sábado, 4 de diciembre de 2010

Transparencia y discrecionalidad

Relativicemos: todavía sabemos muy poco sobre los cambios que se operaron en la realidad durante los últimos veinticinco años, así que para ver en perspectiva la última gran desclasificación de documentos realizados a través de Wikileaks hay que arrancar de lejos. De los años de la Guerra Fría y sobre todo de los previos a la caída del Muro de Berlín.
Desalentemos por ahora las explicaciones paranoicas, las probables y hasta las verdaderas (si es que las hay). Olvidémonos cuánto y cómo pudo almacenar en su MP3 el soldado Bradley Manning, que fue quien contrabandeó la información. Ese camino serviría (si sirve) para buscar elementos conspirativos donde ya lo primariamente conspirativo reside en la propia naturaleza de los documentos en sí. El lenguaje, el estilo, el contenido, el mensaje (moralmente hablando) y el fin, van linkados de forma indisoluble con una entidad mucho mayor que es la política exterior de los EEUU. Una trama que podemos conocer con mayor o menor profundidad, y que no nos es ni ajena ni novedosa.
Cuando en marzo de 1985 llega Gorbachov al poder, se da el puntapié a un fenómeno como si fuera una pelota y todavía la vemos rodando. El entró con dos banderas: perestroika y glasnost. Reconstrucción y transparencia. Esta iniciativa se leyó como pionera y exclusiva para el Este europeo, el mundo detrás de la frontera comunista. Parecía que así se hacía cargo de un reclamo externo, de Occidente con EEUU a la cabeza, y otro interno de la población que pedían más democracia, cambios económicos de corte liberal y una perspectiva de cambio profundo de las estructuras políticas y sociales. Con dos nombres se sintetizaba un único proceso, de flancos separados, pero interdependientes.
Previo a Gorbachov muchos fuimos testigos de los tiempos de Guerra Fría donde nosotros, habitantes occidentales, éramos auditorio de las teorías liberales que clasificaban básicamente las sociedades en abiertas y cerradas. Las abiertas eran las democracias de Occidente y las cerradas, todas las que correspondían a los países comunistas o de fuerte constitución tradicional, tribal y/o religiosa. Esto era un discurso político de fuerte impacto mediático y educativo. Un fuego cruzado al que la elite soviética respondió. Y los términos que eligió para responder no fueron tan ambiguos. Por el contrario, resultaron ser bastante precisos.
Contestaban así también a ciertos movimientos de disidencia que tuvieron en el proceso polaco, con Solidaridad a la cabeza y conjuraban el temor posible a que ese mismo escenario se reprodujera patio adentro de la URSS. Y por si fuera poco, los soviéticos estaban terminando exhaustos por la guerra que llevaban en Afganistán y una carrera armamentista que los ponía al borde de la crisis económica. Algunos síntomas, hipervisibles, aunque no cubrieran la complejidad del panorama.
El proceso que se abrió fue veloz. Los regímenes de los distintos países de la órbita comunista no cayeron como un castillo de naipes, pero casi. Y cualquier intento de resistencia al cambio, desde los gobiernos, terminaba fuertemente golpeada. En el caso rumano, sobre todo.
La fracción más ultraliberal de Occidente celebró esta transformación en ciernes, entendiendo -vanamente-, que se trataba de un fenómeno regionalizado y que no les reportaría consecuencias. Error. Por más que las castas soviéticas estuvieran siendo duramente castigadas, por variadas y muchas justificadas razones, lo que ocurría era la forma que adquiría el episodio. Pero nada más. En un mundo tan cambiante tendemos a impresionarnos con la fuerza de las fotografías y nos perdemos del contexto. No sólo del sincrónico, sino también y sobre todo del diacrónico, el que transita a lo largo del tiempo.
Los ecos occidentales de este desplazamiento llegaron a todos los estados nacionales. Al complejo de poder estatal que se había forjado en las últimas décadas en todos los países del mundo, más o menos proteccionistas, y hubo que ponerse a tono porque la corriente pedía desmontar, desarmar, reformar, con el subtítulo de remarca: liberalizar.
Los procesos sociales y políticos son siempre complejos y contradictorios. Nos puede gustar leerlos en un solo sentido hasta que un día descubrimos que tienen más lecturas y más direccionalidades. Ese "imperio de la libertad" empieza a trocarse y trastocarse con la explosión de Internet. Ese territorio irrestricto comienza a ser escenario y a formar parte de operaciones que salen del control de las naciones, las autoridades, los partidos.
