jueves, 23 de diciembre de 2010

Autores

Que se haya tumbado en España la llamada "Ley Sinde" invita a reflexionar sobre por qué persistimos en el S XXI, sumidos en discusiones falaces. Los términos en que se plantea el tema de los derechos de autor en todo el mundo, es falso. No tiene por qué ser más auténtico en España. Las críticas que los autores sindicados tras la bandera de la SGAE (y también otras) vierten sobre la actitud de los políticos son desde hace tiempo poco atendibles. No reflejan más que a un sector querible y brillante de los creadores quienes, en su mejor caso, no son más que rehenes de conciencia de la industria discográfica o cinematográfica. Poco importa el grado de implicación ya que casi ni hace falta señalar cuántos de estos creadores son, en efecto, productores o inversores en las industrias señaladas, lo que los convierte no en defensores principistas de un derecho vulnerado, sino en interesados recolectores de las prebendas que esas industrias generan.
Por supuesto que a todos les asiste un derecho y es el de expresión. Pueden quejarse y reclamar, pero no pueden intentar colar como una iniciativa de bien común una ley de este tipo que está dirigida específicamente a custodiar sus intereses y reparar sus pérdidas.
Las voces de autores que se elevan en este debate actúan en un triple ámbito: como empresarios, como corporación y, con la incorporación de Ángeles González Sinde al cargo de Ministra de Cultura, a la política en el más alto estamento posible. Estas voces se han presentado públicamente como representantes legítimos de un derecho universal, cuando en realidad son un lobby. Un grupo de interés que vela por su propia agenda y que trata de reclutarnos a otros como presuntos vulnerados por la actual situación de los derechos de autor, ya sea como creadores o como ciudadanos. Se interviene por nuestro propio bien.
Esta acción en pinza está movida por intenciones muy lejanas al bien común. El comportamiento de la SGAE, en algunos casos rozando actitudes talibanes, es sólo comparable al del sindicalismo corporativo que fue la forma de agrupación preferente de origen social durante regímenes fascistas y de corte totalitario. Por caso, la SGAE que se arroga este papel pseudosindical, ni siquiera es un sindicato, con lo cual su representatividad está ya, desde el principio, cuestionada. Pero supongamos que esto fuera un defecto de forma y que su programa de acción sea lo más importante. Discutamos entonces esto, que es un material sensible con el cual se busca unir a la sociedad tras un fin, y veamos el alcance de su legitimidad.
El derecho de autor se encuentra comprendido dentro de un arco más grande y fundamental que es el derecho a la libre expresión y a la libre circulación de las ideas. El derecho de autor implica que una persona física posee una propiedad sobre una expresión particular y puede explotarla en términos concretos como mejor le parezca. Es un derecho que protege la propiedad sobre un material original, para que no pueda ser reproducido (ya sea como omisión, clonación o plagio) o arrebatado por otros, para que no se produzca una apropiación indebida.
El autor suele trabajar como asalariado de una industria o como creador libre, freelance, que vende o presta su habilidad a cambio de dinero. Los pagadores no son infinitos. Hay un mercado de trabajo que combina fuerzas privadas, independientes, subvencionadas por el estado y hasta el estado directamente en ellas. El mercado puede ser más extenso o menos, más flexible o más rígido, más o menos democrático, pero es limitado. Sobre la base de su limitación en espacio, la industria de la creación ha trabajado todo tipo de relaciones y acceder a él siempre se ha considerado un privilegio. Estar dentro o estar fuera, pertenecer o no pertenecer no es para nada lo mismo. Al punto que es posible plantear que este mercado en cualquier parte del mundo es más una estructura cerrada que abierta, y que sus criterios de demanda son tanto o más arbitrarios que los de cualquier otra industria. Sus propias relaciones internas, a lo largo de la historia, han determinado quién puede trabajar o no, quién progresa y quién cae. En ese sentido y por su grado de exposición pública, la industria de la creación, de la expresión, está tan sintonizada con el mundo de la política y el estado. En todo momento es una industria de la coptación. De integrar a otros que perpetúen esa forma de funcionar y que no cuestionen sus cimientos. Como excusa se ha esgrimido siempre que la popularidad y el talento son los que determinan el acceso a este mundo. Excusa que desde hace más de una década está cuestionada de raíz por la construcción global de famosos a partir de toscos advenedizos. Nadie en la construcción del universo de reality shows ha conseguido mostrar más que un diamante en bruto entre tanto freak, y sin embargo una parte enorme del negocio audiovisual está dominada por esta feria de fenómenos.
