La represión con la que acometió la policía en Barcelona esta mañana es un indicativo de lo que puede venir; pero también es un emergente de la situación de crisis que se está viviendo en toda España.A algunas de estas situaciones se las evalúa con preguntas, como por ejemplo: ¿incidió el movimiento 15-M en el resultado de las elecciones del 22 de mayo? Sí, sin lugar a dudas. La crisis que está enfrentando el PSOE ocurre contra este telón de fondo. El gobierno de Zapatero está muy debilitado y quiere cerrar en días un proceso que les impacta igual que un tsunami. La renuncia de Carme Chacón a competir por liderar el partido es un sacrificio que apunta, como señal, a decir que se rebajan las tensiones internas y que se prioriza proteger el aparato del partido de las réplicas de este maremoto.

¿Cuál es la prisa de cerrar, casi por decreto y con tufo a golpe interno, esta crisis del PSOE? La prisa está en que ya al día de pasadas las elecciones el PP pidió que se adelantaran las generales. No es ya que el partido de gobierno no pueda responder con lógica y legitimidad a este reclamo, pero no tiene la entidad ni la confianza política interna suficiente como para enfrentar el embate. Entienden que unidos pueden estar un año más en el poder y tratar de recomponerse un poco. Pero los tiempos del deseo no son los tiempos de la realidad. Ni para el PSOE ni para nadie. Y en momentos críticos como éste los intentos de ir por delante de los acontecimientos, sólo pueden desatar más crisis.
¿Se puede responsabilizar al movimiento 15-M de esta situación? Por supuesto que no. El movimiento no es más que un emergente de una crisis estructural más grande, que se dispara por lo económico pero afecta a la base del sistema representativo. El PSOE, independientemente de que su política de estado apunte a proteger los intereses del establishment, tanto o igual que lo haría el PP, siempre tuvo que ofrecer caminos alternativos porque su electorado tiene inquietudes y presiones sociales más urgentes que las de los populares. Así siempre su desempeño se lee (y se seguirá leyendo) como contradictorio. Zapatero y su equipo de gobierno se inmolaron durante estos años de crisis buscando estas salidas en estéreo, que tranquilizaran al capital y convencieran a sus seguidores de que las medidas de austeridad eran la única alternativa posible para que el sistema económico no cayera en picado. Grecia fue un fantasma para Europa y sobre todo para España que trabajó un discurso y una acción político económica apuntando a convencer de que aquí no pasaría lo mismo.

Lo que saben en la administración Zapatero es que no sólo la perspectiva de la violencia es algo a temer, o que se quiebre la economía, sino también el hecho de pasar abiertamente a una situación de país de "segundo orden". No ser Grecia, Irlanda o Portugal.
Que haya habido conflictos fuertes tanto en Gran Bretaña como en Francia no es una compensación, ya que son economías y sistemas más fuertes que históricamente en los últimos siglos han encontrado formas de reciclarse. Para España esta alternativa toma a veces tintes dramáticos: no retroceder en el tiempo, ni en la importancia ni en el valor. Pero el precio a pagar es muy alto y esta crisis en curso es el síntoma de un agotamiento. Entrar en ese ciclo será sinónimo de agravamiento de todos los aspectos de la vida cotidiana, y la conflictividad y la violencia no estarán entonces ausentes. Al menos tal y como lo habían estado hasta ahora.
El triunfo del PP el 22 de mayo, así como de otras opciones políticas, ha colocado un cierto bando de vencedores que quieren aplicar su propia receta de enfrentar a la crisis, así como también quieren aplicar sus fórmulas para contener todo lo que sea oposición y disenso. El movimiento 15-M dio el disparo de salida para una caída en picado del PSOE, pero ahora se encuentra con el PP en la primera línea de defensa. Políticamente los populares siempre apuntaron a gobiernos fuertes, de régimen duro, y nada demagógicos. Son de un estilo thatcherista, neoconservadores, cuyo plan de ataque a la crisis no va a ser precisamente ampliando libertades democráticas (que es lo que el 15 -M reclama) sino conteniéndolas o recortándolas. No es una organización política que acostumbre a trabajar con movilizaciones y voces disidentes a sus espaldas. Austeridad, disciplinamiento y silencio es lo que piden y necesitan para poder operar con tranquilidad, y es lo que van a tratar de conseguir.