Digamos que podría ser fácil explicarle a los habitantes de ciertos países del mundo, que la libertad no es un absoluto y que hay que imponerse un poco de control. Al menos de un autocontrol que no tenga que obligar a un estado, aún proliberal, a tomar medidas que dañen su tradicional modus operandi de dejar hacer. Hay que entender, por supuesto, que esto sería un planteo para que tenga lugar más en términos de discurso que de hechos. Es relativamente sencillo saber con qué, cómo, cuándo y dónde una nación occidental golpea a su población si lo tiene que hacer. Pero para Europa y EEUU, que lideran el mundo, estos cambios de principios y hasta de humor, son más difíciles de explicar y de justificar. Toda la vida le han inculcado a la gente que pueden hacer lo que quieran, por comparación con otros países, y ahora hay que trocar el discurso. ¿Pero desde dónde? ¿Y cómo? ¿Como si nunca se hubiera alentado la idea de la libertad de acción y de opinión?
Paradojas, que el episodio Wikileaks dispara (en la foto su director, Julian Assange). Como si de un Contramanifiesto Comunista se tratara, un nuevo fantasma recorre el mundo: el fantasma digital. Encaramado en el corazón de la red, de las redes sociales, del acceso libre a la información y de la vulnerabilidad de lo privado: ese territorio supergris, en el cual a una persona se le puede invadir, sustituir o reinventar una identidad, que empieza a escalar. No es ya que existan los resortes y herramientas que permitan hacer cualquiera de estos experimentos, sino que con pericia se puede conseguir entrar en el ámbito tabú del universo público. El secreto y la discrecionalidad con la que se manejaban los organismos de poder descubren una grieta fenomenal. El hecho en sí supera sus posibles consecuencias. Y lo que aquí vemos es el mismo hilo político que arranca desde Gorbachov, sobre todo con su glasnost, sólo que de alguna manera empieza a virar su polaridad. El reclamo de transparencia se universaliza, o se globaliza. El mundo entero es invitado a participar de una discusión que es esencialmente democrática. ¿Qué límite le corresponde aplicar a los poderes en el uso de la discrecionalidad? ¿Hasta dónde puede arrogarse una administración, y sobre todo si hablamos de la primera potencia del mundo, la posibilidad de manejar los hilos rojos de la política internacional como si fuera un territorio impune?
La dimensión del punto democrático en debate es enorme. Era el punto que durante décadas se ocupó de usar Occidente para golpear al bloque comunista. Y ahora resulta que los EEUU, el modelo de democracia progresiva, abierta, universal, ejemplar de la historia contemporánea, está abocada a una práctica discrecional extrema, yendo excesivamente más allá del para qué se los ha votado. La denuncia que históricamente se realizó por la política imperialista e intervencionista de los americanos, parecía siempre un dibujo parcial de la izquierda. Las operaciones fraguadas para invadir países, las excusas, los planes secretos para hegemonizar regiones de los que sobre todo en el sector geoestratégico latinoamericano se sabe (y se supo siempre) muchísimo, de repente, se ponen en negro sobre blanco: ante un auditorio acostumbrado por un lado a conocer el accionar de EEUU, y al mismo tiempo ante auditorios inéditos. Un gran público que vivió estas denuncias del otro lado de un muro, no físico como el de Berlín, sino mental y cultural, político pero camuflado, de repente se encuentran ante un escenario de decepción. Una decepción que parecía ser parte de y ocurrir en otras latitudes, en otros rincones, de un día para el otro, se activa también en casa. Creer o reventar para el que acostumbraba a no creer. Este es uno de los elementos. La recreación de un auditorio para el que las fábulas empiezan a convertirse en polvo y para los cuales la única profilaxis posible es la invención de explicaciones y justificaciones paranoicas. Alcanza con leer las citas, los textos centrales y desnudos de Hilary Clinton para entender qué es lo que duele de lo que pasó.
Todo va muy rápido y lidiar con la decepción parece no ser una espina que se clava sólo en el zapato americano. Los europeos, socios estratégicos y aliados de EEUU, empiezan a imaginar nuevos escenarios donde otras políticas discrecionales, las de sus propias naciones, podrían ser trágicamente desclasificadas. Es la paranoia de un teléfono móvil al que no se le ha podido cortar la llamada y de repente un tercero innumerable, otros, pueden escuchar la continuación inesperada de una conversación. Las críticas, lo privado, lo que se creía custodiado, de repente queda al descubierto. Ahora empieza a llegar la sensación de que lo que dije y escribí ayer, ese mail privado, no ya personal, sino en primera persona cuando digo las cosas en bambalinas, lo incorrecto, puede salir a la luz. No es improbable. Si estos documentos de seguridad grado cuatro, pueden ser vulnerados, por qué no los de un cuadro político a su jefe. Todas las entrañas de la política y el mundo laboral y social, de repente, podrían quedar expuestos. Ese es el terror de muchos. Que las operativas negras que circulan en todas las organizaciones, sean de poder, empresarias, bancarias, económicas, etc, etc, se conviertan en públicas.