Cuando la producción televisiva está dominada desde hace mucho tiempo por los formatos de bajo coste, donde precisamente el autor es el que desaparece por propias necesidades de la industria y se extingue en favor de criaturas que opinan de cualquier cosa como si estuvieran en el patio de su casa, hablando de insustancialidades, hace pensar mucho dónde se está haciendo hincapié cuando se quiere mejorar las condiciones autorales y por qué.
Así hasta el día de hoy se ha logrado que muchos involucrados laboralmente en la industria se solidaricen con muchos de los postulados que el lobby autoral viene blandiendo, atentos a un discurso de urgencia apocalíptica por el cual si la industria se derrumba, no se generarán puestos de trabajo sino que se perderán muchos de los existentes. Es el mismo discurso que los empresarios de todas las ramas industriales proponen a sus gobiernos cada vez que la ruta económica no sigue los caminos que ellos quieren dictar. Algo que es mucho más profundo que la mera idea de pensar distinto o poder verse afectado por ciertas medidas.
La forma parece bienintencionada, pero lo que subyace es un concepto de extorsión. Un dueño de una fuente de trabajo puede hablar en los mismos términos con sus trabajadores. O se arremangan o se cierra. En una industria del pensamiento y la creación, la propuesta es o apoyan, o todo se va al traste.
Estas formas de operar, de neto corte corporativista, de grupo de presión, tienen poco aliento democrático aunque se disfracen de causa justa, de protección de un derecho fundamental, de causa heredada de la revolución francesa o como se las quiera llamar. No protegen al autor sino al que gana dinero con el trabajo de uno o varios autores. Hagan cuentas. Cuánto gana un autor y cuánto se llevan las empresas que distribuyen. La intermediación es la que impone aquí su tono extorsivo, aunque se cubra de máscaras de cualquier tipo.
Lo que se cuestiona no es el derecho de un autor a percibir el justo pago por su trabajo, sino a que las empresas que dominaron y por supuesto dominan el mercado de la creación, no sigan convirtiendo al autor en un rehén. Porque si el sistema en que hoy funciona la distribución y la protección de contenidos está caduco, no es criminalizando ni persiguiendo, ni conservándolo contra viento y marea como se va a solucionar el problema. Los propietarios de la industria no están dispuestos a ceder ganancias y privilegios. En eso no se parecen para nada a los revolucionarios franceses, sino a la más rancia aristocracia aferrada a sus prebendas, completamente fuera de sincronía con su tiempo y con la realidad.
Nadie cuestiona al autor, sino al estado de cosas. A los que se refugian tras un derecho sensible de otros, para perpetuar sus ganancias. Y el grado de desesperación en el que incurre esta industria es tan enorme, que son capaces de apoyarse en situaciones aberrantes. La gran mayoría de este lobby está integrado en de una forma o de otra en el mundo de la información. Periodistas que son autores y viceversa. Para el mundo de la información, fáctico, igual que al de la creación, les interesa y les importa la existencia de una amplia libertad de expresión. Les importa lo que haga Hugo Chávez en Venezuela con la prensa y ahora con Internet. Les preocupa que China censure a Google. Les preocupa que el presidente bielorruso reelecto, Lukashenko, de corte comunista a su manera, también plantee el control de Internet. Pero no se les mueve un pelo a la hora de plantear el cierre de webs P2P porque vulneran los derechos de autor. Cuando gobiernos a los que se cuestiona por su signo político se ponen a regular, controlar o censurar la información, hay que criticarlos porque atacan la libertad de expresión, pero el cierre de webs se tiene que leer como un derecho creado en defensa de una víctima: el autor. Qué cara más dura hay que tener para vender las cosas de esa manera. Por lo menos un gobierno puede refugiarse en la razón de estado, que es siempre política, muy criticable y muy atendible. Pero, ¿desde dónde cortar el flujo del intercambio entre usuarios de la red se convierte en "loable"? Les tendría que dar vergüenza.
