, por parte del gobierno determinar quién fue el criminal, quién o quiénes lo apañaron y ver que todos reciban penalmente un castigo tal y como el estado de derecho debe de aplicar. Pero como hablamos de un crimen político, sabemos también que la cadena de responsabilidades se va a cortar en el mejor lugar posible como para que sufran más los enemigos y menos los amigos. En un crimen político la red de complicidad crece en espiral y embarra a todo el que estaba en el camino.
Como en los años 70, cuando desde el Ministerio de Bienestar Social una banda compuesta por funcionarios y miembros de sindicatos dieron soporte y cuerpo a lo que fue la Triple A; hoy, salvando las distancias, muchos de esos sindicatos siguieron conservando ese modus operandi mafioso que también estuvo presente en años anteriores y que ya radiografió en su momento Rodolfo Walsh en su ¿Quién mató a Rosendo?.
Está claro que políticamente correspondía pedir que se desarmaran y desarticularan esas bandas en los años 70 y en 2010, también. Pero desarticular esas bandas no es una tarea de armas, sino política y de organización. Separar de los sindicatos para siempre, para cualquier tipo de actividad a estos grupos que utilizan su poder de fuego no para defender a los trabajadores sino para atacarlos, con una saña que sólo la fuerza policial o parapolicial puede desempeñar.
Tiene que haber un cambio político importante en la dirección del movimiento obrero. Así como el desempeño de una generación de políticos enquistados en el poder desembocó en la crisis de 2001 y llevó a que la gente reclamara un cambio democrático en serio en las instituciones, ahora le toca al movimiento obrero. Esto no se puede hacer de arriba para abajo. De la misma forma que la revuelta política afectó al estado, estas acciones tienen que determinar un cambio en las estructuras de poder sindical.
No sé si, como dice Mario Wainfeld, este asesinato puede abrir un antes y un después como sucedió con el servicio militar obligatorio luego de la muerte del soldado Carrasco, pero sí tendría que mover la indignación del movimiento obrero, de los trabajadores organizados contra la complicidad de sus dirigentes de crímenes como estos. Los tiempos de esos dirigentes de sindicatos que guerreaban contra los zurdos a sangre y fuego, tienen que agotarse. Algo tiene que cambiar y tiene que cambiar ya.
No coincido con Wainfeld en la alternativa de descentralización del poder sindical porque eso provoca que los trabajadores multipliquen su existencia en ghettos políticos y la división, perjudica. Tiene que haber un proceso de unificación y democratización de las centrales sindicales, no de multiplicación de caudillos.
También es cierto que las distintas direcciones sindicales representan a sectores bien diferenciados. Unos los establecidos, que han transformado el hecho de poseer un trabajo en condiciones en un privilegio, y los de los trabajadores precarios para los cuales en cualquier momento la alternativa de quedarse en la calle y sin nada es una realidad. Para los trabajadores afincados en sus puestos por años y años, el empleado temporal e inestable es el terror. Es la imagen de un futuro indeseado y en algún sentido esos militantes que salen con armas en la mano para correr a los despedidos, también representan ese terror. Lo que hay que tener en cuenta es que una guerra civil entre trabajadores sólo favorece a las empresas y las multinacionales. No al laburante.
Creo que es un momento de revuelta y de ver que todos los reclamos de justicia y democracia no sean sólo para algunos sectores sino para todos. Hoy le toca democratizarse a los sindicatos y hacerlo de verdad. Eso es lo que tiene que ocurrir a partir de este crimen. Encontrarse a los culpables, castigarlos como se merecen, pero también acabar con un sistema en el cual puedan anidar más manos armadas por las direcciones de los sindicatos, con el solo fin de perpetuarse en el poder. Eso se tiene que acabar de una vez y para siempre.

