jueves, 21 de octubre de 2010

Espiral

No quiero darme por sorprendido. Esto ya ha ocurrido antes y tantas veces.
No me gusta tampoco el ánimo agorero de que ciertas señales preanuncian un porvenir más oscuro del que hoy tenemos.
El miércoles 20 de octubre un militante de 23 años del Partido Obrero, Mariano Ferreyra, murió víctima de un balazo en el pecho que disparó el miembro de una patota de militantes de la Unión Ferroviaria, en medio de una pelea que se produjo cuando quisieron impedir que trabajadores despedidos cortaran las vías.
No se sabe todavía quién fue el autor del disparo, pero sí que la bala no estaba perdida ni en su punto de partida ni en su lugar de llegada. Hace muchos años que sectores del sindicalismo son armados por sus propios jefes en defensa de unos privilegios amasados durante décadas. Y se sabe que cada tanto sacan a relucir las armas para reventar a todo el que se presente como obstáculo en sus negocios. Sectores regresivos cuya función cotidiana es impedir las luchas de los trabajadores que representan por medios políticos y sindicales, pero que de tanto en tanto los convierten también en conatos de guerras.
El artículo de opinión que escribió Mario Wainfeld en Página 12 es muy encendido y muy acertado en lo que plantea. Hay que investigar, pero este crimen no tiene un ejecutor aislado. Tiene ejecutores políticos y eso va mucho más lejos que el dedo que apretó el gatillo.
A pesar de todos los cambios, Argentina sigue siendo un país sometido a vaivenes y su condición siempre es frágil. Política y económicamente frágil. El advenimiento del kirchnerismo, como una resultante de la gran crisis política de 2001, ha abierto un cauce de tareas políticas que superan cualquier voluntad tácita o expresa de la administración de llevar a cabo unas medidas u otras.
Desde el punto de vista del estado es una revuelta política que el grupo K absorbe. Esto se vio reflejado en ciertas medidas de tipo democráticas que tocaron los derechos humanos, sobre todo, y algunos civiles.
Un episodio como el de ayer impone a todas las partes que tengan un pronunciamiento y que tomen acciones serias. El Gobierno repudió el episodio y dijo que iba a investigar. No debería ser menos. Toca entonces, por parte del gobierno determinar quién fue el criminal, quién o quiénes lo apañaron y ver que todos reciban penalmente un castigo tal y como el estado de derecho debe de aplicar. Pero como hablamos de un crimen político, sabemos también que la cadena de responsabilidades se va a cortar en el mejor lugar posible como para que sufran más los enemigos y menos los amigos. En un crimen político la red de complicidad crece en espiral y embarra a todo el que estaba en el camino.
Como en los años 70, cuando desde el Ministerio de Bienestar Social una banda compuesta por funcionarios y miembros de sindicatos dieron soporte y cuerpo a lo que fue la Triple A; hoy, salvando las distancias, muchos de esos sindicatos siguieron conservando ese modus operandi mafioso que también estuvo presente en años anteriores y que ya radiografió en su momento Rodolfo Walsh en su ¿Quién mató a Rosendo?.
Está claro que políticamente correspondía pedir que se desarmaran y desarticularan esas bandas en los años 70 y en 2010, también. Pero desarticular esas bandas no es una tarea de armas, sino política y de organización. Separar de los sindicatos para siempre, para cualquier tipo de actividad a estos grupos que utilizan su poder de fuego no para defender a los trabajadores sino para atacarlos, con una saña que sólo la fuerza policial o parapolicial puede desempeñar.
Tiene que haber un cambio político importante en la dirección del movimiento obrero. Así como el desempeño de una generación de políticos enquistados en el poder desembocó en la crisis de 2001 y llevó a que la gente reclamara un cambio democrático en serio en las instituciones, ahora le toca al movimiento obrero. Esto no se puede hacer de arriba para abajo. De la misma forma que la revuelta política afectó al estado, estas acciones tienen que determinar un cambio en las estructuras de poder sindical.
No sé si, como dice Mario Wainfeld, este asesinato puede abrir un antes y un después como sucedió con el servicio militar obligatorio luego de la muerte del soldado Carrasco, pero sí tendría que mover la indignación del movimiento obrero, de los trabajadores organizados contra la complicidad de sus dirigentes de crímenes como estos. Los tiempos de esos dirigentes de sindicatos que guerreaban contra los zurdos a sangre y fuego, tienen que agotarse. Algo tiene que cambiar y tiene que cambiar ya.
No coincido con Wainfeld en la alternativa de descentralización del poder sindical porque eso provoca que los trabajadores multipliquen su existencia en ghettos políticos y la división, perjudica. Tiene que haber un proceso de unificación y democratización de las centrales sindicales, no de multiplicación de caudillos.
También es cierto que las distintas direcciones sindicales representan a sectores bien diferenciados. Unos los establecidos, que han transformado el hecho de poseer un trabajo en condiciones en un privilegio, y los de los trabajadores precarios para los cuales en cualquier momento la alternativa de quedarse en la calle y sin nada es una realidad. Para los trabajadores afincados en sus puestos por años y años, el empleado temporal e inestable es el terror. Es la imagen de un futuro indeseado y en algún sentido esos militantes que salen con armas en la mano para correr a los despedidos, también representan ese terror. Lo que hay que tener en cuenta es que una guerra civil entre trabajadores sólo favorece a las empresas y las multinacionales. No al laburante.
Creo que es un momento de revuelta y de ver que todos los reclamos de justicia y democracia no sean sólo para algunos sectores sino para todos. Hoy le toca democratizarse a los sindicatos y hacerlo de verdad. Eso es lo que tiene que ocurrir a partir de este crimen. Encontrarse a los culpables, castigarlos como se merecen, pero también acabar con un sistema en el cual puedan anidar más manos armadas por las direcciones de los sindicatos, con el solo fin de perpetuarse en el poder. Eso se tiene que acabar de una vez y para siempre.