En el mundo de Internet las reglas no van más allá de los poderes existentes. Ninguno se ve amenazado por ellos. En tiempos del feudalismo, cuando los nobles vieron que la revolución burguesa se venía encima, trocaron sus formas de propiedad para ajustarse a un nuevo sistema y así no perder sus posesiones y su posición de influencia en la sociedad. Internet plantea un reposicionamiento global a los mismos que hoy detentan el poder y los que se aferran a las formas arcaicas, o se transforman o se derrumban. Puede ser cierto que muchos de los que hoy son ricos y poderosos dejen de serlo. Otros lo serán en su lugar.
En tiempo de las filtraciones de Wikileaks hay que estar atentos a las nuevas formas de propiedad, de autoría y de circulación de la información que propone la red. No se pueden cerrar las opciones. No se puede persistir en la contradicción flagrante de considerar que la libre circulación es algo bueno para los demás pero no para uno, cuando son los privilegios propios los que están cuestionados. Este razonamiento afectado de conveniencia carece de valor para el presente. Hay que aceptar los cambios sociales con todas sus consecuencias. Y si se cuestiona el modelo de distribución y reproducción a través de la red porque afecta al autor, habrá que mirarlo en forma progresiva y no regresiva. Las propuestas de cierres, cortes o limitaciones son de neto interés industrial y empresarial. En nada reflejan al ciudadano o a la población en general. Y hay que entender que si durante décadas el acceso de obras estuvo en manos de un grupo de privilegiados y eso ya no es así, hay que aceptar que el futuro es democrático y que la gente puede bajar contenidos como nunca antes. Cómo los use es otro tema, pero conseguirlos es también un derecho. Aceptemos el cambio y busquemos alternativas en las que al usuario común, que ya paga por un servicio, no se lo cargue con la propia ineficacia de la industria para regenerarse y se le cobre por contenidos que hoy la tecnología le permite tener de forma gratuita. Así será que la mejor solución para un autor, será la que lleve la relación entre todos hacia adelante.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Abrir los límites de la esperanza

Desde un lado y desde otro, se pensó a los medios de comunicación como armas de manipulación. El enfoque era igual aunque los objetivos divergentes.
En ese mundo de discusiones, el funcionalismo como escuela del problema comunicación señaló que se pueden reforzar creencias y se puede persuadir sobre quienes dudan pero no sobre quienes se oponen a eso que se quiere decir o hacer creer.
Lo importante es generar una permeabilidad a los mensajes para nuestro lado. La posibilidad de cambio de creencias y el aprendizaje precisa del terreno blando de las preguntas y de la indecisión. Hay quien se ha dado cuenta de esto antes y se sirve de los "ni ni", de los "no sé" y de los "de eso no opino". Esa es la carne de cañón.

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sábado, 4 de diciembre de 2010

Transparencia y discrecionalidad

Relativicemos: todavía sabemos muy poco sobre los cambios que se operaron en la realidad durante los últimos veinticinco años, así que para ver en perspectiva la última gran desclasificación de documentos realizados a través de Wikileaks hay que arrancar de lejos. De los años de la Guerra Fría y sobre todo de los previos a la caída del Muro de Berlín.
Desalentemos por ahora las explicaciones paranoicas, las probables y hasta las verdaderas (si es que las hay). Olvidémonos cuánto y cómo pudo almacenar en su MP3 el soldado Bradley Manning, que fue quien contrabandeó la información. Ese camino serviría (si sirve) para buscar elementos conspirativos donde ya lo primariamente conspirativo reside en la propia naturaleza de los documentos en sí. El lenguaje, el estilo, el contenido, el mensaje (moralmente hablando) y el fin, van linkados de forma indisoluble con una entidad mucho mayor que es la política exterior de los EEUU. Una trama que podemos conocer con mayor o menor profundidad, y que no nos es ni ajena ni novedosa.
