¿Qué es la historia? ¿Qué es la antropología? ¿Qué son y qué pueden hacer las dos combinadas, interpenetradas?
No soy un licenciado en historia ni un licenciado en antropología. Soy un periodista de formación universitaria para el cual las ciencias histórica y antropológica son una pasión. No concibo mi forma de pensar la realidad sin el auxilio de estas disciplinas. No es una excusa, porque trabajar científicamente podría ser una meta a alcanzar y así legitimaría cualquier aserto que fuera a lanzar para participar en cualquier debate. Tuve en mi paso como estudiante universitario algunas sensaciones viscerales contraria a los claustros que no racionalicé entonces y quiero no racionalizar ahora. Como la ciencia en el terreno del humanismo es un coto del mundo académico y de grupos e individuos extractados del mundo académico para ser volcado en extensiones del mismo, me atrevo a sentirme hereje en la práctica y panfletario en cuanto a lo político. Me he llevado lo que pude robar de lo científico al garage, para llevar a cabo un diálogo que no tiene finalidad determinada alguna.
Me encantaría decir que sigo de verdad los trazos de una escuela, pero no es así. Me defino marxista en el punto de vista o en cierta idea abstracta que me permite ubicarme ideológicamente en el mundo, pero sé que en un sentido estricto tomo retazos de otros pensamientos y otras inquietudes.
Abro el post con esta introducción ya que ahora me encuentro leyendo el libro "Comparar lo incomparable" de un antropólogo que me parece muy interesante y que se llama Marcel Detienne. Ya leí otros libros de él más abocado a la cultura griega antigua y tiene un punto de vista que para mí ya vale cualquier lectura. La hipótesis que más recorre sus libros (primera herejía que emito por intentar ser sintético) es que los griegos no se parecen en nada a esa idea de cuna de la civilización occidental inmaculada y sacralizada de la que hemos venido bebiendo durante milenios, sino un grupo cultural marcado por ciertos rasgos salvajes y entregados a una pasión desenfrenada. Esto no ha hecho menos valorable su aportación al mundo, pero se le quita una cierta pátina de idealismo que los estudiosos le han ido construyendo hasta el presente.
Con esto simplemente señalo que Detienne opta por una aproximación a los griegos desde un lugar no ortodoxo y que en sus libros tarde o temprano arribamos al núcleo de sus tesis que expresan más o menos esto. Expresar más o menos esto no es un capricho. Tiene consecuencias históricas y políticas que tienen que ser leídas más allá del contexto.
Primera tesis bruta: hay que salirse del contexto.
Confinar un estudio al mero contexto ya es una actitud política que propone cerrar el modelo, un modelo, de manera que el sistema observado funcione dentro de un marco y se salve de ser derruido si le toca participar en otros.
En el mundo más interconectado que ha conocido el hombre en su paso por la Tierra, todo lo que se extracte de un sistema para conseguir que un modelo particular funcione nos coloca en una prerrogativa tanto política como ideológica muy grande. Y toda elección tiene consecuencias.
Porque la vida de uno mismo también está interpenetrada, durante el último mes y medio he tenido la oportunidad de asomarme a tres libros del periodista y escritor David Rieff cuya referencia anecdótica, no menor, es la de haber sido hijo de Susan Sontag. Trabajó como corresponsal de guerra en los conflictos de los últimos quince años como Bosnia, Ruanda, Kosovo, Afganistán y en todos estuvo muy atento al desempeño de las organizaciones humanitarias. Es difícil sintetizar su mirada. Luego de leer dos libros suyos: Una cama por una noche y Matadero, puedo aproximar lo siguiente: siendo un observador activo, en todos los casos, no sólo propuso una mirada sino también un cierto programa político para enfrentar estos conflictos. Él entiende que las potencias no pueden tener una actuación de simple árbitro en estos casos sino que si quieren que determinadas tragedias en curso no devengan en genocidios, tienen que intervenir militarmente.
