No quiero darme por sorprendido. Esto ya ha ocurrido antes y tantas veces.
No me gusta tampoco el ánimo agorero de que ciertas señales preanuncian un porvenir más oscuro del que hoy tenemos.
El miércoles 20 de octubre un militante de 23 años del Partido Obrero, Mariano Ferreyra, murió víctima de un balazo en el pecho que disparó el miembro de una patota de militantes de la Unión Ferroviaria, en medio de una pelea que se produjo cuando quisieron impedir que trabajadores despedidos cortaran las vías.
No se sabe todavía quién fue el autor del disparo, pero sí que la bala no estaba perdida ni en su punto de partida ni en su lugar de llegada. Hace muchos años que sectores del sindicalismo son armados por sus propios jefes en defensa de unos privilegios amasados durante décadas. Y se sabe que cada tanto sacan a relucir las armas para reventar a todo el que se presente como obstáculo en sus negocios. Sectores regresivos cuya función cotidiana es impedir las luchas de los trabajadores que representan por medios políticos y sindicales, pero que de tanto en tanto los convierten también en conatos de guerras.
El artículo de opinión que escribió Mario Wainfeld en Página 12 es muy encendido y muy acertado en lo que plantea. Hay que investigar, pero este crimen no tiene un ejecutor aislado. Tiene ejecutores políticos y eso va mucho más lejos que el dedo que apretó el gatillo.
A pesar de todos los cambios, Argentina sigue siendo un país sometido a vaivenes y su condición siempre es frágil. Política y económicamente frágil. El advenimiento del kirchnerismo, como una resultante de la gran crisis política de 2001, ha abierto un cauce de tareas políticas que superan cualquier voluntad tácita o expresa de la administración de llevar a cabo unas medidas u otras.
Desde el punto de vista del estado es una revuelta política que el grupo K absorbe. Esto se vio reflejado en ciertas medidas de tipo democráticas que tocaron los derechos humanos, sobre todo, y algunos civiles.
Un episodio como el de ayer impone a todas las partes que tengan un pronunciamiento y que tomen acciones serias. El Gobierno repudió el episodio y dijo que iba a investigar. No debería ser menos. Toca entonces, por parte del gobierno determinar quién fue el criminal, quién o quiénes lo apañaron y ver que todos reciban penalmente un castigo tal y como el estado de derecho debe de aplicar. Pero como hablamos de un crimen político, sabemos también que la cadena de responsabilidades se va a cortar en el mejor lugar posible como para que sufran más los enemigos y menos los amigos. En un crimen político la red de complicidad crece en espiral y embarra a todo el que estaba en el camino.
Como en los años 70, cuando desde el Ministerio de Bienestar Social una banda compuesta por funcionarios y miembros de sindicatos dieron soporte y cuerpo a lo que fue la Triple A; hoy, salvando las distancias, muchos de esos sindicatos siguieron conservando ese modus operandi mafioso que también estuvo presente en años anteriores y que ya radiografió en su momento Rodolfo Walsh en su ¿Quién mató a Rosendo?.
Está claro que políticamente correspondía pedir que se desarmaran y desarticularan esas bandas en los años 70 y en 2010, también. Pero desarticular esas bandas no es una tarea de armas, sino política y de organización. Separar de los sindicatos para siempre, para cualquier tipo de actividad a estos grupos que utilizan su poder de fuego no para defender a los trabajadores sino para atacarlos, con una saña que sólo la fuerza policial o parapolicial puede desempeñar.
Tiene que haber un cambio político importante en la dirección del movimiento obrero. Así como el desempeño de una generación de políticos enquistados en el poder desembocó en la crisis de 2001 y llevó a que la gente reclamara un cambio democrático en serio en las instituciones, ahora le toca al movimiento obrero. Esto no se puede hacer de arriba para abajo. De la misma forma que la revuelta política afectó al estado, estas acciones tienen que determinar un cambio en las estructuras de poder sindical.
No sé si, como dice Mario Wainfeld, este asesinato puede abrir un antes y un después como sucedió con el servicio militar obligatorio luego de la muerte del soldado Carrasco, pero sí tendría que mover la indignación del movimiento obrero, de los trabajadores organizados contra la complicidad de sus dirigentes de crímenes como estos. Los tiempos de esos dirigentes de sindicatos que guerreaban contra los zurdos a sangre y fuego, tienen que agotarse. Algo tiene que cambiar y tiene que cambiar ya.
No coincido con Wainfeld en la alternativa de descentralización del poder sindical porque eso provoca que los trabajadores multipliquen su existencia en ghettos políticos y la división, perjudica. Tiene que haber un proceso de unificación y democratización de las centrales sindicales, no de multiplicación de caudillos.
También es cierto que las distintas direcciones sindicales representan a sectores bien diferenciados. Unos los establecidos, que han transformado el hecho de poseer un trabajo en condiciones en un privilegio, y los de los trabajadores precarios para los cuales en cualquier momento la alternativa de quedarse en la calle y sin nada es una realidad. Para los trabajadores afincados en sus puestos por años y años, el empleado temporal e inestable es el terror. Es la imagen de un futuro indeseado y en algún sentido esos militantes que salen con armas en la mano para correr a los despedidos, también representan ese terror. Lo que hay que tener en cuenta es que una guerra civil entre trabajadores sólo favorece a las empresas y las multinacionales. No al laburante.
Creo que es un momento de revuelta y de ver que todos los reclamos de justicia y democracia no sean sólo para algunos sectores sino para todos. Hoy le toca democratizarse a los sindicatos y hacerlo de verdad. Eso es lo que tiene que ocurrir a partir de este crimen. Encontrarse a los culpables, castigarlos como se merecen, pero también acabar con un sistema en el cual puedan anidar más manos armadas por las direcciones de los sindicatos, con el solo fin de perpetuarse en el poder. Eso se tiene que acabar de una vez y para siempre.
jueves, 21 de octubre de 2010
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