Me encanta haber comprado el libro de Ignacio Ramonet La explosión del periodismo, porque se anima a una de las miradas críticas más interesantes sobre el fenómeno de la comunicación social aplicada a Internet. Su impulso excede los límites del tema que se propone y creo que tiene que servir como instrumento de reflexión sobre los tiempos que venimos viviendo y también de los que vendrán.No me planteo ni un debate ni una disensión con él, sino sólo valerme de su texto como un disparador. Como en otros posts abro la caja de Pandora de la digresión y me impongo un par de límites de los cuales el de longitud no es uno.
El límite fundamental es el de la contundencia con la que voy a mirar y comentar los temas. No quiero que se entienda en ningún momento que lo que planteo tiene valor de axioma o que busca una verdad. Muchas veces es una hipótesis, un interrogante, un signo de pregunta. Pero por una cuestión de tipo práctica voy a apostar a que lo que hoy intuyo se afirme como una especie de certeza. Certeza primaria si vale el término. Todo lo que voy a expresar es relativo y puede tener otros ángulos e incluso planos contradictorios. No quiero pontificar nada. No creo en eso. Si debatiera más a fondo cualquier punto de los que voy a dejar marcados sobre el texto, podría abrir más posibilidades. Sólo quiero saber si hay pistas que se puedan seguir y lleven a algún otro sitio. Y lo comentaré mientras voy leyendo, como un apunte, como una nota al pie. Interpretando o disparando otras interpretaciones. Desde ahí arranco.
La tesis fundamental que expresa Ramonet es que el periodismo como actividad y como profesión está eclosionando. La "explosión" a la que se refiere el título del libro. La presencia de Internet no como espacio simbólico de intercambio o ágora, sino como lugar significativo, real, de personas que se conectan y trabajan sobre la comunicación en curso y sobre el discurso, sobre la circulación de contenidos, es el elemento principal de este nuevo escenario. El principio gutenbergiano está roto. Su entrada en colapso es muy anterior a la llegada de Internet. Desde la masificación de los medios que arranca con el cine muy temprano en el siglo XX, que luego se multiplica con la radio y se intensifica aún más con la televisión, vivimos este proceso de decadencia de la Galaxia Gutenberg, como la llamara Marshall McLuhan.

McLuhan operó como profeta, como sofista, como filósofo, como intuitivo. Fue un Nostradamus despreciado precisamente por su prosa anticipatoria y su estilo críptico, más poético que científico, más aforístico que axiomático.
Amén de su estilo, McLuhan previó algunas de las problemáticas que hoy se discuten. No una o dos, sino varias. En sus años de máxima vigencia la discusión con McLuhan era eminentemente política. Se discutía más su falta de léxico crítico así como su falta de una postura que cuestionara el universo de los medios masivos de comunicación. Esa frontera retórica ha guiado el debate durante décadas y llega de alguna manera al presente.
En aquellos años había una visión que discutía cómo se distribuían los contenidos a partir de una maquinaria manejada por las multinacionales de la información a partir de los países centrales. Se discutía ese flujo y el contenido político de ese flujo.
Entretanto, McLuhan fenomenológicamente describía. Eso no estaba bien visto y aún, con todo lo que ha cambiado el mundo, tampoco lo está.

Desde los años sesenta esta corriente vio cómo la pesadilla de un mundo dominado e inundado por los contenidos de las naciones centrales, fundamentalmente de EEUU, se iba haciendo realidad y proponía alternativas para democratizar la comunicación. En los años 90, con la caída del muro de Berlín, la presencia omnímoda de la CNN como la reportera y transmisora del mundo, y los procesos de concentración de medios en pocas manos, esa pesadilla se hizo realidad. Lo que se temió durante años dejó de ser paranoia para convertirse en la versión oficial de la realidad.
Hoy Ramonet trae no este debate pero sí la problemática del flujo informativo y la coloca en medio de la mesa. Dice que desde Internet para acá el peso de la industria de las noticias ha ido perdiendo llegada sobre el público y que hoy está en una crisis sin retorno.