Y me parece que es difícil de encorsetar su forma de mirar porque si uno quiere, digamos, juzgarla lo más cerca que podríamos llegar es a la idea del intelectual occidental, de corte americano liberal, neoyorquino, desigualmente consciente de su lugar privilegiado como observador en el mundo, que le da poderes y potestades de aprobar o condenar. Voy a ir un poco más allá: la intelectualidad liberal occidental, a diferencia de su rol en los sesenta y setenta en los que consideraba una virtud y un deber el mantener una distancia ideológica con el desempeño geopolítico de sus naciones y los gobiernos de sus naciones, a partir de los noventa, exactamente luego de la caída del Muro de Berlín, entiende que tiene que involucrarse con la agenda política de sus estados. Involucrarse no implica una aprobación sino una participación crítica. El concepto de participación crítica, lo que sí implica es que las potencias y sus intelectuales debaten en la misma arena.
Es cierto que los estados cambiaron mucho durante esos años y desde que culminó la persecución de las fracciones radicales de pensamiento, sobre todo en Europa Occidental, intelectuales y militantes fueron amnistiados de facto. Esto permitió que muchos se pudieran reciclar y gozar de las prebendas rentadas que Europa puede destinar para el universo político cultural. No ocurrió de la noche a la mañana. No empezó a suceder con el primer ladrillo que se cayó del Muro. Pero en pocos años naciones como Francia, Gran Bretaña, Alemania, Italia y en otra medida EEUU consiguieron integrar a muchos de los mejores pensadores y activistas a una red pública. Esto implica empleos universitarios importantes, becas y subvenciones, participación en OONGG y hasta la inclusión en puestos clave de los estados. Esos hombres y mujeres que trasegaron de una orilla a otra comenzaron en términos estrictos a ganar dinero y hacer carrera.
Este nuevo sistema, vaciado de carcamales, estableció un nuevo diálogo con generaciones que ya en sus cuarentas y cincuentas buscaban otras formas de participación dentro de sus democracias a las cuales ya no intentaban derribar. Una opinión pública con la cual hicieron las paces o se reencontraron gracias al avance de la informática y las comunicaciones. Esta nueva intelectualidad nacía abrigada por una revolución tecnológica que le permitía salir de la Edad casi de Piedra en la que los contactos eran por volantes impresos en mimeógrafos, donde los periódicos tenían circulaciones limitadas y las radios podían ser poco más que piratas. De un momento al otro se encuentran con un micrófono y una cámara conectados a una red mundial que en instantes los ponía en el centro del debate y en el ojo de la tormenta. Tienen en un sentido muy amplio lo que todo el mundo desearía y es un "auténtico" auditorio, legitimado por su cantidad y su influencia. Claro está que el privilegio de la comunicación masiva e instantánea no es un regalo. Hay primero que compatibilizar una cierta agenda común que permita saber que el diálogo se produce entre iguales y nadie tiene los pies fuera del plato.
Por esta razón la idea de la participación crítica es tan importante que en principio pudo ser una táctica de integración para esta intelectualidad para luego convertirse en un mecanismo funcional. También es cierto que en los veinte años que estas transformaciones se vienen aplicando, ya los intelectuales no son invitados sino una parte legítimamente acoplada al sistema. Miremos si no la composición de los principales organismos internacionales, los que participan de los gobiernos y de las instancias supragubernamentales como la Unión Europea, las Naciones Unidas y así. Hay mucho sitio para que este matrimonio ocurra.
Recorrí este trecho para volver a David Rieff que es parte de esta generación, tanto por derecho propio como por derecho hereditario que es el lugar de intelectual de conciencia crítica americana que ocupó su madre, Susan Sontag, durante más de cuarenta años. Y remarco lo de derecho propio porque al leerlo se ve que puede ser hijo de, pero también tiene prerrogativas propias que no todos los hijos de prestigiosos intelectuales alcanzan.