martes, 12 de octubre de 2010

Proyectos

Leo en La Nación de hoy una cita del artista plástico Carlos Nine que estaba preparando unos murales para el Subte conmemorativos del bicentenario: "Doscientos años es una buena cantidad de tiempo. Dejamos de ser un país joven, como suelen repetir algunos, hace rato. Somos país y tenemos patria, pero sigue pendiente el proyecto de nación. Porque una cosa es una canción y otra muy diferente hacer una sinfonía. Esa es la gran tarea".
Me parece curiosa la afirmación de que sigue pendiente el proyecto de nación. Creo que Argentina de distintas formas a lo largo de su historia ha ido definiendo un proyecto de nación y que también es cierto el hecho de que doscientos años es una buena cantidad de tiempo para pensar en ello. El hecho de que uno no concuerde con el modelo imperante, o con el que históricamente ha devenido a través del tiempo, no convierte a la idea de nación en una inexistencia. El modelo argentino ha sido funcional con un mercado internacional desde sus albores, y su proyecto de independencia de las metrópolis siempre ha estado mediado por esa funcionalidad.
Cuando de tanto en tanto se producen esas escenas de desgarro de vestiduras ante una Argentina sumida en el estancamiento, no se hace más que dar testimonio de una consecuencia y por supuesto de opciones históricas. Esas opciones son las que ataron el desarrollo del país a las agendas de un mercado externo y las sucesivas administraciones políticas que existieron dieron cuenta de estas formas de dependencia. No está claro que aún cuando se hubieran tomado estas opciones la realidad del presente hubiera sido distinta. El panorama internacional ha sido siempre y aún es mucho más complejo que una voluntad nacional.
Pero supongamos que esa tarea hubiera podido ser resuelta. Que en las sucesivas guerras civiles que consumieron al país durante décadas y que luego cobraron otras formas más embozadas se hubieran decantado por un proyecto de desarrollo industrial independiente. ¿Qué fracción de todas las que lucharon en sus tiempos tenía que haber triunfado? Que yo sepa nunca existió una guerra civil como la norteamericana en la que dos proyectos productivos se enfrentaran de manera tan categórica. Sí había un proyecto de organización no centralista, federal, que es anterior a los conflictos de tipo productivo. Fuera quien fuera el triunfador de esa disputa, lo que estaba y estuvo siempre en juego fue el control de la cada vez más rica zona portuaria.
El otro momento clave que pudo haber determinado un cambio importante en el mapa de nación estuvo luego de la Guerra del Desierto. Allí el reparto de tierras para los triunfadores no culminó en forma progresiva, sino en una acumulación especulativa y regresiva.
Argentina entera fue cristalizando hacia un modelo siempre pendiente, siempre dependiente de lo que se requería fuera, y supuestamente el peronismo habría venido en su momento a revertir ese modelo. ¿Fue así?
Nunca. La resistencia del peronismo al capital extranjero y a las modificaciones impuestas y esperadas por el capital extranjero para la Argentina, jamás tuvo visos de proyecto. Fue una actitud siempre defensiva y de tranco corto. Esa situación inesperada pudo haber generado una nueva oportunidad de cambio ya que la historia posicionó al régimen en un choque con el imperialismo. Las fuerzas dentro del país, para ser reencauzadas, hubieran necesitado allí sí de una guerra civil que hubiera redibujado todo un mapa político. Pero ¿quién estaba dispuesto a realizar esa tarea que por supuesto implicaba un sacrificio? Perón, lo dejó clarísimo, no. Y otras fuerzas organizadas alrededor del movimiento obrero que pudieron haber roto lanzas con él, tampoco lo hicieron. No es posible pensar en políticas e intenciones imaginarias de una Argentina que pudo haber sido en ciertos momentos de su historia pero no lo fue. Esos duelos, que no se eligen, se debaten en un justo tiempo y no en cualquier tiempo. Pensar que un proyecto de nación sobre la nación que hoy existe es posible es una utopía de cabo a rabo. En 1810 ó 1816 hasta casi finales del siglo XIX, cuando los medios de comunicación eran lentos y las metrópolis distantes, se podía imaginar de manera práctica un modelo independiente. En 2010 a diez o doce horas de avión de los centros de poder mundial y a segundos de Internet de todos ellos, el concepto de Nación está más comprometido que nunca.
