¿Es Barcelona un espejo que adelanta? Quizás, sí. Inequívocamente es territorio de prueba y observación. El operativo de represión y "limpieza" de Plaza Catalunya del 27 de mayo, fue el primer experimento que el poder ensayaba con los movilizados. Con ese resultado en vista, actuó la policía en Madrid y en Valencia; con la plena conciencia de que pegar tiene consecuencias y un costo político.Desde hace varios días el movimiento iniciado el 15-M ha entrado en su Fase 2. Esta fase tiene dos características: a) la descentralización de la lucha política, que se mueve de las plazas a los barrios (y que más tarde o más temprano impactará en otros sectores sociales organizados, no sólo geográficamente); y b) la focalización de un plan de lucha. Ese plan de lucha cubre a su vez dos aspectos: el político y el social. En términos políticos se manifiesta frente a los representantes públicos evidenciando el reclamo de cambios profundos en el sistema, y en términos sociales se colocan en primera línea frente a las situaciones derivadas de la crisis: desalojos, pensionazo... No podía ser de otra manera.
Lo que ayer sucedió en Barcelona es un paso más avanzado de una crisis en curso. Crisis económica que deriva en una crisis de representación. Esta es la brecha más sensible del momento y con ella juega el poder. Y que quede clara una cuestión desde el principio: no importa cuán profunda pueda ser la crisis que el sistema de partidos pueda estar atravesando, su actitud va a ser consistentemente agresiva ante cualquier desafío venga de quien venga. Que esta actitud se vea de forma abierta o embozada dependerá del precio de las consecuencias, no de su voluntad. Y si hay algo que resaltar de este momento es que el poder está haciendo pruebas sobre cómo desarticular y desprestigiar a un movimiento que es esencialmente crítico y que cuestiona la legitimidad del sistema actual.
Mucho se ha hablado y analizado sobre lo que sucedió ayer en Ciutadella cuando los movilizados buscaron impedir el acceso de los diputados para que no se votaran los recortes. Un comentario de Jordi Gracia en El País apunta a que la inactividad de la policía en este episodio, contrasta con la actitud tomada por los mismos Mossos d'esquadra cuando quisieron "limpiar" la Plaza Catalunya. Muchos golpes entonces, pasividad ayer. Y que esa pasividad sería cualquier cosa menos inocente, ya que habría buscado dejar a los manifestantes como radicales y exaltados. Un operativo público y de comunicación.
En otros comentarios del mismo periódico ya hay quienes empiezan a decir que el 15-M va a la deriva, se radicaliza y se aleja de su esencia cívica y pacifista, para pasar a una fase violenta, radical y antisistema. Mientras las acampadas fueron una expresión inofensiva y colorida de un reclamo político profundo, muchos intelectuales progresistas se otorgaron el permiso de celebrar esa voluntad de cambio "sin dolor". Ahora que las cosas avanzan hacia el ojo del huracán, ya no parece ni tan pintoresco ni tan seductor el asunto. Es entonces cuando los medios de comunicación "progres" dejan de ser comprensivos y comienzan a presentar esta nueva situación como un "lado oscuro", un camino no deseado que se está empezando a recorrer. Lean muchos artículos de hoy y lo que se desprende editorialmente de las crónicas y verán cuál es el punto de vista que se trata de dar.
Es inevitable que las cosas se pongan más tensas. Los dos planteos de fondo que acompañan al movimiento que despegó el 15-M apuntan al corazón no sólo del sistema de partidos, sino del sistema en general. El que los partidos no representen a sus votantes y se arroguen una discrecionalidad muy lejana de sus mandatos, no es sólo una actitud moral sino funcional. Para que el sistema que hipoteca el futuro financiero de las personas y el presente laboral de muchos se mantenga, hace falta crear un entramado en el que nada es casual y donde los políticos son la pieza clave para que empresas y bancos consigan lo que quieren. Si esto no ocurre, España no podría funcionar tal y como el poder lo desea; como hasta hoy ha sido y como quieren que siga siendo. Pero ahora alguien, muchos en realidad, desafían el status quo. Y el poder, eso que llamamos convencionalmente poder pero que tiene nombres, apellidos y responsabilidades concretas, no va a dar nada sin batalla.