Él es digno representante de una forma de participar. Vamos a cometer otra herejía: esta forma de participar es muy similar a la de los ciudadanos de Grecia y Roma, que tenían una democracia corporativa en la que los debates se ceñía a su status y no a un derecho abstracto y general de libre expresión. No descubro nada diciendo que esto no es radicalmente distinto hoy que hace dos mil quinientos años, pero sí lo remarco porque se nos intenta hacer pensar que todos somos parte de una democracia amplia e irrestricta, protegida por constituciones de corte liberal y en los hechos sabemos que esto no ocurre.
Cuando David Rieff opina y habla lo hace desde ese lugar de ciudadano americano, que es un status superior al de cualquier otra nación del planeta; desde la intelectualidad neoyorquina, que le eleva uno o dos escalones más; desde tener el respaldo del New York Times que es como un pase a cierto Olimpo periodístico. Hablamos de alguien con influencia legítima y legitimada por su propio entorno. Entonces cuando él dice y pide que su país, junto con otras potencias intervengan militarmente en los conflictos en que podría haber un riesgo de crisis o tragedias humanas, aplica su voz de ciudadano en un recinto público y electrónico, a todos los efectos informal, en donde él representa una fracción y se adhiere a una agenda geopolítica.
¿Es plenamente consciente de esto? Sí y no. Creo que lo es porque es una persona lo suficientemente informada y no inocente como para saber en qué campos está jugando. Pero por el otro lado no tiene plena conciencia del entramado que se despliega desde su administración como de otros países que intervienen en el mundo. Él cree en cierta forma de imperativo moral que rige o debería regir en las naciones luego de la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo luego de Auschwitz.
Su pensamiento, es obvio, no gira en el vacío. Una legión de intelectuales de Europa Occidental cree exactamente lo mismo y no reparan en las consecuencias de esta forma de entender la realidad.
Cuando hace unos treinta y cinco años, más o menos, se podía personificar los problemas del mundo en que estos estuvieran en manos de una vieja guardia, como un Kissinger por ejemplo. Hoy parecería que se abordara una nueva ingenuidad donde los gobiernos ya no están infectados de malas intenciones, y éstas sólo quedaran en manos de grandes y crueles corporaciones. Pero a todos los efectos el mundo sería más bueno que antes y aunque las desgracias y las tragedias se multipliquen exponencialmente, la existencia de un Obama, y las misiones de paz y humanitarias que se derraman sobre la Tierra sólo hacen pensar que hay un idealismo en curso, un idealismo razonable y que sólo hay que darle tiempo, paciencia y esfuerzo para que llegue a funcionar.
Está claro que esto tampoco llegó con Obama. Empezó con Clinton y a pesar de la presencia de un George W. Bush, el cambio operado en el sistema mundial es tan grande que supera la posibilidad de que una mentalidad retrógrada se haga con el gobierno. Lo que está sucediendo es mayor que este "accidente".
Creo que cuando el tour africano de Bono y el Secretario del Tesoro estadounidense tuvo lugar, se llegó al punto más alto de esta mentalidad. Que un juglar global lleve de gira al hombre que controla el capital del mundo para mostrarle que existe otra gente y que esta gente vive en condiciones terribles que serían fácilmente mejorables, representa un poco el cuento de hadas que se nos quiere contar. Claro está que ni Bono ni Paul O'Neill son niños de pecho, pero actúan públicamente como si de una fábula se tratara.
Por fortuna, David Rieff, aún siendo parte activa de este estado de cosas y aún teniendo posturas favorables a la participación de su país en acciones militares altamente debatibles, introduce para mí algo que es interesante. Empieza a operar críticamente con respecto a esta nueva visión del mundo que se ha ido creando en la que todo son buenas intenciones aplicadas por organizaciones humanitarias respaldadas por los estados. Él ve desde dentro que hay algo de ese tinglado que se parece a un castillo de naipes, que carece de asidero y que puede estar afectado moralmente.