En la introducción de su libro nos dice cómo en los últimos años los periódicos y los servicios de noticias han ido replegándose y despidiendo a sus profesionales; que esto es parte de un proceso de pérdida de influencia que se ha traducido en las normales pérdidas de ganancia que hacen que cualquier empresa fracase o vaya fracasando, pero que en el comienzo de todo está un cambio en la polaridad del flujo informativo.
Desde Internet para aquí los contenidos ya no vienen de una sola vía ni tampoco se reparten en una sola dirección. Antes había una verticalidad mucho más clara y ahora la información se transversaliza. Ese proceso de ganar transversalidad o de ir generando nodos de referencia distintos a los tradicionales, es lo que define la dirección de las cosas. No se tiende en apariencia a la recuperación de la verticalidad sino a la profundización de lo diverso y en una dirección más horizontal.
Es cierto que vivimos un cambio muy radical de las condiciones en las que circula la información. La democratización de los medios de comunicación en el sentido que involucra Internet en sí y los smartphones o las tabletas como proyección de esa red, es algo real y palpable. La condición de internauta misma ha variado con los años. Desde la computadora fija a la portátil, el hombre con su teclado empieza a desplazarse. Las cámaras que van en los móviles empiezan a ser testigos del mundo y están a un instante de retransmitir lo que sucede.
El presente no pide un equipo móvil de TV para ser reportero de la realidad. La realidad puede ser reportada por cualquiera que tenga la iniciativa de retratarla. Otra cosa es que ese retrato alcance la difusión adecuada.Aún hoy, cuando esta posibilidad es real, cuando materialmente cualquier persona puede registrar su entorno, todavía el peso fundamental de la distribución de contenidos está en manos de los medios verticales. Estos medios verticales son antiguas industrias y funcionan como ejércitos en el sentido disciplinario de la palabra. Los medios verticales tienen varias preeminencias por encima de los medios en manos del público común: a) tienen estructura; b) tienen formación; c) tienen profesionales cada vez mejor entrenados para los nuevos formatos; d) tienen mejores medios; y e) tienen tradición.
Lo que da el dinero, la experiencia y la estructura permite abordar con mucha mayor eficacia cualquier tipo de campaña comunicacional que lo que puede aportar un individuo o grupo de individuos.Todavía. No es un absoluto, pero en términos del presente aún pueden hacerlo.
Un poder centralizado, concentrado en menos manos y a la vez expandido por el mundo sigue siendo la base concreta de difusión de contenidos. Si una persona o un grupo lo puede hacer muy bien ahora que cuenta con los medios para informar y plasmar su mirada en la red, una multinacional lo puede hacer mucho mejor.

Pero algo fracasa en estos poderes centralizados. Lo que fracasa es su macroestructura. Son demasiado grandes, caros, burocráticos, lentos y pesados para la nueva realidad. En ese sentido, los nuevos emisores son más baratos, esforzados, apasionados y se mueven con mayor velocidad. Pero el movimiento de esa información dentro de la red implica no solo la generación de un contenido, sino una estrategia y hasta una serie de estrategias que permita posicionar ese contenido. Posicionarlo es que pueda ser leído en plan de igualdad con respecto a otros contenidos. Eso hoy difícilmente pasa. La imagen del individuo aislado que accede a la red y tiene éxito de un día para el otro es una leyenda urbana. Y cierto es que toda leyenda tiene algo de verdad, pero no se puede construir la hipótesis de existencia de un nuevo modelo comunicacional basado en la excepción, sino en la regla.
Si todo esto lo pudiera hacer cualquiera, o cuanto menos cualquier persona inspirada o talentosa, no sería necesario para las empresas recurrir a SEOs y SEMs tan solicitados en los anuncios de trabajo con los cuales contar para posicionar a las marcas en la red. Digamos que posicionarse es un problema para pobres y aislados, tanto como para ricos agrupados, pero en el mundo en el que vivimos es más probable que quien tiene capital para contratar y reclutar mano de obra, pueda conseguir posicionarse, mientras que una persona común y corriente tendrá que luchar contra más obstáculos para conseguirlo.Ser parte de la red, ser voz participante o divulgadora de puntos de vista, exige una infraestructura. Todas las infraestructuras cuestan dinero. Cuestan menos dinero que antes, pero hay que pagarlas igual.