A día de hoy ha habido choques, episodios, pero el agua no ha llegado al río. Los vencedores de las elecciones del 22-M quieren desactivar no ya solo la presencia de los acampados, sino desarticular lo que es un programa político que les desafía. Saben los que ganaron que ese programa no tiene representación parlamentaria, no tiene presencia alguna en partidos o en sindicatos; esto implica para ellos que en su casa, del patio para dentro, el 15-M no representa ningún peligro inmediato. Pero en las calles, sí. En las calles el desafío lejos de desactivarse, se recicla. Las movilizaciones realizadas y las previstas para estos días son todo lo que no quiere el poder. Y el poder es una administración del PSOE debilitadísima por los resultados electorales, y un PP y fuerzas regionales que han emergido para ocupar un cierto espacio vacío y que desearían erigirse en los salvadores de lo que vendrá. Para conseguir eso necesitan que ese movimiento que les desafía, desaparezca, se quiebre o quede desprestigiado. Lo sucedido ayer en Barcelona es la búsqueda del poder de dividir a un movimiento, por si eso les sirve para herirlo de muerte. Enfrentar a "civistas" con "radicales" y alertar que el camino radical será seriamente reprimido. Eso es lo que dijo ayer Artur Mas.
Quienes detentan el poder son conscientes que el 15-M es un movimiento muy heterogéneo que a día de hoy ha conseguido un cierto consenso interno, pero que está marcado por la diversidad. Esta conciencia está también presente en el seno del movimiento y, quizás, el apelar tanto a un mecanismo de consenso para funcionar y sesionar sea la única manera práctica de existir y de que se equilibren las distintas visiones.
El deseo de que exista una voz representativa y unificada que debata de igual a igual con el poder, es un plan difícil de cumplir sin que algunos o muchos no sientan que se muerden la lengua. Así y todo, desde el momento en que los debates dejan lugar a la acción y a un plan de acción, es inevitable que los choques con el poder político y mediático, y por supuesto policial, empiecen a tener lugar. El poder va a jugar sucio, acostumbrémonos todos. No va a haber un fair play y aún con tácticas de resistencia pasiva como las apeladas el día de la asunción de cargos en Madrid, pueden desatar represiones. De bajísima intensidad como entonces, o de intensidad un poco más elevada como en el caso de Barcelona.
Y no es que hoy en Barcelona se esté jugando el futuro del movimiento, pero sí se están poniendo en juego las tácticas y los peligros de lo que vendrá. Y aunque el poder se defienda como un león viejo, no hay que olvidar que tiene capacidad de hacer bastante daño si quiere. También es cierto que cuando el 15 M aspira a mantener un nivel de representatividad importante en sus propias filas, el peligro de la división estará más presente que antes porque la temperatura de la lucha aumenta, y más lo hará si las cosas van en serio, como los propios movilizados lo declaran. Las cosas se transformarán para todos, sin exclusión, en el territorio de lo posible, más que en en el territorio de lo deseable. En los días de la acampada el discurso combinó lo utópico con la denuncia política. Y al hablar de utópico no me refiero a los objetivos sino al lenguaje elegido para expresar el descontento y la denuncia. Cuando de ese lenguaje más general y abierto se pasa a uno más urgente y concreto, todo cambia, y cambiará más todavía. Uno de los peligros prácticos para el movimiento podría ser el hecho de quedar prisioneros en una nostalgia de esos días de poética indignación, en los que se pensaba que todos podían ser uno, una voz y un espíritu. Al avanzar la acción, el consenso se volverá más difícil y no hay que temer que esto pase. Llega la hora de integrar al disenso y la discusión interna. Al menos si lo que se quiere es que la acción avance al terreno de cambios reales. Quizás la señal que se emitió desde Barcelona ayer, a un mes exacto del 15 M, sea una confirmación de que los tiempos de recostarse en la nostalgia, ya empiezan a quedar atrás.