Cuando en marzo de 1985 llega Gorbachov al poder, se da el puntapié a un fenómeno como si fuera una pelota y todavía la vemos rodando. El entró con dos banderas: perestroika y glasnost. Reconstrucción y transparencia. Esta iniciativa se leyó como pionera y exclusiva para el Este europeo, el mundo detrás de la frontera comunista. Parecía que así se hacía cargo de un reclamo externo, de Occidente con EEUU a la cabeza, y otro interno de la población que pedían más democracia, cambios económicos de corte liberal y una perspectiva de cambio profundo de las estructuras políticas y sociales. Con dos nombres se sintetizaba un único proceso, de flancos separados, pero interdependientes.
Previo a Gorbachov muchos fuimos testigos de los tiempos de Guerra Fría donde nosotros, habitantes occidentales, éramos auditorio de las teorías liberales que clasificaban básicamente las sociedades en abiertas y cerradas. Las abiertas eran las democracias de Occidente y las cerradas, todas las que correspondían a los países comunistas o de fuerte constitución tradicional, tribal y/o religiosa. Esto era un discurso político de fuerte impacto mediático y educativo. Un fuego cruzado al que la elite soviética respondió. Y los términos que eligió para responder no fueron tan ambiguos. Por el contrario, resultaron ser bastante precisos.
Contestaban así también a ciertos movimientos de disidencia que tuvieron en el proceso polaco, con Solidaridad a la cabeza y conjuraban el temor posible a que ese mismo escenario se reprodujera patio adentro de la URSS. Y por si fuera poco, los soviéticos estaban terminando exhaustos por la guerra que llevaban en Afganistán y una carrera armamentista que los ponía al borde de la crisis económica. Algunos síntomas, hipervisibles, aunque no cubrieran la complejidad del panorama.
El proceso que se abrió fue veloz. Los regímenes de los distintos países de la órbita comunista no cayeron como un castillo de naipes, pero casi. Y cualquier intento de resistencia al cambio, desde los gobiernos, terminaba fuertemente golpeada. En el caso rumano, sobre todo.
La fracción más ultraliberal de Occidente celebró esta transformación en ciernes, entendiendo -vanamente-, que se trataba de un fenómeno regionalizado y que no les reportaría consecuencias. Error. Por más que las castas soviéticas estuvieran siendo duramente castigadas, por variadas y muchas justificadas razones, lo que ocurría era la forma que adquiría el episodio. Pero nada más. En un mundo tan cambiante tendemos a impresionarnos con la fuerza de las fotografías y nos perdemos del contexto. No sólo del sincrónico, sino también y sobre todo del diacrónico, el que transita a lo largo del tiempo.
Los ecos occidentales de este desplazamiento llegaron a todos los estados nacionales. Al complejo de poder estatal que se había forjado en las últimas décadas en todos los países del mundo, más o menos proteccionistas, y hubo que ponerse a tono porque la corriente pedía desmontar, desarmar, reformar, con el subtítulo de remarca: liberalizar.
Los procesos sociales y políticos son siempre complejos y contradictorios. Nos puede gustar leerlos en un solo sentido hasta que un día descubrimos que tienen más lecturas y más direccionalidades. Ese "imperio de la libertad" empieza a trocarse y trastocarse con la explosión de Internet. Ese territorio irrestricto comienza a ser escenario y a formar parte de operaciones que salen del control de las naciones, las autoridades, los partidos.
Digamos que podría ser fácil explicarle a los habitantes de ciertos países del mundo, que la libertad no es un absoluto y que hay que imponerse un poco de control. Al menos de un autocontrol que no tenga que obligar a un estado, aún proliberal, a tomar medidas que dañen su tradicional modus operandi de dejar hacer. Hay que entender, por supuesto, que esto sería un planteo para que tenga lugar más en términos de discurso que de hechos. Es relativamente sencillo saber con qué, cómo, cuándo y dónde una nación occidental golpea a su población si lo tiene que hacer. Pero para Europa y EEUU, que lideran el mundo, estos cambios de principios y hasta de humor, son más difíciles de explicar y de justificar. Toda la vida le han inculcado a la gente que pueden hacer lo que quieran, por comparación con otros países, y ahora hay que trocar el discurso. ¿Pero desde dónde? ¿Y cómo? ¿Como si nunca se hubiera alentado la idea de la libertad de acción y de opinión?