Utópico es pensar que vivamos en un mundo de determinaciones y buenas voluntades, porque esto no es real. Que Argentina viva hoy un tiempo en el cual la crisis de las metrópolis le afecte menos que en otros momentos y que pueda acumular y distribuir más, se debe a la mezcla de una situación excepcional en la historia y de un desarrollo político favorable de las otras naciones latinoamericanas. Pero cualquiera sabe que las crisis que hoy asolan a los más ricos terminarán siendo pagadas por las naciones más pobres. Es cuestión de tiempo. Años, meses, días, horas. Y cuando eso ocurra Argentina no será una nación más completa que antes. Seguirá siendo la misma nación que conocemos y cuando los conflictos con EEUU o Europa se renueven, ellos empezarán a buscar interlocutores más permeables a sus políticas.
No es novedoso para nada. Ya le pasó a Perón en su momento, o a un Illia cuando le dieron el golpe por lo de las patentes, o le pasa hoy a un Chávez y desde hace más de cincuenta años a un Castro. O lo que pasó en Nicaragua y El Salvador en los 80. O la suerte de Irak o Irán. Quien piense que las voluntades de naciones libres e independientes giran sobre el aire, vive efectivamente del aire.
Argentina tiene hace mucho tiempo un proyecto de nación y sigue siendo tremendamente respetuosa de participar en ese pacto mundial. Que las circunstancias históricas también hayan determinado que después de la II Guerra Mundial, cuando todo el panorama internacional encontró y cerró filas con un nuevo norte, coloquen siempre a nuestro país en un punto díscolo, tiene un motivo. Entiendo lo que subyace bajo lo que dice Nine. Entiendo que él no debe ser ingenuo al respecto del tema, en su fuero interno, en la charla íntima con sus propios propósitos e ideas. Pero no es realista. Niega la realidad. Niega que Argentina tiene un proyecto de Nación labrado durante doscientos años y que cambiar la polaridad y el sentido de ese proyecto de Nación no va a ser alegre. Que hoy más que nunca cualquier país con intenciones reales de rebelión frente al sistema está a un tiro de cañón de los más poderosos. Ya lo vivimos con Malvinas. Y con esto no digo que la persistencia reivindicativa sea algo inconveniente. Todo lo contrario. Digo que seguir manteniendo ese pensamiento de isla Argentina en el que hemos vivido durante mucho tiempo no nos va a ayudar a salir del atolladero. Tendremos mejores y peores momentos, pero siempre estaremos sumidos en las añoranzas de lo que no podrá ser. Y no está para nada claro que hoy más que antes haya fuerzas políticas y sociales que vayan a poner la historia en movimiento. La utopía peronista del cambio nacional y moral, con la patria justa, libre y soberana, es hoy más grande que nunca. Que el reverdecer de la mística en la que el kirchnerismo sume a mucha gente no hace que esto sea más verdad que antes. Sólo recoloca la ilusión en otro estante más alto, menos polvoriento, pero no resuelve los conflictos que vendrán. Y la historia nos enseña que vendrán y volverán en formas más graves. Eso es el futuro. Un vaivén en el que nuevamente el cielo se volverá negro y más negro si alentamos fantasías de que vamos en un barco propio y con reglas que nos diferencian de los demás. Como un arca, pero mal entendida. Yo no soy pesimista. Pero sé muy bien dónde la realidad y la historia se está acumulando para volver a mordernos los dedos de las manos. Y puede ser que en un próximo episodio perdamos más que los dedos.