Por eso le piden a Rubalcaba, como Ministro del Interior y Jefe de la Policía, que actúe; que desaloje la Puerta del Sol y todos los focos de resistencia. Quieren que el gobierno que ya está quemado se termine de incinerar con una acción policial como la que hoy se llevó a cabo en Plaza Catalunya. Lo que para los vencedores de las elecciones podría mostrarse como una medalla de triunfo, si consiguieran sus objetivos, para el PSOE sería una lápida de mármol. Así y todo como la crisis no da opciones, ya se sabe que lo que ha logrado la represión es desatar más adhesión y más simpatía. La brecha entre movilizados y administraciones políticas se hace aún más grande y a cada golpe a los acampados, la cohesión se volverá cada vez mayor.
Al movimiento esto lo coloca en un lugar que le exige mucha más muñeca política, porque lo que está en juego es su supervivencia. Digamos que la crisis de representatividad no les hace las cosas más fáciles, sino que los coloca en un sitio mucho más exigido. Les pide más a ellos que a nadie, porque son quienes encabezan el desafío y tienen que demostrar que están a la altura.
Tener cabeza política clara en estos casos no es ceder a las acusaciones de "falta de limpieza", de "chabolismo", de "hippismo" o de lo que sea. Es estar completamente en contacto con el corazón del porqué se están movilizando y no distraerse de ello. No tratar de abarcar más territorios de los que se pueden gestionar.
En los días que pasaron la situación de la acampada de Sol estuvo cruzada por la posibilidad de desmontar el campamento por propia voluntad o seguir reclamando. Desmontarlo disipa, o disiparía una situación crítica, mientras continuarlo implica tomar decisiones todo el tiempo. Más o menos acertadas. Arriesgar y tratar de salir adelante. Esta situación de tener que optar entre seguir o retirarse, pone al rojo vivo el tema del liderazgo. Entre el 23 y 25 de mayo las actividades, las comisiones y las asambleas crecieron de manera exponencial. Al punto que el propio 25 era posible leer en la página oficial de la acampada que había un plan de asambleas, para el día, de unas cinco asambleas cada hora o cada media hora. Hubo en respuesta una reacción en los seguidores de la página, atentos a los cursos erráticos que se estaban produciendo. Una respuesta tan contundente no podía ser ignorada bajo ninguna excusa. Les decían que tenían que volverse más concretos y más concisos a la hora de hacer política. Alertaban de los riesgos de la dispersión. A esto se le sumaba también una forma de funcionar que se volvía paralizante. La propuesta de que asambleas de decenas de personas resolvieran por consenso era un bloqueo absoluto. Con que uno se negara, todo lo discutido caía en saco roto. Así con muchas asambleas y un modelo democrático de consenso, el actuar y resolver se tornaba impráctico. Ya para el día 26 habían recibido la señal y estaban cambiando el rumbo. A día de hoy, 27, decidieron concentrar los reclamos en cuatro puntos.

Pero si hasta la mañana de hoy lo que primaban eran las dudas sobre el curso de la acción, los golpes dados a los acampados de Plaza Catalunya ha vuelto a volcar los ánimos a favor de continuar. Esto indica que lo que ocurre supera las voluntades tanto individuales como colectivas. Quienes acampan son vanguardia visible de una situación política en la que mucha más gente está comprometida, aunque no acampe. El que se debata a través del blog (como fuera de él) sobre el curso de las acciones de los que están estacionados en Sol, indica que no se espera de ellos otra cosa que la de impulsar, dar cauce, y oficiar de primera línea en los planteos. No se entiende que sea un organismo autónomo y con fines propios. Se espera que representen. Precisamente lo que han logrado es encarnar lo que se entiende por representar. Estar en un sitio de responsabilidad, escuchar a todos los que allí están, pero a la vez escuchar tanto o más a los que les apoyan y les siguen. Lo otro sería el modelo de representación que ya existe que es priorizar las urgencias y los intereses de los que están presentes frente a los que no lo están. El consenso más importante que hace falta es el que una cuota muy importante de la sociedad le ha otorgado a los que acampan para que defiendan y representen un deseo de cambio. Que se vuelva real y trascienda lo utópico depende de que una mayoría lo crea y lo respalde. Y todavía hay que dar pasos muy sólidos para que esto ocurra.