martes, 12 de octubre de 2010

Proyectos

Leo en La Nación de hoy una cita del artista plástico Carlos Nine que estaba preparando unos murales para el Subte conmemorativos del bicentenario: "Doscientos años es una buena cantidad de tiempo. Dejamos de ser un país joven, como suelen repetir algunos, hace rato. Somos país y tenemos patria, pero sigue pendiente el proyecto de nación. Porque una cosa es una canción y otra muy diferente hacer una sinfonía. Esa es la gran tarea".
Me parece curiosa la afirmación de que sigue pendiente el proyecto de nación. Creo que Argentina de distintas formas a lo largo de su historia ha ido definiendo un proyecto de nación y que también es cierto el hecho de que doscientos años es una buena cantidad de tiempo para pensar en ello. El hecho de que uno no concuerde con el modelo imperante, o con el que históricamente ha devenido a través del tiempo, no convierte a la idea de nación en una inexistencia. El modelo argentino ha sido funcional con un mercado internacional desde sus albores, y su proyecto de independencia de las metrópolis siempre ha estado mediado por esa funcionalidad.
Cuando de tanto en tanto se producen esas escenas de desgarro de vestiduras ante una Argentina sumida en el estancamiento, no se hace más que dar testimonio de una consecuencia y por supuesto de opciones históricas. Esas opciones son las que ataron el desarrollo del país a las agendas de un mercado externo y las sucesivas administraciones políticas que existieron dieron cuenta de estas formas de dependencia. No está claro que aún cuando se hubieran tomado estas opciones la realidad del presente hubiera sido distinta. El panorama internacional ha sido siempre y aún es mucho más complejo que una voluntad nacional.
Pero supongamos que esa tarea hubiera podido ser resuelta. Que en las sucesivas guerras civiles que consumieron al país durante décadas y que luego cobraron otras formas más embozadas se hubieran decantado por un proyecto de desarrollo industrial independiente. ¿Qué fracción de todas las que lucharon en sus tiempos tenía que haber triunfado? Que yo sepa nunca existió una guerra civil como la norteamericana en la que dos proyectos productivos se enfrentaran de manera tan categórica. Sí había un proyecto de organización no centralista, federal, que es anterior a los conflictos de tipo productivo. Fuera quien fuera el triunfador de esa disputa, lo que estaba y estuvo siempre en juego fue el control de la cada vez más rica zona portuaria.
El otro momento clave que pudo haber determinado un cambio importante en el mapa de nación estuvo luego de la Guerra del Desierto. Allí el reparto de tierras para los triunfadores no culminó en forma progresiva, sino en una acumulación especulativa y regresiva.
Argentina entera fue cristalizando hacia un modelo siempre pendiente, siempre dependiente de lo que se requería fuera, y supuestamente el peronismo habría venido en su momento a revertir ese modelo. ¿Fue así?
Nunca. La resistencia del peronismo al capital extranjero y a las modificaciones impuestas y esperadas por el capital extranjero para la Argentina, jamás tuvo visos de proyecto. Fue una actitud siempre defensiva y de tranco corto. Esa situación inesperada pudo haber generado una nueva oportunidad de cambio ya que la historia posicionó al régimen en un choque con el imperialismo. Las fuerzas dentro del país, para ser reencauzadas, hubieran necesitado allí sí de una guerra civil que hubiera redibujado todo un mapa político. Pero ¿quién estaba dispuesto a realizar esa tarea que por supuesto implicaba un sacrificio? Perón, lo dejó clarísimo, no. Y otras fuerzas organizadas alrededor del movimiento obrero que pudieron haber roto lanzas con él, tampoco lo hicieron. No es posible pensar en políticas e intenciones imaginarias de una Argentina que pudo haber sido en ciertos momentos de su historia pero no lo fue. Esos duelos, que no se eligen, se debaten en un justo tiempo y no en cualquier tiempo. Pensar que un proyecto de nación sobre la nación que hoy existe es posible es una utopía de cabo a rabo. En 1810 ó 1816 hasta casi finales del siglo XIX, cuando los medios de comunicación eran lentos y las metrópolis distantes, se podía imaginar de manera práctica un modelo independiente. En 2010 a diez o doce horas de avión de los centros de poder mundial y a segundos de Internet de todos ellos, el concepto de Nación está más comprometido que nunca.