Paradojas, que el episodio Wikileaks dispara (en la foto su director, Julian Assange). Como si de un Contramanifiesto Comunista se tratara, un nuevo fantasma recorre el mundo: el fantasma digital. Encaramado en el corazón de la red, de las redes sociales, del acceso libre a la información y de la vulnerabilidad de lo privado: ese territorio supergris, en el cual a una persona se le puede invadir, sustituir o reinventar una identidad, que empieza a escalar. No es ya que existan los resortes y herramientas que permitan hacer cualquiera de estos experimentos, sino que con pericia se puede conseguir entrar en el ámbito tabú del universo público. El secreto y la discrecionalidad con la que se manejaban los organismos de poder descubren una grieta fenomenal. El hecho en sí supera sus posibles consecuencias. Y lo que aquí vemos es el mismo hilo político que arranca desde Gorbachov, sobre todo con su glasnost, sólo que de alguna manera empieza a virar su polaridad. El reclamo de transparencia se universaliza, o se globaliza. El mundo entero es invitado a participar de una discusión que es esencialmente democrática. ¿Qué límite le corresponde aplicar a los poderes en el uso de la discrecionalidad? ¿Hasta dónde puede arrogarse una administración, y sobre todo si hablamos de la primera potencia del mundo, la posibilidad de manejar los hilos rojos de la política internacional como si fuera un territorio impune?
La dimensión del punto democrático en debate es enorme. Era el punto que durante décadas se ocupó de usar Occidente para golpear al bloque comunista. Y ahora resulta que los EEUU, el modelo de democracia progresiva, abierta, universal, ejemplar de la historia contemporánea, está abocada a una práctica discrecional extrema, yendo excesivamente más allá del para qué se los ha votado. La denuncia que históricamente se realizó por la política imperialista e intervencionista de los americanos, parecía siempre un dibujo parcial de la izquierda. Las operaciones fraguadas para invadir países, las excusas, los planes secretos para hegemonizar regiones de los que sobre todo en el sector geoestratégico latinoamericano se sabe (y se supo siempre) muchísimo, de repente, se ponen en negro sobre blanco: ante un auditorio acostumbrado por un lado a conocer el accionar de EEUU, y al mismo tiempo ante auditorios inéditos. Un gran público que vivió estas denuncias del otro lado de un muro, no físico como el de Berlín, sino mental y cultural, político pero camuflado, de repente se encuentran ante un escenario de decepción. Una decepción que parecía ser parte de y ocurrir en otras latitudes, en otros rincones, de un día para el otro, se activa también en casa. Creer o reventar para el que acostumbraba a no creer. Este es uno de los elementos. La recreación de un auditorio para el que las fábulas empiezan a convertirse en polvo y para los cuales la única profilaxis posible es la invención de explicaciones y justificaciones paranoicas. Alcanza con leer las citas, los textos centrales y desnudos de Hilary Clinton para entender qué es lo que duele de lo que pasó.
Todo va muy rápido y lidiar con la decepción parece no ser una espina que se clava sólo en el zapato americano. Los europeos, socios estratégicos y aliados de EEUU, empiezan a imaginar nuevos escenarios donde otras políticas discrecionales, las de sus propias naciones, podrían ser trágicamente desclasificadas. Es la paranoia de un teléfono móvil al que no se le ha podido cortar la llamada y de repente un tercero innumerable, otros, pueden escuchar la continuación inesperada de una conversación. Las críticas, lo privado, lo que se creía custodiado, de repente queda al descubierto. Ahora empieza a llegar la sensación de que lo que dije y escribí ayer, ese mail privado, no ya personal, sino en primera persona cuando digo las cosas en bambalinas, lo incorrecto, puede salir a la luz. No es improbable. Si estos documentos de seguridad grado cuatro, pueden ser vulnerados, por qué no los de un cuadro político a su jefe. Todas las entrañas de la política y el mundo laboral y social, de repente, podrían quedar expuestos. Ese es el terror de muchos. Que las operativas negras que circulan en todas las organizaciones, sean de poder, empresarias, bancarias, económicas, etc, etc, se conviertan en públicas.