Un periodista en El País, José María Ridao, se plantea esta posibilidad en su artículo El panóptico de Assange. Teme que la desacralización institucional alcance a otros que aún no están quemados. Porque de una manera u otra, EEUU siempre estuvo expuesto a una corriente crítica a lo largo de los años; pero ahora se puede encontrar que sus buenos socios, socios de buenos oficios, pueden ser cómplices. Y pueden ser también actores en otras operaciones reprobables, hechas tanto por iniciativa como por mérito propio.
Es un escenario curioso el que se abre ahora, en muchos aspectos: La desclasificación de documentos, regularmente inaccesibles, filtrada a través de Wikileaks implica para un estamento del poder una violación de su privilegio de secretismo. Un espacio de poder roto. Ante esa intromisión se queja el Departamento de Estado con Hilary Clinton (foto) como voz cantante. Y todo lo que se puede leer en esos miles y miles de papeles son formas diversas de intromisión en la política interior de todos los países del mundo. Activa o pasivamente interviene en la soberanía de otros, nada novedoso en esto, y lo documenta. Instala un discurso determinado sobre la política interior y exterior de las naciones en las que tiene emplazado un embajador. Sugiere, dicta o impone un punto de vista. La variación depende del grado de acuerdos o desacuerdos. Traza una hoja de ruta. Un mapa de su política exterior. La presente y la tradicional. Guía de piedra Rosetta en la que se pueden leer otros subtextos. Se puede ver la diferencia entre los discursos oficiales y los auténticos, los que desnudan la retórica que sostiene las verdaderas intenciones. Lo que se piensa, lo que se quiere y que en público no se admite.
Hay que conectar los puntos sueltos porque detrás de ellos se manifiesta la forma. Una forma determinada. No un caos, sino una lógica.
Independientemente de que algunos actos puedan ser autogenerados o provocados por otros, la historia de EEUU está sembrada de hitos en los cuales se abren otras instancias, nuevas etapas políticas que desatarán cambios. Y no hay que prejuzgar los signos posibles de los cambios porque serán un sistema de múltiples filos; nunca un relato con una sola moraleja.
En 1898 hubo un Maine que le permitió echar a España de Cuba, pero hubo más. Pearl Harbor hizo entrar a EEUU en la Segunda Guerra Mundial, pero lo que se disputó fue lejanamente mucho más dimensionado que la derrota del Eje como respuesta a ese ataque. Lo que pudo implicar el asesinato de JFK, y en resonancia los atentados siguientes de un Malcolm X, un Martin Luther King o un Bobby Kennedy. O el derribo de las Torres Gemelas (foto), cuyas consecuencias en el rediseño del mundo todavía estamos observando.
Hay un patrón de conducta, de reformulación a la americana, que suele acusar los golpes para devolverlos multiplicados. Que busca cabezas de turco para descargar sus iras o para abrir nuevas instancias, siempre necesarias a su estrategia de control mundial.
¿Es acaso esto un 11-S informativo, que empieza a clamar por una glasnost a la medida de occidente, que posa su mirada sobre los mecanismos políticos y democráticos globales -arrancando desde EEUU- pero que terminará revolviendo también las tripas de sus socios?
El escándalo Watergate (foto) fue quizás un mojón, más similar a lo de Wikileaks, en el que se cuestionó la forma de hacer política interior. Movió muchas estructuras, hizo renunciar a un presidente (Nixon) y fue el preludio a la retirada de Vietnam. ¿Qué augura entonces el presente? ¿Es esto sólo un simple episodio o es algo que se manifestará con mucho más cuerpo en el futuro? ¿Algo previsible o una escena inesperada, como la de esa mañana en la que nos encontramos con que el Muro de Berlín ya no estaba en pie? No me atrevo a formular tan lejos, pero podría ser una pregunta válida porque ante tanto revuelo algo tendrá que ocurrir en consecuencia. Y como es una pregunta válida, entonces yo la comparto.

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