Utópico es pensar que vivamos en un mundo de determinaciones y buenas voluntades, porque esto no es real. Que Argentina viva hoy un tiempo en el cual la crisis de las metrópolis le afecte menos que en otros momentos y que pueda acumular y distribuir más, se debe a la mezcla de una situación excepcional en la historia y de un desarrollo político favorable de las otras naciones latinoamericanas. Pero cualquiera sabe que las crisis que hoy asolan a los más ricos terminarán siendo pagadas por las naciones más pobres. Es cuestión de tiempo. Años, meses, días, horas. Y cuando eso ocurra Argentina no será una nación más completa que antes. Seguirá siendo la misma nación que conocemos y cuando los conflictos con EEUU o Europa se renueven, ellos empezarán a buscar interlocutores más permeables a sus políticas.
No es novedoso para nada. Ya le pasó a Perón en su momento, o a un Illia cuando le dieron el golpe por lo de las patentes, o le pasa hoy a un Chávez y desde hace más de cincuenta años a un Castro. O lo que pasó en Nicaragua y El Salvador en los 80. O la suerte de Irak o Irán. Quien piense que las voluntades de naciones libres e independientes giran sobre el aire, vive efectivamente del aire.
Argentina tiene hace mucho tiempo un proyecto de nación y sigue siendo tremendamente respetuosa de participar en ese pacto mundial. Que las circunstancias históricas también hayan determinado que después de la II Guerra Mundial, cuando todo el panorama internacional encontró y cerró filas con un nuevo norte, coloquen siempre a nuestro país en un punto díscolo, tiene un motivo. Entiendo lo que subyace bajo lo que dice Nine. Entiendo que él no debe ser ingenuo al respecto del tema, en su fuero interno, en la charla íntima con sus propios propósitos e ideas. Pero no es realista. Niega la realidad. Niega que Argentina tiene un proyecto de Nación labrado durante doscientos años y que cambiar la polaridad y el sentido de ese proyecto de Nación no va a ser alegre. Que hoy más que nunca cualquier país con intenciones reales de rebelión frente al sistema está a un tiro de cañón de los más poderosos. Ya lo vivimos con Malvinas. Y con esto no digo que la persistencia reivindicativa sea algo inconveniente. Todo lo contrario. Digo que seguir manteniendo ese pensamiento de isla Argentina en el que hemos vivido durante mucho tiempo no nos va a ayudar a salir del atolladero. Tendremos mejores y peores momentos, pero siempre estaremos sumidos en las añoranzas de lo que no podrá ser. Y no está para nada claro que hoy más que antes haya fuerzas políticas y sociales que vayan a poner la historia en movimiento. La utopía peronista del cambio nacional y moral, con la patria justa, libre y soberana, es hoy más grande que nunca. Que el reverdecer de la mística en la que el kirchnerismo sume a mucha gente no hace que esto sea más verdad que antes. Sólo recoloca la ilusión en otro estante más alto, menos polvoriento, pero no resuelve los conflictos que vendrán. Y la historia nos enseña que vendrán y volverán en formas más graves. Eso es el futuro. Un vaivén en el que nuevamente el cielo se volverá negro y más negro si alentamos fantasías de que vamos en un barco propio y con reglas que nos diferencian de los demás. Como un arca, pero mal entendida. Yo no soy pesimista. Pero sé muy bien dónde la realidad y la historia se está acumulando para volver a mordernos los dedos de las manos. Y puede ser que en un próximo episodio perdamos más que los dedos.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Panfletos y herejías (1)

¿Qué es la historia? ¿Qué es la antropología? ¿Qué son y qué pueden hacer las dos combinadas, interpenetradas?