La palabra moral que es tan recurrida en estos casos no es una palabra al azar. Es clave. Por su urgencia e imperativo se mueven piezas políticas y militares que están intentando y en efecto cambiando el rostro del mundo que conocemos y por ende del que vendrá.
La mirada crítica de Rieff es ante todo lúcida, y su lucidez reside en que quiebra el monolitismo de esta nueva corporación de ideas mundial en la que el debate, cualquier debate, se anula o se aborta porque está plagado por buenas intenciones. No importa cuántas y diversas voces estén activas en este debate. Lo que es cierto es que ninguna de esas voces duda de que el desempeño de las organizaciones humanitarias como punta de lanza de una corporación de naciones occidentales interesadas en transformar el mundo pueda ser nocivo. Todo lo contrario. Se retroalimentan en un espíritu de cruzada donde las diferencias políticas son a lo sumo de intensidad o de táctica, pero no de modelo. El modelo humanitariamente agresivo está diseñado para intervenir en un sector del mundo en el que el estado se ha retirado y como consecuencia de esa retirada se reformaliza la presencia extranjera con ecos coloniales. Está claro que no son coloniales a la antigua ni a la neocolonial como se estilaba criticar en los setenta. Son formas en las que el entramado occidental penetra modificando todo tipo de relaciones y donde el concepto de soberanía se objeta no sólo como un recurso obsoleto, sino como un obstáculo real por el que las administraciones locales de estados más o menos fuertes, más o menos corruptos o más o menos débiles, no permiten que el ser humano como especie teóricamente en peligro pueda ser asistido.
Las formas de acción que cobran y rediseñan las potencias europeas y EEUU, están profundamente activas en estos años. Mucho más activas que lo que pudieron hacerlo en el mundo antes de la caída del Muro de Berlín. Pero esas acciones también implican más cosas. Implican un rediseño del mundo y en consecuencia de las relaciones entre países. Implican la posibilidad de la desaparición de países que en los ochenta podría ser teórica pero luego de los noventa ya es fáctica. Y por supuesto suponen un cambio en el pensamiento.
Esto es lo que quiero abordar y entender. No sólo que el mundo cambia y por ende el pensamiento. Sino también explorar que en las raíces de este pensamiento de qué es historia y qué es antropología que asiste a los intelectuales de corte occidental, hay algo que los hace más políticos que científicos. Más activos que asépticos. Quiero pensar como Detienne con los griegos que hemos venido otorgando guantes de seda a la ciencia histórica y antropológica como si en ese toque estuviera concentrado todo. Como si la objetividad fuera un elemento dado per se. Creo que sin perder todo lo ganado en disciplina científica, es hora de arremeter contra las raíces.
Detienne dice en Comparar lo incomparable que cuando la historia se preguntó: "¿Qué es la religión?", conmovió estructuras de poder, y sobre todo al Vaticano que es la estructura de poder con vocación de conquista universal más grande que existe. Esto claro que ocurrió hace mucho tiempo.
Pero ahora, creo que corresponde preguntarse también, como al principio: ¿Qué es la historia? ¿Qué es la antropología? ¿Hasta qué punto elementos que constituyen su método científico y de abordar la realidad no están viciados por un origen en el que entender el mundo era parte integrada de conseguir dominarlo? O ¿cuál es su capacidad de servir además como un instrumento para doblegar voluntades y puntos de vista?
En el mundo en que vivimos la ciencia aplicada a cualquier campo nunca es inofensiva. Eso puede residir en la forma de aplicar esa ciencia o porque también hay ciertos procedimientos inherentes a cómo construir hipótesis y cursos de acción que la convierten en una forma de hegemonizar el pensamiento.
Es una pregunta que me hago a sabiendas de su carácter panfletario y hereje: ¿hasta dónde podemos llegar para saber qué es lo que anida debajo? ¿Seríamos capaces de excavar tan hondo?
viernes, 3 de septiembre de 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)