La quimera del pequeño grupo emprendedor que arriba al éxito sigue siendo parte del universo de las excepciones. Frente a un pequeño grupo que gana, hay muchos pequeños grupos que se arruinan.
La red tiende a ir convirtiendo los procesos de intervención en algo cada vez más complejo. Se puede intervenir en las redes sociales y en la red en general, pero los medios necesarios para realizar esa intervención se alejan un poco más del alcance de la gente.
El proceso de Internet es sumamente complejo. A medida que crece en cuanto a participantes, va regenerando (y en otros casos generando) nuevas jerarquías. En teoría, siguiendo un poco el hilo de Ramonet, el proceso abierto por Internet entraría en corto circuito con el concepto de jerarquía, sin embargo el estado de jerarquización, de construcción de una nueva pirámide de poder va corriendo en paralelo con la decadencia de los medios tradicionales.
Si lo que se vive es una sustitución de grupos de poder podríamos pensar varias hipótesis, ninguna de las cuales tiene que ser excluyente: una, que en la brecha del cambio de sistema de comunicación y de circulación de contenidos surjan nuevos grupos. Yo llamaría esta hipótesis como optimista. Esto es que habría un espacio abierto para ir creando y generando nuevos parámetros en lo que será el nuevo modelo de comunicación global, y que dentro de ese espacio los que logren adaptarse más rápidamente correrán menos riesgo de extinguirse.

Otra que los medios tradicionales comiencen a construir sus divisiones para responder al fenómeno de la red (cosa que hacen desde años atrás y sostienen a un ritmo constante) y un día determinado liquiden su estructura material para pasar estrictamente al formato digital. Otra es también que los medios tradicionales compren dentro de esos grupos emergentes las alternativas y los profesionales que necesitan para concretar ese traspaso de funciones.
Al ser esto un proceso candente, todavía es muy difícil pensar en cómo puede cristalizar (suponiendo que algún día pueda cristalizar y no es algo descartable). Qué pasará cuando los nuevos poderes que ya circulan por la red se constituyan y se reconcentren. Todo movimiento de cambio tiene en su pico la posibilidad de generar fuertes corrientes que hagan más democrático el funcionamiento, pero también es cierto que históricamente cuando los cambios no ofrecen sacudidas o se desaceleran de forma notoria, lo que viene es la reafirmación de los poderes existentes.
Hoy las grandes industrias de la comunicación tienen todo el capital monetario y humano a su disposición para liderar los cambios, controlarlos y llevarlos por el cauce que desean. Hace muchos años que las multinacionales de la telecomunicación trabajan para diseñar los instrumentos de consumo y reducir el impacto que el acceso popular a la tecnología puede tener sobre la comunicación. Ellas pueden absorber la novedad y pueden controlar los daños colaterales que la novedad trae. Pueden diseñar el mundo alternativo que quieren que sea.
En este mundo alternativo que se va desarrollando, es importante crear nuevos mitos. Sustituir el del emprendedor con capital que monta una compañía, por este hombre o grupo de personas que sintoniza con los tiempos, da en la tecla y avanza con los nuevos rumbos que se abren.
La tesis de lo anterior sería: la democratización de los medios hoy es un proceso en el que algunos pueden entrar a jugar, pero todavía las jerarquías está en las mismas manos de siempre y esas manos son las que se ocupan de rediseñar el futuro y qué lugar y cuánto lugar ocuparán los nuevos.
Ramonet se refiere a una revolución. Yo creo que esa revolución existe, pero como todas las revoluciones pueden seguir caminos posteriores no revolucionarios y mucho menos democráticos. Esto es que si ahora se forman nuevos artífices de la comunicación y circulación del contenido en la red, si esos nuevos artífices cristalizan en el sistema nuevo, replicarán esquemas ya conocidos.