No soy un licenciado en historia ni un licenciado en antropología. Soy un periodista de formación universitaria para el cual las ciencias histórica y antropológica son una pasión. No concibo mi forma de pensar la realidad sin el auxilio de estas disciplinas. No es una excusa, porque trabajar científicamente podría ser una meta a alcanzar y así legitimaría cualquier aserto que fuera a lanzar para participar en cualquier debate. Tuve en mi paso como estudiante universitario algunas sensaciones viscerales contraria a los claustros que no racionalicé entonces y quiero no racionalizar ahora. Como la ciencia en el terreno del humanismo es un coto del mundo académico y de grupos e individuos extractados del mundo académico para ser volcado en extensiones del mismo, me atrevo a sentirme hereje en la práctica y panfletario en cuanto a lo político. Me he llevado lo que pude robar de lo científico al garage, para llevar a cabo un diálogo que no tiene finalidad determinada alguna.
Me encantaría decir que sigo de verdad los trazos de una escuela, pero no es así. Me defino marxista en el punto de vista o en cierta idea abstracta que me permite ubicarme ideológicamente en el mundo, pero sé que en un sentido estricto tomo retazos de otros pensamientos y otras inquietudes.
Abro el post con esta introducción ya que ahora me encuentro leyendo el libro "Comparar lo incomparable" de un antropólogo que me parece muy interesante y que se llama Marcel Detienne. Ya leí otros libros de él más abocado a la cultura griega antigua y tiene un punto de vista que para mí ya vale cualquier lectura. La hipótesis que más recorre sus libros (primera herejía que emito por intentar ser sintético) es que los griegos no se parecen en nada a esa idea de cuna de la civilización occidental inmaculada y sacralizada de la que hemos venido bebiendo durante milenios, sino un grupo cultural marcado por ciertos rasgos salvajes y entregados a una pasión desenfrenada. Esto no ha hecho menos valorable su aportación al mundo, pero se le quita una cierta pátina de idealismo que los estudiosos le han ido construyendo hasta el presente.
Con esto simplemente señalo que Detienne opta por una aproximación a los griegos desde un lugar no ortodoxo y que en sus libros tarde o temprano arribamos al núcleo de sus tesis que expresan más o menos esto. Expresar más o menos esto no es un capricho. Tiene consecuencias históricas y políticas que tienen que ser leídas más allá del contexto.
Primera tesis bruta: hay que salirse del contexto.
Confinar un estudio al mero contexto ya es una actitud política que propone cerrar el modelo, un modelo, de manera que el sistema observado funcione dentro de un marco y se salve de ser derruido si le toca participar en otros.
En el mundo más interconectado que ha conocido el hombre en su paso por la Tierra, todo lo que se extracte de un sistema para conseguir que un modelo particular funcione nos coloca en una prerrogativa tanto política como ideológica muy grande. Y toda elección tiene consecuencias.
Porque la vida de uno mismo también está interpenetrada, durante el último mes y medio he tenido la oportunidad de asomarme a tres libros del periodista y escritor David Rieff cuya referencia anecdótica, no menor, es la de haber sido hijo de Susan Sontag. Trabajó como corresponsal de guerra en los conflictos de los últimos quince años como Bosnia, Ruanda, Kosovo, Afganistán y en todos estuvo muy atento al desempeño de las organizaciones humanitarias. Es difícil sintetizar su mirada. Luego de leer dos libros suyos: Una cama por una noche y Matadero, puedo aproximar lo siguiente: siendo un observador activo, en todos los casos, no sólo propuso una mirada sino también un cierto programa político para enfrentar estos conflictos. Él entiende que las potencias no pueden tener una actuación de simple árbitro en estos casos sino que si quieren que determinadas tragedias en curso no devengan en genocidios, tienen que intervenir militarmente.