Un periodista en El País, José María Ridao, se plantea esta posibilidad en su artículo El panóptico de Assange. Teme que la desacralización institucional alcance a otros que aún no están quemados. Porque de una manera u otra, EEUU siempre estuvo expuesto a una corriente crítica a lo largo de los años; pero ahora se puede encontrar que sus buenos socios, socios de buenos oficios, pueden ser cómplices. Y pueden ser también actores en otras operaciones reprobables, hechas tanto por iniciativa como por mérito propio.
Es un escenario curioso el que se abre ahora, en muchos aspectos: La desclasificación de documentos, regularmente inaccesibles, filtrada a través de Wikileaks implica para un estamento del poder una violación de su privilegio de secretismo. Un espacio de poder roto. Ante esa intromisión se queja el Departamento de Estado con Hilary Clinton (foto) como voz cantante. Y todo lo que se puede leer en esos miles y miles de papeles son formas diversas de intromisión en la política interior de todos los países del mundo. Activa o pasivamente interviene en la soberanía de otros, nada novedoso en esto, y lo documenta. Instala un discurso determinado sobre la política interior y exterior de las naciones en las que tiene emplazado un embajador. Sugiere, dicta o impone un punto de vista. La variación depende del grado de acuerdos o desacuerdos. Traza una hoja de ruta. Un mapa de su política exterior. La presente y la tradicional. Guía de piedra Rosetta en la que se pueden leer otros subtextos. Se puede ver la diferencia entre los discursos oficiales y los auténticos, los que desnudan la retórica que sostiene las verdaderas intenciones. Lo que se piensa, lo que se quiere y que en público no se admite.
Hay que conectar los puntos sueltos porque detrás de ellos se manifiesta la forma. Una forma determinada. No un caos, sino una lógica.
Independientemente de que algunos actos puedan ser autogenerados o provocados por otros, la historia de EEUU está sembrada de hitos en los cuales se abren otras instancias, nuevas etapas políticas que desatarán cambios. Y no hay que prejuzgar los signos posibles de los cambios porque serán un sistema de múltiples filos; nunca un relato con una sola moraleja.
En 1898 hubo un Maine que le permitió echar a España de Cuba, pero hubo más. Pearl Harbor hizo entrar a EEUU en la Segunda Guerra Mundial, pero lo que se disputó fue lejanamente mucho más dimensionado que la derrota del Eje como respuesta a ese ataque. Lo que pudo implicar el asesinato de JFK, y en resonancia los atentados siguientes de un Malcolm X, un Martin Luther King o un Bobby Kennedy. O el derribo de las Torres Gemelas (foto), cuyas consecuencias en el rediseño del mundo todavía estamos observando.
Hay un patrón de conducta, de reformulación a la americana, que suele acusar los golpes para devolverlos multiplicados. Que busca cabezas de turco para descargar sus iras o para abrir nuevas instancias, siempre necesarias a su estrategia de control mundial.
¿Es acaso esto un 11-S informativo, que empieza a clamar por una glasnost a la medida de occidente, que posa su mirada sobre los mecanismos políticos y democráticos globales -arrancando desde EEUU- pero que terminará revolviendo también las tripas de sus socios?
El escándalo Watergate (foto) fue quizás un mojón, más similar a lo de Wikileaks, en el que se cuestionó la forma de hacer política interior. Movió muchas estructuras, hizo renunciar a un presidente (Nixon) y fue el preludio a la retirada de Vietnam. ¿Qué augura entonces el presente? ¿Es esto sólo un simple episodio o es algo que se manifestará con mucho más cuerpo en el futuro? ¿Algo previsible o una escena inesperada, como la de esa mañana en la que nos encontramos con que el Muro de Berlín ya no estaba en pie? No me atrevo a formular tan lejos, pero podría ser una pregunta válida porque ante tanto revuelo algo tendrá que ocurrir en consecuencia. Y como es una pregunta válida, entonces yo la comparto.