Vamos más allá con una comparación. A finales de los años cincuenta y principios de los sesenta se produce una revolución en el mundo de la música. El rock and roll es el impulsor de esa revolución. Durante esos años tempranos, surgen grupos y cantantes que serían los arquetipos del nuevo sistema. El rock and roll es el instrumento. Los medios son la radio, la televisión naciente y los medios portátiles de reproducción de música. Pequeños tocadiscos y pequeñas radios. La música está accesible en todas partes. Existen medios de difusión suficientes para crear un hit. En ese entonces la industria de la música que hoy conocemos era temprana. Muchos pequeños productores y pequeños sellos podían sacar a la calle a nuevas voces y generar (o fabricar) éxitos de un día para el otro.
No es la finalidad aquí nombrar o numerar los músicos que entonces surgieron y marcaron tendencias. Me parece más importante pensar en cómo los pequeños productores se convirtieron en magnates o fueron cooptados por las divisiones nuevas de las empresas discográficas de siempre y luego fueron trocando, pero mantuvieron este criterio de blindar cada vez más las formas de acceso de los músicos a la industria. No es que fuera necesariamente más fácil llegar a grabar en tiempos de The Beatles, Rolling Stones o Elvis Presley. Pero lo que sí es cierto es que los procesos burocráticos para llegar al mismo sitio están mucho más hipertrofiados hoy que hace cincuenta años. Nada es imposible, pero la industria de la música tal y como hoy la conocemos regeneró sus estándares durante un período de más o menos quince años, quizás el tiempo que duraron The Beatles, y se asentó en un nuevo paradigma. La novedad disputaba con las formas de reclutamiento de músicos y de trabajo de difusión que existía antes, y seguramente muchos de esos nuevos protocolos y tradiciones se asentaron. La industria musical de hoy, surgida del boom del rock y del pop, es quizás la más amenazada por los cambios que propone Internet. Fundamentalmente porque lo que era el núcleo del éxito, un hit, es hoy más fácil de producir y distribuir que nunca. Así y todo los sellos independientes o grupos nuevos se encuentran con la misma problemática que la industria: cómo rentabilizar un producto.
Es una doble problemática en realidad: por un lado está el tema de los nuevos grupos o nuevos emprendedores que aprovechando la mayor flexibilidad que permite la red intentan hacerse un espacio con todo lo que eso implica en esfuerzo y gastos; y por el otro lado está la industria establecida que cuando publica un hit, no hace falta mucho tiempo para que todo el mundo lo tenga sin pagar. Si una banda nueva tuviera éxito, eso no garantizaría que rentabilizara a menos que se convirtiera en vehículo publicitario de otros. El negocio nunca estaría en la retribución del contenido en sí, sino en la retribución indirecta que supondría la publicidad para terceros, el servir de escaparate para quien tiene el capital y necesita ser visto.
La construcción y nueva acumulación de capital está en la capacidad de ser visto, de tener presencia. Los contenidos originales tienen que ser capaces de generar estándares de visionado. Un hit musical, un vídeo viral, una ficción de pequeño formato, todo tiene que funcionar como en los tiempos del boom de la industria musical. Todo debe ser un hit. En su tiempo había que vender físicamente discos, ahora se tiene que vender presencia. Todo el mundo en realidad tiene que vender presencia. Digamos que no hay contenido que sea válido en términos comunicacionales si no está validado por Internet. No es que salga en la televisión, tiene que ser retransmitido por Youtube. No es que se escuche en la radio, tiene que poder ser bajado y pasado al smartphone.

La red va construyendo sus modelos de industria sobre la base (no excluyente) del modelo de producto de la industria musical. Algo que puede ser empaquetado y transportado a la propiedad personal, íntima. Las fotos, la música, los vídeos son porque son parte de un dispositivos que puede transportarlos y reproducirlos. La clave está en cómo convertir esos contenidos en instrumentos de acumulación y consumo.
En un sentido concreto, un individuo común y corriente, tenga la edad que tenga, acumula más contenidos (no continentes) que cualquier otra persona en el mundo al menos en los últimos veinte años. Tiene más fotos, más videos y más música que el mismo adolescente de 1995.