Y me parece que es difícil de encorsetar su forma de mirar porque si uno quiere, digamos, juzgarla lo más cerca que podríamos llegar es a la idea del intelectual occidental, de corte americano liberal, neoyorquino, desigualmente consciente de su lugar privilegiado como observador en el mundo, que le da poderes y potestades de aprobar o condenar. Voy a ir un poco más allá: la intelectualidad liberal occidental, a diferencia de su rol en los sesenta y setenta en los que consideraba una virtud y un deber el mantener una distancia ideológica con el desempeño geopolítico de sus naciones y los gobiernos de sus naciones, a partir de los noventa, exactamente luego de la caída del Muro de Berlín, entiende que tiene que involucrarse con la agenda política de sus estados. Involucrarse no implica una aprobación sino una participación crítica. El concepto de participación crítica, lo que sí implica es que las potencias y sus intelectuales debaten en la misma arena.
Es cierto que los estados cambiaron mucho durante esos años y desde que culminó la persecución de las fracciones radicales de pensamiento, sobre todo en Europa Occidental, intelectuales y militantes fueron amnistiados de facto. Esto permitió que muchos se pudieran reciclar y gozar de las prebendas rentadas que Europa puede destinar para el universo político cultural. No ocurrió de la noche a la mañana. No empezó a suceder con el primer ladrillo que se cayó del Muro. Pero en pocos años naciones como Francia, Gran Bretaña, Alemania, Italia y en otra medida EEUU consiguieron integrar a muchos de los mejores pensadores y activistas a una red pública. Esto implica empleos universitarios importantes, becas y subvenciones, participación en OONGG y hasta la inclusión en puestos clave de los estados. Esos hombres y mujeres que trasegaron de una orilla a otra comenzaron en términos estrictos a ganar dinero y hacer carrera.
Este nuevo sistema, vaciado de carcamales, estableció un nuevo diálogo con generaciones que ya en sus cuarentas y cincuentas buscaban otras formas de participación dentro de sus democracias a las cuales ya no intentaban derribar. Una opinión pública con la cual hicieron las paces o se reencontraron gracias al avance de la informática y las comunicaciones. Esta nueva intelectualidad nacía abrigada por una revolución tecnológica que le permitía salir de la Edad casi de Piedra en la que los contactos eran por volantes impresos en mimeógrafos, donde los periódicos tenían circulaciones limitadas y las radios podían ser poco más que piratas. De un momento al otro se encuentran con un micrófono y una cámara conectados a una red mundial que en instantes los ponía en el centro del debate y en el ojo de la tormenta. Tienen en un sentido muy amplio lo que todo el mundo desearía y es un "auténtico" auditorio, legitimado por su cantidad y su influencia. Claro está que el privilegio de la comunicación masiva e instantánea no es un regalo. Hay primero que compatibilizar una cierta agenda común que permita saber que el diálogo se produce entre iguales y nadie tiene los pies fuera del plato.
Por esta razón la idea de la participación crítica es tan importante que en principio pudo ser una táctica de integración para esta intelectualidad para luego convertirse en un mecanismo funcional. También es cierto que en los veinte años que estas transformaciones se vienen aplicando, ya los intelectuales no son invitados sino una parte legítimamente acoplada al sistema. Miremos si no la composición de los principales organismos internacionales, los que participan de los gobiernos y de las instancias supragubernamentales como la Unión Europea, las Naciones Unidas y así. Hay mucho sitio para que este matrimonio ocurra.
Recorrí este trecho para volver a David Rieff que es parte de esta generación, tanto por derecho propio como por derecho hereditario que es el lugar de intelectual de conciencia crítica americana que ocupó su madre, Susan Sontag, durante más de cuarenta años. Y remarco lo de derecho propio porque al leerlo se ve que puede ser hijo de, pero también tiene prerrogativas propias que no todos los hijos de prestigiosos intelectuales alcanzan.
Él es digno representante de una forma de participar. Vamos a cometer otra herejía: esta forma de participar es muy similar a la de los ciudadanos de Grecia y Roma, que tenían una democracia corporativa en la que los debates se ceñía a su status y no a un derecho abstracto y general de libre expresión. No descubro nada diciendo que esto no es radicalmente distinto hoy que hace dos mil quinientos años, pero sí lo remarco porque se nos intenta hacer pensar que todos somos parte de una democracia amplia e irrestricta, protegida por constituciones de corte liberal y en los hechos sabemos que esto no ocurre.
Cuando David Rieff opina y habla lo hace desde ese lugar de ciudadano americano, que es un status superior al de cualquier otra nación del planeta; desde la intelectualidad neoyorquina, que le eleva uno o dos escalones más; desde tener el respaldo del New York Times que es como un pase a cierto Olimpo periodístico. Hablamos de alguien con influencia legítima y legitimada por su propio entorno. Entonces cuando él dice y pide que su país, junto con otras potencias intervengan militarmente en los conflictos en que podría haber un riesgo de crisis o tragedias humanas, aplica su voz de ciudadano en un recinto público y electrónico, a todos los efectos informal, en donde él representa una fracción y se adhiere a una agenda geopolítica.
¿Es plenamente consciente de esto? Sí y no. Creo que lo es porque es una persona lo suficientemente informada y no inocente como para saber en qué campos está jugando. Pero por el otro lado no tiene plena conciencia del entramado que se despliega desde su administración como de otros países que intervienen en el mundo. Él cree en cierta forma de imperativo moral que rige o debería regir en las naciones luego de la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo luego de Auschwitz.
Su pensamiento, es obvio, no gira en el vacío. Una legión de intelectuales de Europa Occidental cree exactamente lo mismo y no reparan en las consecuencias de esta forma de entender la realidad.
Cuando hace unos treinta y cinco años, más o menos, se podía personificar los problemas del mundo en que estos estuvieran en manos de una vieja guardia, como un Kissinger por ejemplo. Hoy parecería que se abordara una nueva ingenuidad donde los gobiernos ya no están infectados de malas intenciones, y éstas sólo quedaran en manos de grandes y crueles corporaciones. Pero a todos los efectos el mundo sería más bueno que antes y aunque las desgracias y las tragedias se multipliquen exponencialmente, la existencia de un Obama, y las misiones de paz y humanitarias que se derraman sobre la Tierra sólo hacen pensar que hay un idealismo en curso, un idealismo razonable y que sólo hay que darle tiempo, paciencia y esfuerzo para que llegue a funcionar.
Está claro que esto tampoco llegó con Obama. Empezó con Clinton y a pesar de la presencia de un George W. Bush, el cambio operado en el sistema mundial es tan grande que supera la posibilidad de que una mentalidad retrógrada se haga con el gobierno. Lo que está sucediendo es mayor que este "accidente".
Creo que cuando el tour africano de Bono y el Secretario del Tesoro estadounidense tuvo lugar, se llegó al punto más alto de esta mentalidad. Que un juglar global lleve de gira al hombre que controla el capital del mundo para mostrarle que existe otra gente y que esta gente vive en condiciones terribles que serían fácilmente mejorables, representa un poco el cuento de hadas que se nos quiere contar. Claro está que ni Bono ni Paul O'Neill son niños de pecho, pero actúan públicamente como si de una fábula se tratara.
Por fortuna, David Rieff, aún siendo parte activa de este estado de cosas y aún teniendo posturas favorables a la participación de su país en acciones militares altamente debatibles, introduce para mí algo que es interesante. Empieza a operar críticamente con respecto a esta nueva visión del mundo que se ha ido creando en la que todo son buenas intenciones aplicadas por organizaciones humanitarias respaldadas por los estados. Él ve desde dentro que hay algo de ese tinglado que se parece a un castillo de naipes, que carece de asidero y que puede estar afectado moralmente.