Digamos que un adolescente de 1990-95 puede haber acumulado una cantidad determinada de contenidos que de una forma o de otra no era sustancialmente mayor a la del adolescente de treinta años antes.
El adolescente de 2005 puede multiplicar el acceso y producción de contenidos de forma exponencial, y el de 2010 puede doblar esa apuesta.
La multiplicación de contenidos genera una serie de movimientos laterales: uno puede ser el mayor ejercicio de la memoria, al menos de forma virtual, ya que para controlar esos contenidos tiene que tener un cierto sentido de que los posee y de dónde o cómo los puede haber almacenado; el otro puede ser la mayor sensación de fugacidad de los contenidos. Ante tanta concurrencia de información, las cosas deben durar menos e impactar más, pero sobre todo durar menos. No es que no hayan imágenes superadoras que marquen el espacio visual y mental de la gente, pero en general el consumo es veloz, el modelo es de comida rápida y no de degustación.
Quizás el elemento más revolucionario de este cambio esté dado en los impactos que se generan en la mente por el uso de estos nuevos medios y por el acceso a este océano agitado de contenidos. Los límites de lo posible semejan ser más extensos y eso tiene que ver con los segmentos de mercado y con la demanda.

Sistematizar implica domesticar a los nuevos consumidores para estar más integrados con el movimiento de circulación de contenidos. Para ser luego ellos quienes ejerzan ciertas formas de control sobre lo que debe ser estándar y lo que no. Pero todo apunta en la misma dirección y esto es a que el nuevo consumidor sea funcional a una industria como la de Internet y se integre a ella. La integración define una forma de participación que desde la base ya arranca como espectador. Un espectador entrenado, en cualquier caso. Y en el tope un espectador profesional. Pero no sólo porque se profesionalice en la manera de ver sino en la forma de operar.
El espectador es un consumidor que se ha entrenado también en el manejo de la tecnología. Sale de su espacio pasivo para integrar un nuevo espacio en el que inclusive puede haber una retribución económica para él.
La mitología de Internet nos propone un modelo de participante activo de Internet que tiene mucho de romántico en casi todos los sentidos: es emprendedor, es talentoso, es práctico, está entrenado y maneja criterios de comunicación. Puede controlar su destino si así lo quiere. La filosofía más clásica del emprendedor comercial lo tiene incluido. No es ni John, ni Paul, ni George, ni Ringo (pero podría serlo), pero sabe tocar, sabe cantar y se sabe mover en los negocios. Está entrenado y adaptado para este medio.
Lo que no nos narra la mitología de Internet es el lado oscuro del mismo entorno, donde los que no son exitosos se convierten en mano de obra de granjas de juegos online, en asistentes técnicos de otros usuarios, en comerciales, en SEOs y SEMs, en chicos y chicas que tuitean para uno o varios. Un mundo más informal tanto en lo práctico cotidiano como en lo laboral.
Internet está remodelando el mundo en gran medida, es una revolución y al tiempo que genera su revolución y una serie de mitos que sirven para narrarla, genera también sus hordas de desplazados. No son los desplazados de territorios en guerra, pero en alguna medida replican simbólicamente las formas de exclusión que la sociedad tiene preparada porque premia a los más aptos y hábiles y castiga a los iguales. La idea de la diversidad tiene un costado que corta y corta mal, cuando el concepto de lo diverso se convierte en sinónimo de lo exclusivo y con ese mismo criterio se genera el desprecio por lo igual. Lo igual en cuanto a condiciones de igualdad, se mezcla y se enfrenta con el concepto de originalidad. No es ya el concurso de iguales y diferentes, sino de ser originales para no ser iguales a los demás. El problema es que no hay espacio ni dinero para todos. Ni siquiera la originalidad absoluta podría ser premiada porque en este sistema en el que vivimos lo que se promueven son las escalas y en los pisos más bajos hay muy poco para repartir.
En el fondo, en la trastienda de esta propuesta democrática que supone Internet, se oculta la dificultad y el castigo que impone no ser distinto y mejor que los demás. No digo que es algo que queremos, pero es seguramente una imagen que nos persigue.
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