La palabra moral que es tan recurrida en estos casos no es una palabra al azar. Es clave. Por su urgencia e imperativo se mueven piezas políticas y militares que están intentando y en efecto cambiando el rostro del mundo que conocemos y por ende del que vendrá.
La mirada crítica de Rieff es ante todo lúcida, y su lucidez reside en que quiebra el monolitismo de esta nueva corporación de ideas mundial en la que el debate, cualquier debate, se anula o se aborta porque está plagado por buenas intenciones. No importa cuántas y diversas voces estén activas en este debate. Lo que es cierto es que ninguna de esas voces duda de que el desempeño de las organizaciones humanitarias como punta de lanza de una corporación de naciones occidentales interesadas en transformar el mundo pueda ser nocivo. Todo lo contrario. Se retroalimentan en un espíritu de cruzada donde las diferencias políticas son a lo sumo de intensidad o de táctica, pero no de modelo. El modelo humanitariamente agresivo está diseñado para intervenir en un sector del mundo en el que el estado se ha retirado y como consecuencia de esa retirada se reformaliza la presencia extranjera con ecos coloniales. Está claro que no son coloniales a la antigua ni a la neocolonial como se estilaba criticar en los setenta. Son formas en las que el entramado occidental penetra modificando todo tipo de relaciones y donde el concepto de soberanía se objeta no sólo como un recurso obsoleto, sino como un obstáculo real por el que las administraciones locales de estados más o menos fuertes, más o menos corruptos o más o menos débiles, no permiten que el ser humano como especie teóricamente en peligro pueda ser asistido.
Las formas de acción que cobran y rediseñan las potencias europeas y EEUU, están profundamente activas en estos años. Mucho más activas que lo que pudieron hacerlo en el mundo antes de la caída del Muro de Berlín. Pero esas acciones también implican más cosas. Implican un rediseño del mundo y en consecuencia de las relaciones entre países. Implican la posibilidad de la desaparición de países que en los ochenta podría ser teórica pero luego de los noventa ya es fáctica. Y por supuesto suponen un cambio en el pensamiento.
Esto es lo que quiero abordar y entender. No sólo que el mundo cambia y por ende el pensamiento. Sino también explorar que en las raíces de este pensamiento de qué es historia y qué es antropología que asiste a los intelectuales de corte occidental, hay algo que los hace más políticos que científicos. Más activos que asépticos. Quiero pensar como Detienne con los griegos que hemos venido otorgando guantes de seda a la ciencia histórica y antropológica como si en ese toque estuviera concentrado todo. Como si la objetividad fuera un elemento dado per se. Creo que sin perder todo lo ganado en disciplina científica, es hora de arremeter contra las raíces.
Detienne dice en Comparar lo incomparable que cuando la historia se preguntó: "¿Qué es la religión?", conmovió estructuras de poder, y sobre todo al Vaticano que es la estructura de poder con vocación de conquista universal más grande que existe. Esto claro que ocurrió hace mucho tiempo.
Pero ahora, creo que corresponde preguntarse también, como al principio: ¿Qué es la historia? ¿Qué es la antropología? ¿Hasta qué punto elementos que constituyen su método científico y de abordar la realidad no están viciados por un origen en el que entender el mundo era parte integrada de conseguir dominarlo? O ¿cuál es su capacidad de servir además como un instrumento para doblegar voluntades y puntos de vista?
En el mundo en que vivimos la ciencia aplicada a cualquier campo nunca es inofensiva. Eso puede residir en la forma de aplicar esa ciencia o porque también hay ciertos procedimientos inherentes a cómo construir hipótesis y cursos de acción que la convierten en una forma de hegemonizar el pensamiento.
Es una pregunta que me hago a sabiendas de su carácter panfletario y hereje: ¿hasta dónde podemos llegar para saber qué es lo que anida debajo? ¿Seríamos capaces de excavar tan hondo?